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La mayor esperanza de las ciudades asentadas en las profundidades de los cerros es que un día acaben sepultadas por enormes deslaves simultáneos, y que se les venga encima la orogenia completa de montañas descombradas, mesetas y colinas, en lluvia de piedras y peñascos, o diques y acantilados aplastantes. Matagalpa, Jinotega, Somoto, Ocotal... han profanado la serenidad de los campos y collados, transgrediendo las reglas de la naturaleza y ofendiendo hasta lo sumo las bondades de la Tierra.

Los antiguos egipcios, persas, indios, chinos y las grandes ciudades europeas o americanas, siempre han respetado en su desarrollo urbanístico, la distancia y curso original de los ríos, en cuyas riberas fundaron y refundaron a través de los siglos, las grandes civilizaciones. Afluentes naturales, como el Sena, el Rhein, Ebro, Nilo, o Ganges... son todavía una evidencia de lo sagrado que representa un río y de la consideración que se le debe hasta lo más sublime.

Pero la visita al Centro y Norte de Nicaragua no puede ser más que desoladora al ver un número indeterminado de casas empinadas en laderas desforestadas y susceptibles de erosión. Nuevos barrios y asentamientos se han expandido desordenadamente desde el fondo de un cono en que se encuentra “La Perla del Septentrión”, que ya de preciosa no tiene nada y que más bien causa pavor al nacional o extranjero que busca laborar o solazarse entre sus ahora, penosos paisajes.

Asombra el desconcierto de casuchas y letrinas encaramadas en los cerros de gente que aumenta los índices de pobreza, desnutrición, analfabetismo y mendicidad. ¿Qué hacemos con tantos niños famélicos o mujeres amamantando sus críos, que bajan al parque central a pedir un penique junto a parias, vagos, toxicómanos y ancianos? Y esa grave situación en la que conviven los ricos y pobres, propietarios de grandes negocios y empresarios, curas y reverendos... parece tan normal como en cualquier otra ciudad nicaragüense.

El ser humano es el primer enemigo que hay que detener y acorralar evitando al máximo la proliferación de sus vectores. De nada sirve tener ciudadanos honorables como Eddy Kühl o Sergio Simpson si no son los primeros en tomar medidas urgentes y darle cuentas al pueblo del asesinato de los ríos y campos, cometido gracias a las pésimas administraciones públicas que no han sido capaces de advertir siquiera las magnitudes de un desastre ecológico de consecuencias fácilmente previsibles. El río Grande de Matagalpa pareciera revivir en el mes de octubre, durante las intensas precipitaciones de invierno que limpian todo tipo de inmundicias, pero sólo de manera temporal, porque luego vuelve a convertirse en un cauce de piedras y guijarros que relumbra tortuoso en medio de la aridez de un litoral escarpado.

Un diluvio que desborde por completo el río para formar deltas, riadas o extensas ensenadas en medio de los cordones de miseria que lo asfixian, también podría ser una válida aspiración nacida por la aptitud indignante de las autoridades oficiales, ya que la comuna no para de repartir las áreas verdes y terrenos ejidales a grandes proyectos habitacionales de quintas y tugurios que ensombrecen los líricos momentos de escape.

El hilo glauco en que se ha convertido el Río Grande de Matagalpa, podría abrirse paso nuevamente (sin los odiosos suburbios y arrabales precaristas que han arrasado lomas y laderas boscosas) con ese alud de enormes proporciones, seguido de una regeneración del bosque que haga florecer su entorno original.

Si se lograran ampliar las pocas hectáreas que conforman la reserva del cerro Apante mediante un nuevo decreto que no sólo regule y controle la función de Guardabosques, sino también la proliferación y avance desproporcionado de la población, aun así no se haría más que prolongar la larga agonía del río. Y tal responsabilidad recae sobre ediles apoltronados en sus despachos, igual que el gobierno central con sus eminentes científicos reducidos al “aporte de ideas” para la defensa del medio ambiente, pero sin las leyes adecuadas que detengan el aumento incontrolable de los depredadores de la flora y fauna.

Las calles y avenidas de Matagalpa apestan igual que las de cualquier otra ciudad de alcantarillas atascadas, con sus cunetas saturadas de aguas negras y basura... debido a un sistema pluvial, pilas sépticas y drenaje insuficiente que al final desemboca en las fuentes de agua. Y la gente, muy campante se pasea por los andenes y parques, cruzando los numerosos puentes y cauces que fueron riachos y quebradas, muy cerca del cadáver del río, sin molestarse, ni darse cuenta del turbio paisaje que los rodea, quizá porque también ellos son habitantes de una ciudad muerta que ha perdido su gracia, emoción y atractivo turístico.

mowhe1ni@yahoo.es