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La sabiduría popular retrasa su tiempo, pero cumple lo que dice. Andrés Manuel López Obrador (AMLO) lo probó este domingo 1 de julio, tras 12 años de espera y en su tercer intento –el de la vencida- por llegar a la Presidencia de México.

Y lo logró consiguiendo el más alto porcentaje en el escrutinio (53%) de las elecciones con mayor participación de la que se tenga registro (50 de 89 millones habilitados para sufragar). Y por ende, consiguiendo una cantidad de votos (24 millones) jamás lograda, según datos del Instituto Nacional Electoral de este país.

Pero este alarde de empatía electoral necesitó de tiempo y paciencia, los guerreros  tolstoianos de los que se valió AMLO en sus 40 años de actividad política. Lapso durante el cual recorrió toda la geografía mexicana y le permitió formar una gruesa base social que lo aupó políticamente y lo incitó a marcharse del trópico de su Tabasco natal al gélido altiplano de la ahora Ciudad de México en busca de la silla presidencial. 

La misma gente que el domingo lo acompañó en  peregrinación –otra vez- desde su casa de campaña, en la reconocida Colonia Roma, hacia un hotel del centro histórico de la capital mexicana, donde brindaría su primera conferencia de prensa como candidato ganador. Era el hombre de piel y hueso en un recorrido con el pueblo que lo salía a celebrar, sin escoltas y con la ventana de su coche abierta, para saludar, de mano, a sus votantes. Durante veinte minutos las cámaras captaron la vorágine humana que a ratos engullía el auto de AMLO. 

Mientras, en un panel de politólogos invitados por Televisa, Enrique Krauze, el más grande pensador del México actual y a su vez el mayor crítico de López Obrador, y tal vez su mejor exégeta, ponderaba, con la perenne gravedad de sus facciones, la victoria del apodado “Peje”-de pejelagarto, pez común de Tabasco.

Duro con AMLO, lo llamó sarcásticamente el mesías tropical en un extenso ensayo publicado en Letras Libres, en junio de 2006, donde usando y abusando –la grandeza de Krauze radica en sus desmesurados análisis arbóreos- de la historia, la filosofía, el periodismo y hasta de la sicología, desnudó a un Andrés Manuel obsesionado con el nacionalismo, la lucha por los pobres, el deber social y su creencia de haber sido llamado para reescribir la historia de su país.     

Pero en un artículo escrito para The New York Times, el lunes después de las elecciones, López Obrador debe convertir su triunfo en el triunfo de México, Krauze descifra el enigma de su rotunda victoria, ya no desde lo divino, sino debido al más que real “hartazgo de los mexicanos con nuestros problemas y al modo en que AMLO, como se le conoce, ha logrado encauzarlo hacia la esperanza de decenas de millones de personas en lo que él llama ‘el cambio verdadero’”.

De esta manera, la voz más autorizada del pensamiento mexicano, llamaba a la cordura tras una campaña que tildaba al ahora presidente de populista, y por ello generaba temor económico y sociopolítico. 

Este fue el mismo llamado que hizo López Obrador en la primera comparecencia tras su triunfo. A reconciliarse, a supeditar el interés personal al de la nación, a trabajar con y por todos, pero, subrayó, “por el bien de todos, primero los pobres”.

Un discurso tranquilizador después de una jornada que ha marcado hito en México: desde los resultados hasta las respuestas inmediatas de los candidatos a reconocer la decisión del pueblo. “Pero debemos ser cautos, un día no hace una tradición”, decía esa misma noche Raymundo Riva Palacio, uno de los mejores periodistas mexicanos.

Más que de acuerdo, la historia no se escribe en un día. AMLO lo sabía desde el principio, allá en 1976, cuando comenzó su carrera como director de campaña de Carlos Pellicer, cuando el poeta quiso ser senador. Pero si deseamos desvelar el enigma original, el mismo Andrés Manuel nos lo ofrece en sus libros: “Continuar sin resignarse a que la estructura del poder político en México permanezca inalterada”. Y, por ello, no decir adiós a la esperanza. 

* Periodista, escritor y catedrático leslinicaragua@yahoo.com