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Nicolás Maduro está tomando algunas medidas para intentar revertir la destrucción económica que le ha causado a Venezuela. Siendo el país con las mayores reservas petroleras del orbe, el pueblo vive angustiado, haciendo filas, protestando y en la miseria.   

El dictador venezolano permitió que el mecanismo cambiario libre ya no sea ilegal. ¿Qué está pretendiendo? sin dudas, Maduro no halla como levantar la economía ruinosa por el mal manejo, ignorancia e irresponsabilidad administrativa. Él sabe que debe hacer reformas de mercado. Y ello solo podrán hacerlo bien los empresarios capitalistas, a quienes echó del país o les ha arrinconado y minimizado. 

Mi punto: los gobiernos neosocialistas son la antítesis de la felicidad y las libertades. Quieren manejar un Estado con mentalidad cuartelaria, no libertaria. Se centran en dos tareas: acallar o aniquilar a los que no piensan como ellos, tildándolos de enemigos del pueblo y tomar el poder total para construir dictaduras sangrientas.

Pero al llegar al punto del colapso económico, quieren enmendar el sistema haciendo pequeñas y tardías reformas. Saben que falta más. Pero no se atreven a cambiarlo todo. Sienten horror si pierden el control del poder que les obsesiona. 

Según el FMI, dos cifras en Venezuela son pasmosas: la inflación es del 13,864% y la tasa de desempleo formal es la más alta de América del Sur:  33.3%. Ello obliga a todo el pueblo a demandar un cambio de régimen en la patria de Bolívar.

Sin dudas, se necesitarían otras profundas medidas estructurales para corregir el rumbo que lleva Venezuela. Y también, para pluralizar el poder político, despartidizar al Estado y darle espacio a todo el espectro de fuerzas ideológicas. 

Obviamente, las dramáticas cifras económicas son inducidas. Son producto del mal manejo económico y financiero del país. Odian tanto al mercado que olvidan que este es un eje paralelo vinculado dinámicamente al eje del régimen político, siendo la libertad el punto de convergencia. 

Pero el peor pecado no es ese, sino el estrangular al sector privado, que entre otras funciones crea empleos y produce la riqueza que se distribuye entre todos los que trabajan: vía salarios, impuestos o transacciones comerciales. 

Y además de ser los socialistas proclives a la adicción dictatorial, son confesos perseguidores de las clases sociales altas. Las ven con desprecio; les reprochan todos los males y pecados sociales y económicos.

Si les achacan a las gentes acaudaladas de ver con desdén a los de abajo, ¿no es igualmente dañino tildar y etiquetar a los de arriba para estigmatizarlos? Entonces, ello nos dice que estos complejos o prejuicios funcionan en dos vías.  

Ya son 18 años de pésima administración chavista-madurista.  Venezuela antes de Chávez era un país próspero, rico, pujante, libre. Hoy es una nación asfixiada. Un régimen descompuesto.

¿Hay una relación directa entre libertad y progreso? 

Hasta hace unas décadas era absoluta y directa la relación entre esas variables. Pero China Continental y luego Vietnam hicieron reformas estructurales de mercado, para revertir el camino marxista-leninista de destrucción de todo el aparato productivo, que debería estar en manos de emprendedores capitalistas. Solo el sector privado genera riquezas. Y hoy Venezuela necesita libertades para hacer florecer y expandir el espíritu creativo de toda una sociedad inteligente, pero apresada.

Maduro ya conoce la verdad. Pero, únicamente, ha implantado una medida. Faltan muchas más. Necesita estimular a un sector privado acorralado, en desbandada, huidizo. Además que la libertad también anima a los ciudadanos a ejercer derechos políticos y sociales.

Díaz-Canell, en Cuba, a regañadientes, ha continuado empujando algunas reformas de mercado. Las ha hecho más, por vergüenza a seguir hundido en el fracaso, que por saber que son las correctas. Sabe que no llegará muy lejos mientras su pueblo ve con envidia como otros países prósperos fabrican simples jeans, que para los empobrecidos cubanos parecen una prenda lujosa.      

Venezuela ha sido más tardía en seguir los pasos de la rectificación. Tristemente, los países vecinos prosperan mientras ellos sobreviven: haciendo filas, odiándose entre sí. Unos tiranizan con fanatismo; otros se rebelan con dignidad, justeza y razón. 

Don Nicolás debe cambiar el rumbo. Pero teme, que si toma todas las medidas económicas correctas o hace reformas políticas democráticas, admitiría haber engañado y se arriesga a que las libertades concedidas al pueblo se reviertan contra él.

A Maduro no le importa la bonanza económica, la felicidad de su pueblo o las libertades ciudadanas. Tampoco toleraría controles, cuestionamientos, frenos, contrapesos, críticas, oposición, prensa libre. Él solo desea ser el Rey-obrero del régimen proletario.