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Potenciar las habilidades es esencial para unirse a la lista de los países más ricos. Según coinciden la mayoría de los economistas, una mejora en la educación y las habilidades genera la innovación y productividad que ayudan a los países a pasar de un nivel de ingresos medio a un nivel de ingresos alto como el que disfrutan Estados Unidos y los países más ricos de Europa y Asia.

De hecho, junto con el Estado de Derecho y el buen funcionamiento de los mercados, un gran número de economistas considera las habilidades —a las que denominan “capital humano”— como uno de los tres mejores catalizadores del desarrollo económico.

Pero los votantes en los países en desarrollo no necesariamente piensan como los economistas. Especialmente cuando son pobres, los votantes en esos países tienden a valorar el gasto público en función de salarios más altos y programas de bienestar social por encima de la inversión en educación y habilidades. Y aunque los políticos escuchan a los economistas, tienden a escuchar más a los votantes que los eligen y los mantienen en sus cargos.

Una reciente encuesta revela la presión a la que están sometidos los políticos en este sentido. El Latinobarómetro, una muy respetada encuesta de opinión pública anual, pide a los ciudadanos de 18 países de América Latina que elijan los más importantes de 11 factores que puedan impactar el desarrollo de su país. Según la versión 2017 de la encuesta, publicada el otoño pasado, la opción escogida por el mayor porcentaje de encuestados (48%) fue inclusión social y pobreza, en otras palabras, distribución de la riqueza.

El capital humano, por su parte, alcanzó el noveno puesto, cerca de la parte inferior de prioridades (27%), justo delante de integración con otros países (25%) e innovación (23%).

La presión electoral para dar prioridad a las transferencias gubernamentales en detrimento del capital humano puede crear un problema para América Latina y el Caribe. La región gasta en promedio 3 puntos porcentuales más de su PIB en educación que hace 25 años.

Muchos países —aunque no todos —están gastando el mismo porcentaje de su PIB en educación que los países de ingresos altos. Pero el crecimiento de las transferencias sociales, como aquellas relacionadas con los salarios del sector público y los programas de bienestar social, ha aumentado mucho más rápido.

Esto significa que el gasto se dedica más a las necesidades a corto plazo que a las inversiones públicas a largo plazo; más al consumo básico que a las inversiones en habilidades que generan un mayor crecimiento económico y mejores estándares de vida para el futuro.

Estas tendencias pueden explicarse, al menos en parte, por los incentivos electorales que llevan a los políticos a promover políticas que, como en el viejo proverbio, entregan el pescado a sus ciudadanos más pobres, en lugar de enseñarles a pescar.

No es que los pobres no le den valor a la educación. Como señala Leonardo Bursztyn de UCLA en un reciente artículo sobre el gasto educativo en Brasil, lo que pasa es que los pobres tienen más necesidades inmediatas de supervivencia; por lo que no se pueden dar el lujo de priorizar el aprendizaje. De ahí que sus preferencias en materia de política gubernamental presenten una “tendencia a corto plazo”.

 No obstante, estas dos prioridades se pueden juntar. Por ejemplo, las transferencias condicionales proporcionan un ingreso mínimo y al mismo tiempo incentivan la asistencia escolar. Pero, como indica Bursztyn, dichas transferencias no resuelven la cuestión de las inversiones que mejoran la calidad de la educación. Y la calidad es el problema más grande en materia de educación en la región, como se destacó en la publicación insignia del BID del 2017 Aprender mejor: Políticas públicas para el desarrollo de habilidades.

¿Qué se puede hacer para cambiar esta dinámica? Muchos países de ingresos medios, incluidos los de América Latina y el Caribe, se han mantenido durante mucho tiempo en lo que los economistas llaman la trampa de los ingresos medios.

Dichos países han logrado transformar la mano de obra de bajos ingresos y la inversión elevada en una mayor capacidad industrial y, gracias a ello, han logrado salir de las listas de los países más pobres. Pero siguen dependiendo de la extracción de recursos y carecen de las habilidades que les permitirían beneficiarse de las últimas tecnologías, innovar y alcanzar niveles de productividad que los llevarían a formar parte de la lista de los países más ricos.

Cambiando las preferencias de los votantes

Mientras tanto, América Latina ha avanzado en otras formas. Ha dado un gran salto para convertirse en la región más democrática y competitiva electoralmente del mundo en vías de desarrollo.

Pero la democracia puede ser un arma de doble filo: las preferencias de los votantes no siempre coinciden con el asesoramiento profesional sobre cómo mejorar los estándares de vida a largo plazo.

En esto reside el reto. Convencer a los votantes sobre la imperiosa necesidad de invertir más en capital humano, por ejemplo, a través de una educación de calidad que les pueda garantizar un futuro mejor para sí mismos y para las generaciones futuras, puede requerir la participación de líderes con una visión extraordinaria y un eficaz poder de persuasión.

* Economista de investigación senior en el Departamento de Investigación del BID.

Este artículo fue publicado en el blog 

Ideas que cuentan del BID.