•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Era un mes de mayo de 1978, en el Distrito Federal, México, me disponía a tomar el metro en la avenida Insurgentes Sur, de pronto al interior de la estación, escucho la canción “Alfonsina y el Mar” una zamba  interpretada por  Mercedes Sosa, en homenaje a la poeta argentina Alfonsina Storni, que se internó lentamente en el mar. 

Me acerco lentamente al escenario público, para escuchar a viva voz: “Por la blanda arena que lame el mar/ su pequeña huella no vuelve más/. Un sendero solo de pena y silencio/ llegó hasta el agua profunda/. Un sendero solo de penas mudas/ llegó hasta la espuma.”

Un sentimiento de soledad invade mi espíritu  con una fuerza que  se apropia de mi estado ausente y en cuestión de segundos me traslado imaginariamente a la tierra  de páramos, de frío y nieves que esconden la pureza del corazón de una madre. Al terminar la canción me acerqué tembloroso a la enigmática “india tucumana” argentina, para expresarle que en un pueblo de la región andina ecuatoriana vive una madre noble de corazón y sencilla de sentimientos, que se llama “Alfonsina y el Páramo”.

Una mujer valiente, de pensamiento de avanzada, dispuesta apoyar las causas justas y acompañarme espiritualmente durante el proceso de la Revolución Popular Sandinista, en la década de  los años 80, del siglo pasado.

En la pequeña imprenta tipográfica, con chibaletes para colocar las letras y una superficie inclinada para trabajar, apenas daba mis primeros pasos, contemplé a mi madre Alfonsina, en un mundo rodeado de  plomo tinta, rodillo y papeles conocido como el arte de la tipografía, en donde el laureado periodista Alfonso María Arce Vázquez, sacaba a luz  con esfuerzo y sacrificio, el periódico El carácter.

Mi madre Alfonsina se convirtió en el brazo derecho de mi abuelo Alfonso,  luego de un arduo  trabajo diario  en la modesta planta impresa  que se le ponía en marcha a mano, los sábados por la tarde eran los momentos más graficantes,  el periódico impreso listo para la venta en la feria del día domingo.

La primera mujer tipógrafa de Cañar y  Azuay, de sus manos y de sus labios aprendimos el arte de  la tipografía y en mi caso personal, el periodismo me entró por la sangre. Queda para la historia de Cañar-Ecuador, el recuerdo de una mujer valiente y madre ejemplar.

Que en este momento de dolor, el recuerdo de nuestra madre nos acompañe con su ternura y bondad. Estamos seguros que su partida fue un viaje maravilloso, llevando lo que más amó, sus hijos, en este mundo terrenal. Y nos seguirá  alumbrando desde alguna estrella.

Uno nunca está preparado para enfrentar esta dura realidad, ni las heridas que sangran intensamente en los más profundo de nuestro ser podrán cicatrizar esta pena que late y penetra hasta lo más ínfimo de nuestro ser. Dicen que el tiempo ni borra, ni ayuda a olvidar, aviva los recuerdos, el dolor de la ausencia, es duro.

Nuestra querida madre,  “Alfonsina y el Páramo”,  duerme ya su sueño infinito, estoy caminando, decías, y es verdad, llegaste a tu meta el lunes 30 de julio de 2018 (a la edad de 98 años 7 meses),  una mañana fría, clara y serena que soplaba un viento fuerte que te elevó a las alturas de la dimensión eterna y misteriosa. 

Ya descansas de los dolores, de tu cuerpo herido por el dardo de tus tantas enfermedades. Guardamos en nuestra mente tus dulces recuerdos llenos de bondad y ternura. Gracias mamá Alfonsina por haber sido tan buena y cariñosa. Estamos seguros que nuestra madre nunca se va de nuestro lado, apenas toma distancia para mirarnos con mejor perspectiva. Ella ya regresó al útero de la madre tierra, para cobijarnos con su manto.  

En nombre de la familia Muñoz Arce, quiero agradecer a los amigos y familiares que nos acompañaron en esos momentos de dolor, también a quienes se dignaron enviarnos mensajes de solidaridad de los diferentes rincones del país, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, Costa Rica, Estados Unidos, España, Chile, México. Gracias, infinitas gracias.