• |
  • |
  • END

El racismo, entendido como la pretensión de fundamentar la superioridad de un grupo sobre otros a partir de criterios raciales, nace con la modernidad occidental: sus antecedentes se sitúan en los comienzos de la economía-mundo, o si se quiere, en la conquista española, aunque habrá que esperar más de tres siglos para que el racismo –entre la segunda mitad de 1800 y la primera mitad de 1900- exhiba una justificación pseudocientífica fundamentándose en el darwinismo social (es decir, en la extensión de la hipótesis evolucionista desde la biología a la sociología y a la política) que constituye la ideología que justificará la conquista colonial de los pueblos considerados no civilizados.

El racismo, a su vez, se basa en una presunción etnocéntrica: supone que determinada civilización constituya un modelo privilegiado. El etnocentrismo, sin embargo, no necesariamente recurre a la “raza” como criterio de discriminación: en las sociedades premodernas, los criterios de discriminación eran de orden cultural o religioso sin por ello recurrir a las características fenotípicas.

Carácter polifacético del racismo

Hay diferentes ángulos desde los cuales analizar el fenómeno del racismo: en mi caso, por ejemplo, lo abordo como racionalización instrumental de una relación de dominación. Es en este marco que sitúo las manifestaciones del nuevo racismo en el contexto del proceso de recolonización del mundo, para poder entender, por ejemplo, fenómenos como la guerra infinita al “terrorismo” que proyecta la potencia militar estadounidense en el globo.

Pero también se han desarrollado otros tipos de análisis donde el centro de interés se desplaza hacia el “actor racista”: el racismo, en este caso, se convierte en una compleja modalidad de resolución de conflictos y tensiones inherentes a la esfera psicológica.

Igualmente, existen aportes valiosos alrededor de un tercer enfoque de tipo cognitivo que nos ayuda a entender el proceso a través del cual las diferencias naturales se traducen en diferencias culturales y el papel del pensamiento estereotipado en la formulación de juicios en términos de dicotomías: el ejemplo clásico es el sexismo.

Finalmente, hay estudios que apuntan a la naturaleza ética de la negación racista del otro, que confunde la igualdad con la identidad y la diversidad con la desigualdad.

Estos enfoques, que no son excluyentes, siguen vigentes también para analizar aquello que suele definirse como “nuevo racismo”.

El racismo culturalista

La noción de “nuevo racismo” sustituye el concepto de la diferencia racial por las diferencias culturales que se absolutizan al punto de convertirse en un hecho natural, tornándose así en fronteras infranqueables. El criterio “superior/inferior” fue sustituido por el criterio de “asimilable-no asimilable”: un ejemplo reciente de esta postura se puede encontrar en los intentos de justificar la invasión genocida perpetrada en contra del pueblo de Irak.

Las nuevas bases ideológicas del discurso racista contemporáneo lo hacen más ambiguo y solapado, debido a la aceptación generalizada de los dos esquemas en los que descansa: la defensa de las identidades culturales y el elogio de la diferencia, conceptos que han tenido amplia legitimidad en la cultura progresista de los movimientos antirracistas.

Así como el “viejo” racismo nace con la modernidad en occidente, el racismo “nuevo” se vincula con la crisis de la modernidad, en particular, con la crisis de los movimientos sociales históricos y no es casual que el declive del movimiento obrero haya sido acompañado por la reivindicación de las identidades nacionales, religiosas, regionales, etc.

La descomposición del conflicto que estructuraba la sociedad tiene como consecuencia el surgimiento de “antimovimientos sociales”, donde la identidad social del actor viene sustituida por una identificación cultural, moral o religiosa.

¿Qué pasa con Nicaragua?

Así como hay un uso laxo de conceptos que en lugar de aclarar confunde, igualmente hay preguntas que, en lugar de estimular la reflexión, la atascan.

¿Nicaragua es una sociedad racista?, pertenece a este rango de preguntas.

En el caso de Europa, el racismo se impuso a partir del binomio “nacionalismo -racismo”: la “identidad nacional” y la defensa de la “nacionalidad” supuestamente amenazada se convierte en el sentimiento común que justifica el no reconocimiento del otro (negro, sureño, emigrante, etc.) y la negación de sus derechos. Por ello, el reto de estas sociedades consiste precisamente en poder cuestionar el vínculo entre ciudadanía y nacionalidad: el emigrante es ciudadano/a, independientemente de que sea o no nacional.

La pregunta, ¿es Nicaragua “una sociedad” predominantemente racista?, remite a otra: ¿el proceso de construcción identitaria de las y los nicaragüenses sigue construyéndose alrededor de una suerte de egocentrismo colectivo basado en la discriminación entre mestizos y negros/indios? ¿Existe actualmente un uso político del racismo como elemento clave que concurre a la construcción identitaria de la sociedad nicaragüense y a la legitimación de las desigualdades sociales?
Estas preguntas no cuestionan el hecho de que el proceso de construcción del Estado nacional haya sido marcado por el racismo que sigue siendo hoy una herencia cultural activa.

Creo que son preguntas legítimas, considerando que, al contrario de la realidad europea donde la integración de la nación ha incluido a los sectores populares, discriminando al “otro” (no nacional, no ciudadano, no persona), en Nicaragua la dinámica de la reproducción social ha descansado en la exclusión de las fuerzas vivas de la nación, productores campesinos, obreros asalariados, poblaciones indígenas, etc.

Ahora bien, sería un error pensar que el uso del concepto “clasismo” 0ensombrezca la realidad de la discriminación racial.

Cuando hablo de “clasismo” hago referencia a esta realidad, donde la forma oligárquica del capitalismo ha implicado una suerte de “racialización” de las clases empobrecidas.

La ideología de clase de la oligarquía ha sido y sigue siendo profundamente racista: las clases desposeídas, para la burguesía oligárquica, siguen siendo parte de la “cuestión de la alteridad”, no han sido asumidas como parte del “juego democrático” para mediar conflictos y repartir pasteles, aunque sea de forma desigual. Es una ideología de clase que estructura las relaciones según la dicotomía “humano-no humano”, análoga a la naturalización de las desigualdades de género o a las desigualdades étnicas, impidiendo con esto el reconocimiento y la reciprocidad de la lucha.

Reconstruir esta historia, desde la voz de las mayorías excluidas, ha sido precisamente el difícil camino emprendido por Sandino y la Revolución Sandinista.

¿Qué retos tenemos delante?

Enfrentar el reto de la racialización de las clases, significa, desde luego, tomar en serio los derechos. Pero el discurso de los derechos, para ser operativo, debe vincularse a la posibilidad real de que se logre incidir en el mundo relacional de los individuos y en el universo de sus experiencias.

¿Es posible transformar el mundo relacional y de las experiencias cotidianas en una sociedad dividida en dos mundos, el de la ciudadanía avasallada y el de la ciudadanía privilegiada?
Creo que deberíamos entender con mayor profundidad el alcance de las distancias sociales que se han venido consolidando a lo largo de estos dieciséis años de neoliberalismo.

Deberíamos entender, con mayor profundidad, las nuevas manifestaciones de clasismo racista que se vinculan a una suerte de “autosegregacionismo” de sectores medios y altos de la sociedad nicaragüense, que perpetúan las relaciones endogámicas propias de la oligarquía, pero en un nuevo contexto donde reproducen, en espacios sociales exclusivos y minoritarios, una cultura y un estilo de vida global a espaldas de la realidad mayoritaria de la población.

En este contexto, el estilo de vida y los medios de consumo se convierten en un signo distintivo de identidad y diferenciación: la apropiación de ciertos bienes de diversión cultural se vuelve un medio de apropiación simbólica que confiere una particular “distinción” que marca la desigualdad y distancia de los “demás”.

Desafortunadamente, no hay espacio para profundizar sobre los efectos de la violencia simbólica que se ejerce sobre las mayorías a través de supuestos bienes culturales privilegiados o ciertos estilos de consumo exclusivos.

Para enfrentar este tipo de violencia no es suficiente una operación intelectual de “toma de conciencia”, precisamente porque tales mecanismos de dominación de clase se sitúan no solamente en el ámbito “visible” de la objetividad (propiedad, división del trabajo, sexo, pertenencia étnica, etc.), sino en el ámbito de la subjetividad: las categorías de percepción y valoración socialmente construidas a través de las cuales se viene interiorizado el orden social.

En estas circunstancias, el reto del “cómo” incidir en el mundo relacional de una sociedad que tiende a compartimentarse, consiste precisamente en que las mayorías desposeídas se reapropien de su posibilidad de expresión.

Cambiar esta historia de negación, exclusión y explotación significa crear las condiciones para que las mayorías puedan tener voz y enfrentar el déficit histórico de ciudadanía, para responder a la violencia del reconocimiento negado y revertir radicalmente la perspectiva convirtiendo en objeto de observación a aquellos que históricamente han sido los sujetos observantes, esto es, para subvertir la mirada y deshacer el mundo de las certezas dominantes, es decir de los prejuicios, sobre “negros”, “pobres”, “mujeres”, “jóvenes”, etc.