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Llegó Donald Trump a la cumbre de la OTAN a decir lo que no debía. Nada raro. Pero, esta vez, además de no saber cobrar el 4%, como cuota fija de la membresía al privilegiado club militar de 28 socios (¿¡Y eso que viene del mundo de los negocios!?), comenzó a crear desánimos entre sus mejores y más cercanos aliados. Y Donald Tusk (presidente del Consejo Europeo) respondió haciéndole ver que “ellos eran sus amigos”. Una posibilidad: ahora los Estados europeos podrían impulsar su propia política de defensa. 

Mi punto. Donald Trump propicia un cisma en Europa. Si los aliados europeos se salen de la OTAN para forjar otra iniciativa militar en otro lado, sería un grave error político que Estados Unidos lamentará. ¿Crisis o ruptura? 

Así, Washington está haciendo quedar mal a su país, desalienta a sus aliados y; contrariamente, luce generoso en piropos solo con dictadores: Kim, Putin, Ping. 

Charles De Gaulle una vez planteó que el asunto de la defensa europea debía asentarse sobre los hombros de Londres, París y Washington (un triunvirato). La idea fue descartada. ¿Tenía razón? ¿Se debe volver a esa opción? Berlín y París pueden retar a Washington con una propuesta que dejaría sola a la Casa Blanca. 

Es cierto, no todos pagan cuotas iguales. Y ello parece justificar porqué Trump optó por esa forma de reclamo público. Según una tabla de CNN, de los 28 Estados-socios de la alianza, solo cinco la cumplen: Estados Unidos, Grecia, Polonia, Estonia y Gran Bretaña; estos contribuyen con el 2%, o más, de su PIB. El resto da menos de eso. Pero Bélgica, España, Luxemburgo dan incluso menos del 1%.

Trump quiere que las grandes economías europeas —Alemania, Francia, Italia, España— paguen más. Tiene razón. Pero ello no debe dar lugar a desaires o humillaciones. Francia y Alemania pueden tomar otro curso, acometer con otra iniciativa. Después de todo, el tema de la carga presupuestaria no es un asunto de seguridad colectiva, que es el propósito para el cual fue creada la OTAN, en 1949. 

Lo más importante: saber cómo enfrentar las amenazas. Cada  día son mayores: no-proliferación de armas nucleares, terrorismo, refugiados, aumento de conflictos más allá de las fronteras euro-atlánticas. Y siendo ahora el mundo más multipolar, ello implica la multiplicación de riesgos y conflictos, en cualquier parte.   

Por otro lado, siempre veo una posible separación (en política se llama “transfuguismo”), ya que Turquía ha estado coqueteando con Moscú. Y el Kremlin no pierde tiempo en recoger o darle la mano a todo aquel que se sienta incómodo en el gran club militar.

OTAN podría ampliar su membresía. Ya que si Turquía no es nación atlántica, ¿por qué no invitar a Israel, Japón, Australia, Nueva Zelanda, Corea del Sur? 

En todo esto, Alemania está, geopolíticamente, en medio. La señora Merkel no se siente muy cómoda con Putin; aunque se comunique bien en alemán con el ex agente de la KGB, que ahora maneja los hilos rojos de la gran Federación Rusa. 

Además, el presidente norteamericano tuvo palabras impropias. Llamó a Alemania “cautiva de Rusia”. ¿Quién está siendo investigado por haber recibido ayuda de Putin? 

Berlín no amenaza a nadie; Rusia, sí. Alemania hoy no es la de 1941; ni la señora Merkel se llama Adolfina. La Rusia resurgente es la potencia nuclear. Y si llegó hasta Crimea, es muy probable que pueda después lanzarse más allá de los países del Báltico o a lo largo de toda la frontera Este-europea. En este sentido, la nostalgia histórica de los hoy rectores del Kremlin puede hacerles añorar que Bucarest, Budapest, Sofía o Varsovia, una vez estuvieron bajo su órbita.

El asunto sigue siendo: ¿Cómo puede mantenerse una alianza tan vital y estratégica para Occidente, si los síntomas de desconfianza, los recelos y el lenguaje bajo, persisten? ¿Se verán las fisuras pronto?

Por otro lado, si un par de países europeos se salen (Francia ya estuvo fuera, 1966-2009), se puede desgranar la alianza militar. En este sentido, Paris y Berlín no tendrían problema alguno para plantarle cara a Trump. Las divergencias de enfoque también son políticas. 

¿Qué le queda a Washington? 

La diplomacia es balsámica. En todo caso, lo mal dicho le queda de tarea a Mike Pompeo. Pero, ya hay otras condiciones: crece el desaliento; la brecha europea se abriría para que ellos mismos, liderados por Francia y Alemania, sigan su camino sin las influencias de las híperpotencias.

Europa puede velar por sí. Toda tarea política es urgente.