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Mi profesor de Historia de la Civilización del Oeste en la Universidad de Oglethorpe, en Atlanta, Georgia, decía que la política era más parecida a un semicírculo que no se cierra, que a una línea recta, porque regímenes de extrema derecha y de extrema izquierda estaban más cerca de sí mismos que del centro.

Un ejemplo de ello sería comparar al gobierno Nazi de Adolfo Hitler (1933-1945), con el gobierno de Iósif Stalin (1941-1953) de la Unión Soviética. Ambos modelos fueron dictatoriales, con el poder concentrado en una persona y un solo partido, utilizando a las fuerzas armadas para someter violentamente a la oposición.

Hitler ordenó el exterminio de los judíos, la matanza de más de 6 millones de personas que se llegó a conocer como el Holocausto, y Stalin, cuyo odio a los ucranianos lo llevó a matar de hambre a casi siete millones de personas en dos años (el Holodomor).

De hecho, la característica que más asemeja a ambos modelos fue su total desprecio por la dignidad y los derechos de las personas. Así, al finalizar la segunda guerra mundial, horrorizadas por las atrocidades del nazismo (las de Stalin no habían salido a luz), las naciones del mundo se agruparon en la recién fundada Organización de las Naciones Unidas y decidieron reconocer y comprometerse a proteger los derechos del hombre en La Declaración Universal de Derechos Humanos.

Esta fue adoptada por la tercera Asamblea General, el 10 de diciembre de 1948 en París, buscando orientar nuestra civilización hacia una sociedad más justa. Por eso, en su preámbulo establece que “el reconocimiento de la dignidad inherente y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana es la base de la libertad, la justicia y la paz en el mundo...”

Ninguno de los 56 miembros de las Naciones Unidas votó en contra del texto, aunque Sudáfrica, Arabia Saudita y la Unión Soviética se abstuvieron. Sudáfrica practicaba el apartheid, política de discriminación racial que abandonó hasta 1994; Arabia Saudita trataba (y en gran medida sigue haciéndolo) a la mujer como ciudadano inferior y la Unión Soviética no reconocía una gran cantidad de esos derechos, como el voto (Art. 21), la propiedad privada (Art. 17) y francamente, casi toda la declaración.

También se abstuvieron los satélites de la Unión Soviética, Bielorrusia, Polonia, Checoslovaquia, Ucrania y Yugoslavia.

Los países signatarios fueron: Chile, Afganistán, Brasil, Bolivia, Birmania, Bélgica, Australia, Argentina, Egipto, Ecuador, República Dominicana, Dinamarca, Canadá, Cuba, Costa Rica, Colombia, China, Iraq, India, Islandia, Haití, Guatemala, Grecia , Francia, Etiopia, El Salvador, Nueva Zelandia, Holanda, México, Luxemburgo, Liberia, Líbano, Irán, Suecia, Siam, Filipinas, Perú, Paraguay, Panamá, Pakistán, Noruega, Uruguay, Estados Unidos de América, Reino Unido, Turquía, Siria, Venezuela y sí, Nicaragua. Hoy, 192 países la han firmado.

En su artículo primero, esta Declaración nos dice: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. El artículo tercero: “Todos tienen el derecho a la vida, libertad y seguridad de las personas”. El quinto asegura que “nadie deberá ser sometido a tortura o un tratamiento o castigo cruel, inhumano o indignante”.

El noveno expresa: “Nadie debe ser sometido a arresto arbitrario, detención o exilio”. El diecisieteavo dice: “Nadie debe ser privado de su propiedad arbitrariamente”. El artículo diecinueve indica que “cada quién tiene derecho a la libertad de expresión” y el veintiuno, inciso tres: “La voluntad de las personas será la base de la autoridad del gobierno. Esta voluntad deberá expresarse en elecciones periódicas y genuinas”.

Setenta años han pasado desde la firma de este magno compromiso, pero en nuestro país el gobierno sandinista de Daniel Ortega irrespeta diario los derechos fundamentales de los nicaragüenses y cada vez se asemeja más a un régimen como el de Hitler o Stalin, asesinando a sus conciudadanos sin un ápice de remordimiento. Sólo queda ver qué final tendrá el régimen del “Comandante”, pero claro está que no hay fuerza que regrese las cosas a como estaban antes del 19 de Abril; nadie puede hacer su voluntad por siempre. Ya lo dijo Campoamor, al terminar sus Humoradas: “Pese al poder, la sangre y la riqueza; toda vida es idéntica a la mía. Placeres impregnados de tristeza; y penas, saturadas de alegría”.

*El autor es economista
Panamá, 7 de Julio del 2018