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“Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer.”
Rubén Darío

Cuanta validez de ese hermoso poema de nuestro inmortal Rubén Darío hoy día. ¿Habráse imaginado en algún momento  de su escrito que décadas después tendría tanta vigencia? Probablemente ni se lo imaginaba. La verdad es cíclica. Nada es nuevo en la vida. Todo se repite, quizás de manera diferente.

La materia no deja de existir, solo se transforma, dirían algunos teóricos de las ciencias exactas. Abril es también materia, que mutó de aquel julio del 53, con característica y actores diferentes. Las circunstancias también fueron distintas. Los muertos fueron los mismos: jóvenes y estudiantes.

La historia se describe según quien la cuenta o escribe. Muchas veces, la mayoría, se tergiversa y acomoda con fines de justificación de errores y actores que participan en la misma. Existen entonces versiones distintas de los sucesos. Cada narrador o escritor la acomoda a sus intereses.

Existen quienes ensalzan a Somoza y su dinastía. Otros, a las acciones de Sandino y los sandinistas. Viviendo en una sociedad del conocimiento, no es difícil dilucidar de lado de quien está la razón.

Igual sucede con los hechos de abril del presente año. Hay quienes acusan y juzgan negativamente a una parte y otros hacen lo mismo con los del lado contrario. La efervescencia del momento tiende a confundir a la hora de decidir quién tiene la razón.

Igual sucede a la hora de evaluar un paciente en estado disfórico o en shock por cualquier causa. Debemos estabilizarlo primero y luego buscar causas de su desestabilización para su terapia y posterior rehabilitación.

Lo biológico puede aplicarse a lo sociológico, en el caso presente del abril gris. Importa volver a la normalidad posible para luego intentar alcanzar un equilibrio que nos vuelva  a la coexistencia pacífica. Los muertos nunca se olvidarán.

Su sangre derramada justifica acciones para hacer pagar a los autores directos e intelectuales. La impunidad no puede campear en nuestro territorio. Tan culpable es el que ejecuta como el que manda a ejecutar.

Nuestra experiencia en medicina en tiempos de conflicto (guerra de los 80) nos enseñó que era necesario aplicar la estrategia denominada “Terapia para la locura de los tres días”, a la hora de decidir cómo enfrentar el estrés en los jóvenes que se enfrentaban en la guerra.

Era sabido que dichos jóvenes no tenían experiencia en conflictos de tal envergadura razón por la que se decidió ejecutar acciones de tipo sicosocial cada 4-6 semanas para que se encontraran con sus familiares, descansaran y retomaran fuerzas para seguir.

Los famosos refrescamientos en sitios seguros dentro de la montaña. Las madres y familiares de los cachorros quizás recuerden estas experiencias. Cuando llevaban el famoso barco (comida, bebida, cigarros, etc.).

Tal estrategia funcionó muy bien durante el triste episodio de la guerra. Imaginamos que los jóvenes del bando contrario también hacían lo mismo. Quien escriba esta triste etapa de nuestra historia lo debe recoger sin sesgos, para las futuras generaciones y para que no repitamos esos días, tan grises como el abril.

Dos sugerencias para la realidad actual:

1. Realizar un mural o muralla con los nombres de todos los hermanos que ofrendaron su vida y ubicarlo en rotonda Jean Paul Genie.

2. Hacer un registro de los jóvenes participantes, de los diferentes bandos, para becarlos y enviarlos a estudiar fuera del país, sea para continuar sus profesiones o para iniciar algún estudio de técnico superior o carrera profesional, según lo decidan. Analogía del modelo de terapia en tiempos de guerra (de los 3 días), pero ahora en tiempos de paz y con tiempo más prolongado. Es justo compensarles el aporte que nos han dado como sociedad. Su ejemplo es y será invaluable. Seguramente serán el relevo generacional que tanto necesitamos.

Salud para todos.

*Médico.