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En Venezuela, se prevé que la inflación llegará a ser de un millón por ciento. En Nicaragua, el Gobierno dispara a manifestantes en las calles. Pero hay buenas noticias que son pasadas por alto en América Latina. Colombia, un país que llegó a verse asolado por la violencia, acaba de tener la elección más pacífica y democrática de su historia.

La elección en junio que consagró a Iván Duque como nuevo presidente de Colombia fue la primera desde la firma de un acuerdo de paz histórico que puso fin a medio siglo de conflicto armado. Los colombianos asistieron a las urnas en un número récord histórico para elegir a Duque, otorgándole un sólido mandato con el 54% de los votos. Su mensaje fue claro: el pueblo colombiano está preparado para avanzar en la senda trazada por su inspirador próximo presidente.

Esta no es tan solo una buena noticia para el pueblo colombiano. Es también una buena noticia para los Estados Unidos. Nuestro futuro está ligado al de nuestros vecinos en América Latina. Su prosperidad es nuestra prosperidad, y su seguridad es la nuestra. Impedir que las drogas, el crimen organizado y los terroristas crucen nuestras fronteras requiere frenar estas amenazas en su origen. Y eso implica fomentar la libertad, la democracia y el Estado de derecho en América Latina. La elección del presidente electo Duque consuma el surgimiento de Colombia como un firme socio democrático de Estados Unidos en la lucha contra el narcotráfico y la promoción de la seguridad regional.

Podemos contraponer el éxito de la elección colombiana con la debacle que tiene lugar actualmente en un vecino de Colombia, Venezuela, y en la cercana Nicaragua.

Durante la tóxica dictadura de Nicolás Maduro, Venezuela ha caído hasta el estatus de un Estado fallido. Los venezolanos están padeciendo hambre y la elección de mayo, en la cual supuestamente se “reeligió” a Maduro por otros 6 años de mandato, fue reconocida internacionalmente como una farsa. Los principales candidatos opositores no tuvieron otra opción más que boicotear este simulacro electoral. La prensa libre fue silenciada. Y el acceso a alimentos para paliar necesidades urgentes se utilizó con el fin de manipular a los votantes.

El pueblo venezolano ya no tiene un gobierno. Son víctimas involuntarias de un narcoestado criminal. El colapso de Venezuela ha provocado el éxodo masivo de su población. Miles de venezolanos huyen de su país cada día. La Organización Internacional para las Migraciones calcula que más de 2.3 millones de venezolanos se han ido de su país, y la mitad de estos se han instalado en Colombia.

Nicaragua no ha llegado tan lejos como Venezuela, pero durante el mandato cada vez más violento y autoritario de Daniel Ortega ha empezado un vertiginoso deterioro. El Gobierno y sus matones parapoliciales han sumido en un clima de terror al pueblo nicaragüense. Usan la fuerza letal contra manifestantes pacíficos, perpetran ejecuciones extrajudiciales y detienen y torturan a opositores políticos y a quienes promueven reformas democráticas. Más de 300 personas han sido asesinadas desde que empezaron las protestas pacíficas en abril.

La pobreza, corrupción y violencia son un desafío para todos los países de América Latina. La diferencia es cómo los Gobiernos abordan, o si efectivamente lo hacen, estos problemas.

Colombia se pliega progresivamente al modelo de la libertad. En Colombia hay democracia, crecimiento económico y respeto por los derechos humanos. El modelo de la libertad es el futuro, tanto en América como a nivel mundial. Genera sociedades estables, y por cierto buenos socios estratégicos para Estados Unidos.

En los próximos días, viajaré a Colombia con ocasión de la ceremonia de investidura del presidente electo Duque y podré ver en primera persona cómo los colombianos están promoviendo los valores democráticos y lidiando con la inestabilidad ocasionada por el colapso de Venezuela y la persistente epidemia de las drogas.

Me desplazaré hasta la frontera entre Colombia y Venezuela para ver en directo cómo la región se ve afectada por la migración masiva.

También podré ver personalmente cómo podemos cooperar con Colombia de manera incluso más cercana para reducir el narcotráfico hacia Estados Unidos.

El presidente Trump ha establecido a la prevención del abuso de sustancias y la lucha contra el narcotráfico como una prioridad del Gobierno. Pese a los avances democráticos logrados, Colombia ha experimentado un súbito aumento de la producción de cocaína en los últimos años. Dialogaré con el presidente electo Duque y otros funcionarios para analizar qué podemos hacer con el fin de revertir esta tendencia.

Trabajando con la policía y las fuerzas militares colombianas, los Estados Unidos contribuyó a que se lograran confiscaciones récord de cocaína en 2017, mientras que las fuerzas colombianas erradicaron más de 125,000 acres de coca el año pasado. Pero queda mucho más por hacer para conseguir el objetivo establecido por nuestros dos países de reducir a la mitad el cultivo de coca y la producción de cocaína en Colombia.

Colombia es un socio estratégico vital de Estados Unidos. El éxito de su modelo de libertad es un ejemplo para la región. Esperamos trabajar con el presidente electo Duque para ampliar nuestra alianza en materia de seguridad regional, combatir el narcotráfico, proteger los derechos humanos, promover el comercio y fomentar el Estado de derecho.

Estados Unidos apoya en forma inequívoca al pueblo de Venezuela y al de Nicaragua frente a sus Gobiernos corruptos. Colombia representa un modelo para sus aspiraciones democráticas. Ansiamos trabajar con el nuevo Gobierno en Bogotá para lograr que el modelo de la libertad perdure para toda América.

*La embajadora Nikki Haley es la representante permanente de los estados unidos ante las Naciones Unidas e integra el gabinete de gobierno del presidente Trump. Ella escribió este artículo para el Miami Herald.

Publicado originalmente en el Miami Herald el 4 de agosto de 2018 

Esta traducción se proporciona como una cortesía y únicamente debe considerarse fidedigna la fuente original en inglés.