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Michelle Bachelet fue electa Alta Comisionada de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Este hecho ha suscitado muchas especulaciones y dudas. Ella fue presidenta de Chile dos veces: (2006-10/14-18). Es, ideológicamente, de izquierda. 

Vivimos en un mundo polarizado. Nada raro.

¿Cómo será su comportamiento al frente de esa organización multilateral -que debe monitorear y pronunciarse- en todos los casos, del progreso o deterioro de los derechos humanos en el mundo?

Mi punto. Para valorar a Madame Bachelet es más importante ver qué hizo y cómo se comportó, que fijarse en sus membresías. Ella es una mujer correcta, de principios. Sabe bien que su reputación debe superar cualquier valoración ideológica. Es de la estirpe de José Mujica, Ricardo Lagos. Indudablemente, será muy criticada. Son inevitables la desconfianza y dudas. Pero sí confío en que su trabajo será muy decente, imparcial, de altura.

El papa Benedicto XVI se refirió a la expresidenta chilena así: “Bachelet es atea y marxista, pero percibí en ella una voluntad ética básica, cercana a lo cristiano”. 

El secretario general de la ONU, António Guterres la ha catalogado como “una mujer pionera, de liderazgo y valores”.       

Todos podemos argumentar que son calificaciones subjetivas y simples. O que son expresiones diplomáticas cajoneras. Pero no es tan así. Aunque pensemos que en los foros diplomáticos se dice mucho, se hace poco; ergo, se deba descreer todo. 

Hay mucho más de cierto en lo que dijeron el pontífice alemán y el diplomático luso.

Veamos otros criterios para valorar su liderazgo político. No solo cuentan sus filiaciones ideológicas o posturas y antecedentes. Cuentan también los valores en los que ha creído durante la vida y su obra gubernamental realizada. Y en ese sentido, la señora Bachelet ha actuado siempre creyendo en lo justo, lo correcto, lo decente. Y en el caso particular de sus años en la Presidencia de su gran país, su actuación giró alrededor de lo que ella creyó era lo óptimo para el interés nacional de Chile -nación de gentes educadas, con buen sentido del bien, el progreso, la tolerancia, la solidaridad-; aunque hubieren tenido antecedentes dictatoriales y traumáticos. 

Los chilenos han sabido poner a la patria por encima de las ideologías divisionistas. Ellos saben que si a Chile le va bien, esté quien estuviere gobernando, no habrá frenos ni pequeños avances, sino -solamente- constantes y grandes progresos.  

Además, hay algo que permea mucho en las izquierdas chilena y uruguaya: no basan su interés solamente en la construcción de un estado socialista, o de aliarse contra gigantes enemigos. No. Ellos creen que la lucha por defender los derechos de los excluidos debe ser integradora, sin avasallamientos, fanatismos ni enfrentamientos a muerte contra nadie (Habrá quien diga: Luis Corvalán no pensaba así). Cierto.

Pero, Michelle Bachelet es factura de otro molde. Ella, a pesar de haber sido víctima de la percusión del régimen de Pinochet, llegó al poder sin buscar venganza. Llegó queriendo ver hacia el futuro (como Mandela). Sabía bien que sus sentimientos le habrían podido causar daños mayores a su país.  

Se dice que Michelle, frecuentemente, veía al militar que había torturado a su padre; solía saludarlo. Ella misma fue encarcelada, torturada, igual que su madre.  

No estoy convencido de que sus sentimientos hacia un torturador hayan sido benévolos; pero sí creo que su actitud cívica hacia los esbirros fueron evidencia palpable de la superioridad de una gran mujer: persona de enorme bagaje moral, de comportamiento ejemplarizante para muchos políticos  latinoamericanos. 

Esa misma conducta la guiará ahora que la expresidenta chilena asumirá un cargo de responsabilidad planetaria. Ahí, su observación, actuación, y palabras serán -muchas veces- duras. Y aunque sepamos dónde se ubica en términos ideológicos, a ella le rige más el sentido de justicia y la búsqueda de la verdad.  

Hay muchos temas globales en materia de derechos humanos que merecen atención urgente: las dictaduras en Corea del Norte, Siria, el mal trato a los rojingas que han huido de Birmania hacia países vecinos; los sirios en la diáspora; el caso latente y supurante palestino; los africanos que entran a Europa por el Mediterráneo; y en nuestro continente: los regímenes cubano, venezolano, y nicaragüense. Este último, ha reavivado la diáspora disidente de pinoleros, convertida en una recurrencia dramática que afecta a toda Mesoamérica.

Estoy seguro que la señora Bachelet actuará con dignidad, decencia, sentido de justicia. Sin dudas, su humanitarismo y sensibilidad son enormes. Pero es mayor su lealtad a los valores éticos, que ella bien sabe, son superiores.