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En paz me acostaré y asimismo dormiré, 
porque solo tú, oh Jehová, me haces vivir confiado.
Salmo 4:8 

 
En estos tiempos de sombra y de muerte que se abaten sobre nuestro pueblo y cuando afloran toda una amplia gama de sentimientos y emociones: incertidumbre, temor, dolor, tristeza, ansiedad, depresión, pero también fortaleza, esperanza, fe, resolución, es importante convertir esta prueba en una oportunidad de crecimiento espiritual, de unidad de nuestro pueblo y de fortalecimiento en los valores genuinos de nuestra fe cristiana como son el amor, la misericordia, la solidaridad, el sacrificio y la unidad.

A diferencia de la guerra civil de los 80, cuyo escenario fundamental fue el campo, las ciudades eran mudos testigos de la entrada de decenas, cientos y miles de jóvenes que retornaban a sus barrios para ser velados y sepultados, muchos quedaron también en las montañas; de tal manera que la violencia no se vivía como ahora que se desarrolla fundamentalmente en las ciudades bajo la forma de terrorismo y represión contra la población.

Los medios de comunicación con toda su variedad tecnológica actual han hecho que esa violencia y el terror entren directamente a nuestras casas a través de la televisión, celulares, redes sociales y agiten nuestra vida cotidiana, llevándola a las expresiones de crisis mencionada.

Desde el inicio de la lucha se optó por la no violencia como método para alcanzar los objetivos de cambio democrático, la justicia y la paz.

Es, como estamos viviendo un camino sumamente complejo, no exento de su cuota elevada de sacrificio, de muchos y encontrados sentimientos y con un horizonte que nunca avizoramos en nuestra historia fundamentalmente armada y violenta; por tanto la lucha pacífica no adquiere su fortaleza en capacidades bélicas, en el choque de instrumentos, sino en la confrontación de voluntades y de fortalezas morales.

De ahí que la lucha no violenta demande también una profunda espiritualidad, niveles cada vez mayores de unidad, las más amplias expresiones de solidaridad, paciencia, capacidad de perdón, creatividad, el respeto de la vida, entre otros.

Abordando la fortaleza espiritual que demanda, nos parece importante que esta se desarrolle, no solo en los ámbitos físicos de las iglesias, templos, sino también en el propio seno del hogar, en la cuadra, en el vecindario, en el barrio, en el pueblo, en la ciudad, hasta alcanzar los niveles nacionales. Es importante que se practique la oración, la lectura bíblica y la reflexión; por ejemplo, el bello salmo de David siguiente: 

Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? /Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?

Cuando se juntaron contra mí los malignos, mis angustiadores y mis enemigos para comer mis carnes, ellos tropezaron y cayeron.

Aunque un ejército acampe contra mí, /No temerá mi corazón; /Aunque contra mí se levante guerra,/ Yo estaré confiado. Salmo 27: 1-3. 

También sugerimos los salmos 91;  23 y 46.

Situaciones como las que vivimos de confrontación, provocan heridas profundas en la sociedad, divisiones, antagonismos, polarización; sin embargo, la tradición es que solo después de las mismas se plantean etapas de paz y reconciliación.

Nuestra propia historia demuestra que, incluso, en medio de la guerra, hubo experiencias extraordinarias de construcción de paz y reconciliación en situaciones en que hasta las propias familias estaban separadas.

Es por ello que afirmamos que podemos desarrollar estos procesos desde los niveles locales, que permitan conjurar la inoculación del odio, el ánimo de venganza y la división; por ejemplo, a nivel local se desarrollan relaciones vecinales de toda una vida pero que factores ideológicos y políticos las ponen a prueba y hasta prevalecen, desgarrando esos lazos de siempre.

Es importante  ser conscientes de que las relaciones humanas, en particular la amistad, es un valor que ha acompañado al ser humano desde su origen y debe estar por encima de consideraciones ideológicas y políticas, pues aunque estas existen objetivamente como expresiones de la diversidad en una sociedad, no tienen por qué ser dirimidas a través de la confrontación y la violencia. 

* El autor es director del Instituto 

“Martin Luther King”-Upoli.