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La inducción verbal fue clara. El discurso del 19 de julio fue para para definir las tareas. Había que incitar a los prosélitos enardecidos a la continuación de la intolerancia, la perpetración del daño y la exacerbación del fanatismo.

Es la alcaponización de la política.  ¿Ahora reemprenderán su guerra contra la Iglesia Católica, en condiciones dispares: los armados de escopetas, rifles, tanques, cañones enfrentados a hombres y mujeres de sotana y hábitos? 

¿Quién prevalecerá?

Mi punto: la Iglesia Católica tiene 2,000 años de vida terrenal. Como institución, ha sido golpeada, dividida, desdeñada, saqueada, ultrajada, perseguida, vituperada, prohibida, desterrada. Pero siempre ha prevalecido más allá de las temporalidades humanas.

La historia de esta institución es siempre controversial. Pero sus crisis han sido provocadoras, controversiales, estremecedoras. Se ha enfrentado a imperios, reinos, principados y potestades. Siempre ha sobrevivido. 

Ella inventó la diplomacia, la confesión, las indulgencias, la división de mundo en provincias eclesiales (desafiando todos los principios absolutistas de la soberanía estatal). Crearon el  propósito de enmienda para todos los pecadores católicos; tienen un gigantesco ejército de curas y monjas diseminado por el orbe, armados con una biblia y cruces; y el poder de excomulgar, exorcizar, bendecir o santificar cualquier causa eclesial terrenal.  

Ha sobrevivido guiada por pecadores, santos extraordinarios, pontífices corruptos y excelsos, y sin armas (hasta hace un par de siglos, cuando todavía tenía ejército y defendía sus territorios papales). Entre sus gestas de  inusual prestigio y desprestigio, le hicieron la guerra a los turcos musulmanes en defensa de los lugares santos; y se lanzaron a la conquista de cuatro continentes, buscando redimir nuevas almas para el reino de otro mundo. 
Hoy se enfrentan a un régimen de pocos aliados: Cuba, Venezuela, y Bolivia; unos miles de zafios seguidores, tropas enmascaradas de asalto y vejámenes en las calles de Nicaragua. ¿Y alrededor del mundo? Los foros internacionales les adversan:  protestantes en plazas principales del mundo occidental,  palacios presidenciales, parlamentos, cámaras, líderes globales.

¿El régimen se puede sentir muy seguro sabiéndose acuerpado solo de unos miles que le siguen por agradecimiento a un estatus? ¿O son socios de conveniencia por otras condiciones:   temor a ser corridos de sus trabajos, o porque hay pagos a sus acciones justificadas cuando disparan escopetas, sin importar contra quién? 

Sin dudas, vienen tiempos duros.

La Iglesia Católica tiene púlpitos. Cuenta con el apoyo de Roma, donde yace un Estado pequeño que indica la ética que más de un billón de cristianos deben seguir. 

Es una institución jerárquica. Así lo es también el régimen orteguista. Pero, escasos levantan su voz para defender a los que niegan que haya violaciones a derechos humanos  comprobadas por expertos internacionales enviados por los organismos multilaterales de mayor peso global: ONU, OEA. 

¿Cómo se puede mentir con sobrado cinismo y desfachatez, habiendo evidencias fehacientes, y ante los ojos de tantos peritos internacionales?

Ahora vienen otras batallas. Tropas y turbas contra cristianos asidos a emblemas y un fuerte credo religioso. Estos últimos hijos del Dios de Abraham, enfrentados contra un poder terrenal. 

Todos los tiempos se parecen mucho. (¡La vida como un escenario giratorio de teatro!). 

Cada personaje tiene un papel: héroes o villanos; mártires o verdugos; probos o malandrines. Política y guerra son dos caras de la misma moneda. La una lo hace por la persuasión y la otra por la imposición: ambas quieren dominar. 

Los manuales de la guerra hablan de armas, municiones, estrategias y tácticas. La Biblia: génesis, escatología, historia, filosofía, sabiduría, profecías, moral, geografía, literatura, poesía, verdad, cosmogonía; la vida pasión y muerte del Dios en el que los cristianos creemos porque fue, estuvo, sigue siendo y será, según nuestra fe.

¿Quién es más fuerte?

Josep Stalin se burlaba de la debilidad del Estado Vaticano. Pero no vivió para ver como su “inexpugnable” Unión Soviética se partía en pedazos.

Fidel Castro —que tanto despotricó contra curas y obispos—, ya en su ancianidad temblorosa y decadente, se empequeñecía frente a los tres pontífices a los que pidió llegaran a verle. Pero él no se alegraba por la visita. Buscaba perdón. Ya no tenía el ímpetu desafiante y ufano para desmentirse. ¿Buscaba un gesto indulgente para desterrar de su memoria todos los  ajusticiamientos de laicos y célibes frente al paredón en los días de su feudo temporal?

¡Cuánto han despotricado otros líderes revolucionarios que vieron a una Iglesia milenaria, y a tantos curas, interponerse en sus caminos! 

¿Otro enfrentamiento, calificable como “la pequeña guerra fría entre Moscú y El Vaticano”?  

¿Se acerca el tiempo de Dios?