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Vista desde el exterior, el quehacer lexicográfico de Nicaragua es casi desconocido, o de facto “inexistente”. Las obras de referencia y los estudios del español de América lo ignoran. Lo que predomina es el disparate, como el dato suministrado por el Suplemento de la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana (1971-72, p. 777) que no habla bien de esa prestigiada empresa editorial del mundo hispano. “Nicaragua. La lengua oficial es el español, aunque se muestra muy difundido el cibcio (sic)”.

Pasando a fuentes de otras latitudes, el Almanaque mundial de 1994 indica que, además del español, se habla en nuestro país “otros idiomas: inglés, chino, misquito, y una docena de lenguas más”. Semejante imprecisión es insuperable. En cuanto a bibliografías especializadas, resulta imprescindible citar dos: la de Ralph Lee Woodward (1994), en cuyo capítulo “Language” su autor registra nueve obras fundamentales; y la de Humberto López Morales, Secretario General de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Titulada América Central (1999), consta de unas doscientas entradas sobre Nicaragua. Sin embargo, la más completa es la quinta versión, concluida en 2007, de un trabajo del suscrito remontado a treinta años atrás que compila, clasifica, anota y valora más de trescientos aportes lexicográficos, distribuidos en bibliografías, historiografías lingüísticas, volúmenes colectivos, diccionarios, estudios generales, fonología, morfosintaxis, léxico-semántica, sociolingüística y sociología de la lengua, análisis lingüísticos de textos literarios, siglas y acrónimos.

La más rica de las secciones anteriores es la léxico-semántica que se subdivide en artículos, nicaragüensismos, vocabularios especiales, antroponimias, toponimia, gentilicios, lenguas indígenas e indigenismos, extranjerismos, paremiología y fraseología. Pues bien, dentro de los vocabularios especiales figuran los correspondientes a nuestro “escalón”, “escaliche” o lenguaje de los bajos fondos, científicamente investigado por Julián Corrales Munguía a finales de los años 60 en sus “Apuntes para un estudio de la germanía nicaragüense” (1970 y 1972). Aspecto de nuestra lexicografía que tuvo una valiosa aportación en otros “Apuntes sobre el escalón nicaragüense” (1975) de Emilio Álvarez Montalbán.

Pero el primer nicaragüense en asediar la germanía —lengua especial, secreta, reservada a los iniciados— fue Rubén Darío en su ensayo “El idioma del delito” (1894): una amplia reseña del Diccionario lunfardo español de Antonio Dellepiane (1864-1939). En ella anota que en Francia la jerga de los delincuentes recibe el nombre de argot, en Italia gergo, en España brima, caló, jerigonza, germanía, y en Argentina lunfardo. Establece que las “lenguas del delito” en Europa no es otro, al decir del filólogo Fray Martín Sarmiento, que “el errante rebaño de los gitanos” y valora el lunfardo y su vocabulario, rico en voces extranjeras porque Buenos Aires “quizá más que Nueva York —escribía— es la ciudad cosmopolita por excelencia”.

Además, Darío señala un hecho evidente: que los argots se modifican con el tiempo. De ahí la importancia de recogerlos y sistematizarlos, como hizo en 1997 con el lenguaje del pandillero en Nicaragua nuestro especialista en cosas del idioma: el académico Róger Matus Lazo, semanal colaborador de esta página de Opinión de El Nuevo Diario. Yo no fui ajeno a esa investigación, pues animé a su autor para emprenderla, como lo refiere en su introducción. Allí cuenta también que, bañándonos un domingo en los Termales de Tipitapa, le preguntó a un muchacho con el pecho “lacrado” (tatuado) el porqué de sus tatuajes. Tipo realmente extrovertido, nos explicó que los cinco nombres tatuados correspondían a los de sus cinco “arpenes” (hermanos). Yo le informé que Róger estaba escribiendo un libro sobre las pandillas y si quería salir en una fotografía. “Sirilo” (sí) me contestó. Si podría asistir al acto de presentación del libro para que diera su testimonio sobre las “maras” (bandas de los pandilleros). “Corrales” (correcto) respondió. Finalmente, si podía también estar ese día a la par de un policía. “¡Nelson mandela!” (¡no!, ¡nunca!) reaccionó.

El domingo siguiente el joven pandillero llegó a las caldas con seis compañeros. Róger, como para entrar en confianza, lo saludó en su lenguaje. “¡Hola, peluchín!”. Y él, como un compañero de su banda, le contestó: “¡Qué sopa, qué nota, güey!”. Desde entonces, Matus Lazo se entusiasmó más con su investigación, comprendiendo que la “mara” era para ellos su “cantón” (hogar), y a veces el único, descubriendo sus vocablos más comunes: “familia” (armas), “hermana” (pistola), “lengua larga” (machete), “purgante” (puñal), “tunca” (navaja), “territorio” (zona de operaciones), “traidos” (enemigos), “luciérnaga” (fluido eléctrico), “tagmanates” (piedras), “chuzos” (cuchillos) y “teleguampos” (puñetazos).

La vida de esta “manada” (pandilla) —agregó— se desenvuelve en las “tinieblas” (vicio): no falta la “leche” (licor), el “medicamento” (crack), la “aspiradora” (cocaína), los “misiles” (cigarros de marihuana), la “brelia” (pegamento para oler) y los “angeorgis” (cigarrillos). En realidad, a la droga (licor, tabaco, marihuana, pegamento, cocaína y crack) la llaman con casi setenta nombres. He aquí algunos: alacrán, argonlín, agua bendita, aspirina, arco iris, azúcar, bate, bazuco, blanco, cabra, cable, calín, coco, cocol, cocolilla, churrasco, chicha, garrote, maduro con queso, masacuato (de origen salvadoreño), mota, mozote, perica raya, piedra, puro bañado, ron pin pon, sopa de frijoles, vida eterna, vitamina y yon son, por citar otras treinta designaciones.

Sus metas son las de un “braco” (tipo de malas intenciones), “ganar” (robar), “cueros” (carteras), “cedanias” (cadenas de oro), “trombas” (relojes), aterrizar en una “perrera” (fiesta bulliciosa) y no retirarse hasta haberse lucido con una pequeña demostración de sus habilidades: quebrar “medallas” (botellas de licor) y hacer correr la “pitahaya” (sangre) en un salón ya sin “lumbre” (oscuro) y sin “violinistas” (intrusos). Pero su reto más grande es la “humalera” (encuentro con otra pandilla), acontecimiento que estremece a todo un “barrilete”, cuyo nombre adquiere notoriedad, sobre todo por la cualificación de su “machada” (pandilla): “Los Comemuertos”, “Los Monos”, “Los Puenteros”, “Los Pelones”, “Los Salineros”, “Los Tamales”, “Los Villanos”, “Los Praderas”, “Los Chilamates”, “La Calle Ocho”; o la de su “magnate” (jefe): “Chayán”, “La Gaviota”, “El Macho Negro”, etc.

La investigación de Matus Lazo se divide en dos grandes capítulos: “Proceso de la formación de palabras” y “Vocabulario del pandillero”, complementadas con “Algunas expresiones más comunes” y una “Bibliografía”. Entre las expresiones, transcribiré una de las 28. A la pregunta “¿Tenés alguna mujer?”, contestó un pandillero “Coxis no tengo. Me lanzo una minimoto mientras me hallo una rirrí; y si no, pues, por último aunque sea una guacamaya” (Joven bonita no tengo: convivo con una mujer baja y gorda mientras me hallo una mujer; y si no pues, por último aunque sea una prostituta).

Por eso el libro de Róger Matus Lazo mereció el elogio del prologuista Julián Corrales Munguía y el reconocimiento de nuestro Pablo Antonio Cuadra, en una reseña de la revista Lengua: “El estudio de Matus Lazo no sólo es una recolección de palabras, un diccionario —por cierto muy rico— de palabras y expresiones con sus significados, sino todo un tratado del cómo y del porqué de la historia y desarrollo e influencia que caracteriza a esta nueva etapa del escalón nica como es el lenguaje de los pandilleros”. Y añadía PAC: “En mi experiencia de escritor, las germanías, los escaliches o escalones y demás lenguajes de la zona de la delincuencia son como fogonazos defensivos en la oscuridad del delito que duran muy poco, cambiando tanto como cambia el ambiente y las condiciones sociales y económicas donde se realiza el delito, excepto ciertas palabras que por su acierto o carga de expresividad pasan a otras esferas sociales y acaban integrándose al lenguaje popular.” Especialmente al juvenil —puntualizaría Flory Luz Martínez Rivas.

Pese a esta limitación constató que en ese argot de tanta juventud perdida y arrojada al delito y a la cárcel le quedaba “un resplandor para iluminar esa esperanza y es descubrir en la lengua del pandillero un poder que clama libertad: esa tradición de creación de lenguas que comienza con un cacique filósofo produce luego el príncipe de la poesía hispana y teje un libro azul de expresiones maestras en cada generación, invenciones, imaginaciones, creaciones…”. No otra perspectiva es la que podría observarse en dos oraciones de la fe católica, arraigada secularmente en nuestro pueblo, el “Padre Nuestro” y la segunda parte del “Ave María”, en escaliche o jerga pandilleril. Versiones que me comunicó un informante singular: el periodista Calixto Valle Rugada (“Kalulo”), a raíz de la entrevista de prensa que el director de la Real Academia Española, Víctor García de la Concha, ofreció el 15 de abril de este año en la Galería “Pléyades” de Managua.

Dice la última: “Santa Mariquita (Dios te salve María), roquita del colochón (madre de Dios, pero “colochón” remite a Jesús), parla a todos nosotros tus pofis (ruega por nosotros, los pecadores), ahora y en este diámetro (ahora y en la hora) antes que me toque rifarme con la flaca (de nuestra muerte). Epán (Amén).” Por su lado, el “Padre Nuestro” —en su versión más antigua que comienza con “Porfirio”: Dios— dice: “Porfirio de mi Juan, tú que estás arriflanche y vienes para coche, dispáranos el pánfilo de cada diámetro y hace lorenzo con estos lubrias, así como mi melcocha se hace lubria con su sirruconi. No me dejés caer en los testículos de la bisagra. Epán.”
Pero la versión actualizada del Padre Nuestro, que me dictó “Kalulo”, es la siguiente: “Roco nuestro que estás en el Reinaldo de los Celestinos, santificada sea tu nómina, siempre hacé lo que te cuadre a cochi como arriflanchi, pero el pánfilo de cada diámetro, dispáramelo al suave-duro”.

cap99ni@yahoo.com