Galo Muñoz Arce
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Por un lado el aburrimiento denota cansancio, hastío, está asociado a una molestia y, por otro, connota una profunda falta de sentido. Proveniente del latín ab-horrere, que significa sin –horror y sugiere la posibilidad de lanzarnos a la acción sin miedo, bajo el supuesto de que, habiéndolo perdido todo, ya no tenemos nada que perder.

Desde esta perspectiva el sentido de la vida puede ser olvidado por el miedo a perder la vida y, llegado un insoportable momento, se transforma en acción furibunda que pretende rescatar el sentido en el incierto y peligroso enfrentamiento del horror que causa el miedo de perder la vida.

El abuso entre el sosiego y el desasosiego, es en realidad un brutal umbral de incertidumbre entre la decisión de la vida y de la muerte, reverso y anverso de una misma moneda: la “existencia” que debe ser gastada en la realización de lo humano.

El aburrimiento, normalmente, es resuelto encontrando un pasatiempo. Pasamos el tiempo para salir del hastío y no caer en la depresión. Nos entretenemos para eludir la responsabilidad de nuestra (in)acción y nuestro (sin)sentido.

Y pronto descubrimos que el sentido viene dado de una profunda reflexión sobre nuestras limitaciones civilizatorias que se oponen a nuestra acción que tiene como fundamento la libertad. Estar aburrido es, así, un estar atado a los mismos caminos que, transitamos una y otra vez, se convierten en moldes que devoran la posibilidad del cambio.

Bostezamos cuando oímos hablar de revolución, cabeceamos cuando oímos discutir de desarrollo, nos hartamos de aquellos discursos que promueven el encuentro de verdaderos proyectos de vida colectivos, atados a la normalidad nos van disgustando, nos van saturando –sin mencionar que nos van empobreciendo humanamente. Nos vamos aburriendo de la vida y sin poder arriesgarnos a la acción, morimos en un largo y aletargado que se lleva no solo el sentido, sino la alegría, la utopía y todas las razones que podamos “crear” para vivir. De ahí que la invitación a abandonar las convenciones impuestas, a romper los moldes intelectuales y políticos no es un síntoma de puro activismo cortoplacista, sino que es una invitación estética, no tanto dirigida a crear objetos simbólicos o materiales, sino a establecer las condiciones (políticas) para una vida que en realidad queramos vivir. Normalmente, se dice que el espacio de discusión social tiene como límite nuestras creencias éticas, que de manera normal íntima y personal establecemos como válidas –incluso si carecen de fundamentación racional.

No obstante y precisamente por ello, debemos reconocer que nuestras creencias son productos históricos de la sociedad en la que nos desarrollamos. Entonces cuando rozamos la ética, en realidad estamos en un terreno político y social que puede ser susceptible de modificación y mejora. Por otro lado, existe una ética predominante en la sociedad actual que puede ser definida como ética neoliberal.

En esta ética encontramos como eje articulador del sentido último de todo, una visión monetarista de la vida. Todo es susceptible de ser valorado en términos de su precio. El dinero es una necesidad y un satisfactor, es un horizonte de vida.

En la ética neoliberal, todas las éticas tienen cabida, hasta la -en teoría- opuestas, siempre que se pongan a los pies de su fundamental interés: la ganancia dineraria. Para la ética neoliberal, su lógica y racionalidad económica, tener dinero sería realmente proporcional a tener felicidad.

Esa idea es la que articula los procesos desarrollistas a los que el “Buen Vivir” se opone y resiste, pues no todo en la vida puede ser comprado o vendido. Estar de acuerdo con ello, seguramente, implicará una lucha personal y colectiva, pero ¿Quién está de acuerdo en asumir las consecuencias?. Ello supone despojarnos de los aburrimientos que el impersonal orden nos asigna y que, en cualquier caso, es impuesto por el poder: un poder que a pesar de haberlo creado nosotros, paradójicamente no nos pertenece.