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El de Masatepe y el de Managua, después de pasar visitando al insigne bisturí armónico, médico, músico y cuentista Wilfredo Álvarez y a su lozana Marina, habían ido a hacer compras a esa antología de todas las especias y olores, por emplear un eufemismo, que es el mega abastecido, muy folclórico y tumultuario mercado de Masaya. Exactamente en la esquina donde doña Carmen vende frescas mojarras y guapotes de Tisma, o fritas al momento para llevar o ser ingeridas con una tortilla caliente recién salida del comal, se encontraba un profeta muy bien documentado predicando contra la falsificación de la buena nueva y denunciando la aparición de la Nueva Iglesia. Decía que esta Nueva Iglesia había sido creada por nuestro Enrique VIII como sustentación de su Socialismo del Siglo XXI y para imponer el absolutismo dinástico. Inflamado de ira ilustraba a los presentes que Enrique VIII rompió con el Papa Clemente VII en 1533 por no querer concederle el divorcio con Catalina de Aragón, y se declaró cabeza de la Nueva Iglesia Anglicana, habiendo a la vez recabado la ayuda del Parlamento para anular su matrimonio y casarse con Ana Bolena, a quien ejecutó tres años después en su larga carrera de seis esposas de las que entre repudiadas y ejecutadas, sólo le sobrevivió la última.

La Nueva Iglesia de Nicaragua --decía persuasiva y firmemente-- tiene su origen en tres hechos fundamentales. El primero es el misterioso casamiento de nuestros monarcas, del cual no se supo nada sino hasta muchísimos años después, cuando se culpó de haberlo celebrado al sacerdote y mártir Gaspar García Laviana, caído en combate durante nuestra guerra de liberación en noviembre de 1978, por lo que él no puede confirmar esta noticia divulgada muy convenientemente hasta hace relativamente poco, en circunstancias de mutuas concesiones y por lo mismo de óptimas relaciones entre la incipiente monarquía y la Conferencia Episcopal –hoy tan repudiada- que presidía el Cardenal Miguel Obando y Bravo y que hoy preside, con vientos en contra como dijimos, el Arzobispo Leopoldo Brenes. El caso es que de aquel hasta entonces inédito acontecimiento eclesiástico, sólo hay un testigo que lo avala, el profeta Rafael Solís, magistrado de la Corte Celestial y perteneciente al elenco de falsos profetas de la Nueva Iglesia. Es importante destacar que al momento de darse a conocer aquella privadísima ceremonia religiosa, nuestro Enrique VIII no era aún aceptado como católico –algo que sería necesarísimo para su campaña presidencial-, por una injusta, eso sí es verdad, aureola de ateo y marxista, cosa que hay que reconocer que nunca ha sido. No solo tenía esa aureola que aún podemos ver en el mural de la parroquia de San Rafael del Norte, sino que hasta había sido calificado de víbora por su hoy socio don Miguel Obando.

Llegados a este momento, es propicio referirnos de una vez por todas al segundo hecho fundamental: La conversación de don Miguel Obando, quien en su momento hizo una ratificación y reposición pública de aquel matrimonio, que colocaba a la pareja de monarcas como ejemplo moral para el catolicismo nacional. El Cardenal guardó su víbora y desde entonces las rotondas se llenaron de rezadores, incluso en abierta provocación a la actual Conferencia Episcopal; las tribunas se llenaron de flores y cánticos a la paz, con la infaltable presencia del Cardenal, la cual se interpretaba y se sigue interpretando como de aprobación eclesiástica a todas las medidas políticas y económicas que toman los monarcas, de quienes se espera que se vuelvan teólogos de la liberación después de la donación de seis mil volúmenes sobre el tema que les hizo el padre Uriel Molina. Con los Migueles, pastores y curas convergentes, y para contrarrestar la maléfica influencia de la actual Conferencia Episcopal, nació la Nueva Iglesia.

El tercer hecho fundamental es que pronto llegaron los falsos profetas a reforzar esta Nueva Iglesia. El Procurador Hernán Estrada anunció que si Daniel quisiera, en este país no quedaría piedra sobre piedra. Se autoinventó un atentado y culpó de ello a las prédicas de los obispos. Aunque con lo primero, al parecer, estuvieron de acuerdo sus correligionarios, de esta última afirmación tomaron distancia. El más reciente de los falsos profetas en reaparecer ha sido el historiador oficial y místico Orlando Núñez, quien para exorcizar las denuncias de la Conferencia Episcopal sobre el fraude electoral, inventó un documento en donde califica a los obispos como de “los más corruptos del mundo”. Ésta es la Nueva Iglesia, concluyó el profeta del mercado de Masaya.

luisrochaurtecho@yahoo.com