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Hay algo en Tom Wolfe que hace contrapeso a su fama de padre creador del nuevo periodismo: su imagen de dandi: sacos color beige, corbatas a rayas, zapatos de charol y su pelo liso, peinado a la derecha, arañándole esos ojos agudos que acompañaban su risa -¡ironía, sarcasmo, paradoja… cinismo!-. Lo carnavalesco frente a lo totémico no desmiente el mito, encadenado ahora, por la muerte, a la perpetuidad del recuerdo, de las antologías de los mejores reportajes y crónicas, de las clases de periodismo y literatura... de las ampollas sociales y literarias que levantaron sus textos. 

Aunque vino al mundo en 1930, su verdadero nacimiento ocurrió en la primavera de 1963, cuando escribió “El embellecido cochecito aerodinámico fluorescente”. Un título que salía de la oquedad de los encabezados de nueve o 12 palabras cerradas en lo noticioso (Wolfe  estaba enfadado por el tullimiento de las estructuras periodísticas: resecas por lo informativo). Y lo demostraban -nomás entrar a la primera línea del reportaje- las distintas onomatopeyas del escape de un auto: “(¡Vruum! ¡Vruum!) (¡Rahghh!) (¡Brummmmm!)”. Ningún periodista en su sano juicio se fijaría en ese detalle, ¿qué valor tendría?

El de solo dar vida a un ambiente –ensordecedor en ese caso.  Promulgó que el relato debía plasmar el collage de la realidad no en la linealidad ni en la cronología de la letra impresa, que apenas daba espacio para una palabra a la vez, sino en la multiplicidad de los hechos (sonidos, colores, sabores, emociones) que nos entran por los sentidos, todos a la vez. Y aunque Borges lo había propuesto ya en “El Aleph” –literatura pura-, ¡oh, Dios, qué locura sería para el periodismo, parapetado en la pirámide invertida, las lacónicas columnas y la linealidad! ¡Aliteraciones por doquier! 

-¿Y lo impersonal, señor Wolfe? 

-La gente piensa y tiene emociones, no solo expone una declaración; solo es cuestión de preguntarles lo que piensan y sienten. Hagámosle hablar desde sus emociones, pasemos el tiempo suficiente a su lado para obtener su perspectiva, fijarnos en su forma de caminar, de comer, gestos, costumbres… 

-¿Y dónde dejamos la objetividad, míster? 

-El nuevo periodismo no pretende ser objetivo, más bien refleja su compromiso y personalidad, sinceridad y sensibilidad del autor. 

“¡Pequeñas momias!”, un extenso panegírico lacerante contra el reputado editor jefe de la revista The New Yorker, William Shawn, es el ejemplo perfecto de esa honestidad  y esa pasión liberadoras que tenía ahora el periodista. (Escrito en 1964, fue incluido en uno de los últimos libros que leí de él: “Periodismo canalla y otros artículos” (2001)).

Ahora solo faltaban tres elementos: estructura, temática y dialogismo. La primera, rescatada de la prisión casi telegráfica y expositiva de la cronología, consiguió, con la escena por escena, yuxtaposiciones en Y o suaves G invertidas que nos dan la impresión de viajes temporales o encontrarnos con un par tipos que son el mismo. Así podríamos apreciar dos momentos de la vida de un personaje, corriendo libremente uno frente a otro, para unirse en un punto del tiempo ya escogido –por su importancia- para unir la historia. 

En el tema se prefirió la actualidad, que para los novelistas como Updike o Norman Mailer, de la época de Wolfe, era banal, pues consideraban que su estatus –como el de la época dorada de Hemingway, Fitzgerald o Dos Passos- no se los permitía. Entonces la guerra de Vietnam, las luchas interraciales, la revolución sexual, las drogas, los viajes espaciales y las armas atómicas se vieron evacuadas en grandes reportajes tecnicolor a través de esta marabunta de periodistas rasos que deseaban entrar al mundo literario.

-¿Qué dijo del diálogo?

-El diálogo lo es todo.

-¿Todo?

-La gente habla –dijo Wolfe-. Que hable con voz propia, entonces.   

-¿Algo más, Tom? 

Wolfe ya no contestó. Petrificado, el mundo se le había acabado a los 88 años, cuando el mito comenzó. 

* leslinicaragua@yahoo.com
Periodista, catedrático y escritor.