Luz Angela García, Ferrobertha Briceño y Duval Llaguno*
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A veces, cuando surge un desafío en un proyecto de desarrollo, parece ser que se necesita un superhéroe para resolverlo. Sin embargo, desde el BID nos hemos dado cuenta de que ningún individuo tiene todas las habilidades necesarias para resolver los problemas más complejos. 

Los proyectos de desarrollo financiados por el BID no se llevarían a cabo sin la creatividad, la innovación y la resolución de problemas de los equipos socios que operan desde las “agencias ejecutoras”.

La capacidad de estos equipos en muchos casos puede marcar una diferencia clave en el éxito de un proyecto. Es por eso que estamos interesados en identificar los equipos de superhéroes que puedan compartir la narración de su experiencia para facilitar el aprendizaje colaborativo. A través de la convocatoria Superhéroes del Desarrollo, quisiéramos compartir historias como la siguiente:

“Estábamos llevando a cabo un programa de mejoramiento de barrios que comprendía siete barrios distintos. Aunque cada uno presentó alguna especificidad, en todos se apeló a la participación como mecanismo para destrabar conflictos y resolver dilemas, incluso cuando esto significó posibles demoras en la ejecución.

La participación comunitaria fue el mecanismo recurrente para enfrentar desafíos en el transcurso de la ejecución. 

Por ejemplo, en un principio se elegían delegados que integraban una comisión para decidir sobre los temas que afectaban a los barrios. El problema surgió cuando los delegados tenían que decidir sobre cuestiones que afectaban directamente las familias o los individuos, porque entonces costaba más que ejercieran su función de representación sin que prevaleciera la representación de sí mismos o de sus familias.

Con ello, la Unidad Ejecutora resolvió apelar a mecanismos aún más inclusivos, donde todas las familias estuvieran representadas, para resolver temas sensibles como las relocalizaciones.

La distribución de los lotes fue otra instancia en la que la participación fue fundamental. Por ejemplo, al principio, se hacía en los escritorios de la unidad, siguiendo un criterio técnico.

Luego se les mostraba a los vecinos la propuesta de loteo, quienes la aprobaban. El problema surgía cuando iba el agrimensor al terreno, quien por ejemplo solicitaba que un cerco se corriera un metro, de acuerdo con lo planificado. ‘Yo vi el plano, pero me imaginé otra cosa’, era una respuesta habitual.

Esto llevó a la Unidad Ejecutora a cambiar de metodología. Se empezaron a hacer entonces talleres participativos de loteo, en los que la Unidad Ejecutora explicaba cuáles eran reglas fijas y cuáles flexibles. Esta metodología llevaba mucho más tiempo, pero una vez implementada no encontraba resistencia ni generaba malentendidos.

El último proyecto enfrentó una situación más compleja. La intervención en un barrio precario significaba relocalizar familias. La Municipalidad tenía un terreno apto para tal fin por cercanía y zonificación. Era un terreno lindero a un barrio de clase media, sobre una avenida que empalma con la autopista y lleva al sitio donde se libró una histórica batalla en 1813.

Los vecinos del barrio se oponían a la mudanza o relocalización de los vecinos de la villa en el terreno municipal, pero la Municipalidad tenía entera potestad para relocalizarlos, y ya había conseguido el acuerdo para hacerlo. Pero los vecinos del barrio empezaron a organizarse en contra de la medida. Redactaron notas, hicieron reuniones y buscaron argumentos técnicos para que no se construyeran las nuevas viviendas.

Aunque la Municipalidad podía continuar con la relocalización, y estrictamente no necesitaba consenso, avanzar sin más podría haber significado un potencial conflicto. Por ello, el equipo volvió a apelar a la participación como mecanismo para resolver diferencias y generar acuerdos. La Municipalidad organizó reuniones con vecinos de ambos barrios y buscó factores de encuentro.

La idea que surgió fue apelar a los símbolos patrios y a una historia común de la que la comunidad se enorgullece que tuvo lugar a pocos kilómetros de la ciudad. Una ordenanza municipal proponía dotar a una avenida de connotación histórica.

La Municipalidad consiguió materiales y una fábrica cedió uno de sus paredones para que los vecinos de ambos barrios hicieran colectivamente un mural cerámico (una bandera de más de 300 metros), cuya ejecución duró varios meses, y en la que participaron escuelas del barrio, con niños de las familias que serían relocalizadas y niños del barrio de clase media. Comprometer a todos en un tema común y suscitar la participación y el encuentro fue la forma de conciliar a las dos partes y de evitar el potencial conflicto.”

* Este artículo se publicó en el Blog del Bid, en la sección Abierto al Público.