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Mi pelo es mío y no mío. Es bastante aburrido, en parte ondulado y en parte grueso, y crece rápido y salvaje. Sin embargo, cuenta la historia de quién soy (caribeña de ascendencia africana), mi origen social (de clase media) y mi ADN racial (una mezcolanza de los atropellos del continente). Para mí, no es solo cabello. Mi “cabello afro” representa el peso histórico que llevo como mujer afrocaribeña.

Es la historia de América y del colonialismo. Primero, empecemos con la esclavitud. Afeitarle el cabello a las mujeres -y hombres- africanos esclavizados, con la excusa de evitar la propagación de piojos después de la travesía del Atlántico, era también una jugada estratégica, ya que implicaba la pérdida de la identidad tribal. Trasquilados, nuestros ancestros africanos fueron convertidos en esclavos. Para las mujeres africanas esclavizadas, la violación era un recordatorio constante del desequilibrio de poder racial y de género en las colonias. Incongruentemente, los niños de raza mixta, consecuencia de estas violaciones, tenían características que atraían a la sociedad blanca. El pelo largo rizado negro/marrón era una de estas.

En el orden jerárquico de las plantaciones, estos niños de raza mixta eran afortunados. Ellos recibían el trabajo menos extenuante, algo de escolaridad y, si las dudas morales atormentaban a sus progenitores blancos, tenían la posibilidad de ser libres. La era de la postesclavitud dio lugar a una clase social de raza mixta sujeta a sus privilegios por los hilos de la complicada identidad de su cabello. El cabello se convirtió así en una marca social registrada, en la medida que el “cabello afro” se asociaba con la esclavitud.

Avancemos rápidamente unos siglos. A principios del siglo XX, la entrada de las mujeres afrodescendientes a la fuerza de trabajo formal fue una  pelea ganada con mucho esfuerzo en la mayoría de los países, debido a su raza y  su sexo y, en algunos casos, a su identidad nacional. El cabello pasó a ser una estrategia de trabajo, dado que las mujeres afrodescendientes con pelo liso -natural o alisado mediante tratamientos químicos- eran menos amenazantes para los empleadores blancos. Para los afrodescendientes, los derechos civiles de los años 60 y 70 dieron lugar a la libertad, y el peinado natural se convirtió en una declaración política. El afro representaba la identidad negra, una autodefinición fuera del ideal de belleza determinado por la sociedad en grande. Para esta, el afro, y el resto de los peinados naturales, continuó siendo asociado con disturbios cívicos.  Durante la era de los derechos civiles, ante racismo arraigado y público, dentro y fuera del lugar de trabajo, las mujeres afrodescendientes se 
vieron presionadas una vez más a alisarse el pelo. 

El comienzo del siglo XXI vio un resurgimiento del “cabello afro” como un símbolo de identidad, incluso en lugares donde las identidades raciales eran complejas. Este empoderamiento capilar ha obtenido una reacción violenta por parte de la sociedad en general, traducida en una continua discriminación y microagresión en el lugar de trabajo. Un estudio llevado a cabo por el Perception Institute confirmó que existe un sesgo explícito contra el cabello con textura de las mujeres negras. El informe indica que “es clasificado como menos hermoso, menos atractivo/sensual y menos profesional que el pelo liso”. Ciertos peinados a menudo son vistos como poco profesionales, sucios y descuidados, y muchas mujeres y niñas afrodescendientes han sido castigadas o despedidas de sus trabajos por llevar su pelo natural.

El 25 de julio, Día Internacional de la Mujer Afrolatina, Afrocaribeña y de la Diáspora, esperamos con anticipación el día en que nuestros peinados no serán utilizados como una justificación para discriminar a los afrodescendientes, tanto en el ámbito político como en el lugar de trabajo. Mi “cabello afro” es una expresión de mí misma y la historia de mi pasado. Este comunica nuestra diversidad a medida que seguimos luchando por nuestra inclusión en los espacios políticos, sociales y de trabajo. Es la historia de nuestra resiliencia, autoaceptación, identidad. Y esto, por sí mismo, es motivo de celebración.

Este artículo fue publicado por primera vez en el blog Hablemos de igualdad del BID.
* Ciudadana de los Estados Unidos y nativa de Haití. Actualmente trabaja en la División de Género y Diversidad del Banco  Interamericano de Desarrollo.