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Noté la decepción de mis padres cuando les dije que quería estudiar periodismo, con mis notas esperaban que escogiera una carrera de mayor prestigio o estatus, aunque estoy seguro que es clasista llamarlo de ese modo.

La actitud de ellos a mi carrera cambió cuando empezaron a salir mis primeras publicaciones, el temor se volvió orgullo. Fue una victoria personal. 

El periodismo es una carrera hermosa, pensé que se trataba de escribir bien, pero reportear me ha permitido estar cerca de todo tipo de personas, desde campesinos, trabajadores por cuenta propia, migrantes, personas en condiciones de riesgo, hasta empresarios, artistas famosos o emergentes, ministros, diputados, embajadores.

Como periodista conocí toda Nicaragua, con excepción del Cabo Gracias a Dios y San Juan de Nicaragua. Manejar tanta información te puede permitir ampliar tu sistema de valores, tratar de ser más receptivo y tolerante.

A pesar de la tensión, el estrés y los no pocos desvelos, el ambiente del medio me apasiona. Y no soy el único, muchos de mis colegas son workaholics, aman hasta cierto modo este desasosiego cotidiano de cierres de edición, entregas, revisiones, los última hora. Sin embargo, se quejan, porque es la naturaleza del periodista, ser un tipo crítico, insatisfecho, chismoso. De eso vive. No lo neguemos, es nuestra reputación.

También vemos muchas tragedias, manejamos datos de primera mano y hasta cierto punto, muy atrás en la cadena de poder, tenemos cierta influencia que nos permite mediar entre todos, como personas e individuos. Es una gran responsabilidad y como somos humanos, es a veces, demasiado, no pocas veces fracasamos.

Hoy, vivimos un momento trascendental en Nicaragua. Los periodistas independientes tienen una función central en este destino que se juega el país, nunca antes mi generación, ni la de los más jóvenes que yo, había experimentado un periodismo para la magnitud de esta crisis.

Sabemos que esto nos pone como actores importantes en la historia nacional y queremos estar del lado correcto, del lado de los que sufren, de quienes son perseguidos, de las víctimas, de los que buscan auténticamente la paz y un futuro de convivencia armónica.

En nuestra contribución hay riesgos, nuestra forma de hacer las cosas puede generar malestar y en medio de una explosión violenta, sabemos que es fácil encontrar a un periodista cuya única defensa es la palabra. Estamos claros de eso, desde hace mucho. Y cada quien asume el reto que puede sobrellevar.

Tampoco quiero hablar en nombre de todos, por eso, trato de escribir en primera persona. Ser periodista es intenso, porque es un grito que rompe el silencio.

Este grano de arena en el proceso cívico nicaragüense no solo vale la pena, es imprescindible, porque son las propuestas, es dar a conocer una parte de la verdad, enfoca los problemas y busca las soluciones.

Eso nos anima a continuar, a ganarle al miedo y las intimidaciones.

 * El autor es editor en El Nuevo Diario.