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Existe una necesidad entre los nicaragüenses de encontrar términos justos para poder vivir juntos como ciudadanos libres e iguales a pesar de nuestras discrepancias políticas, éticas y morales, sin embargo, la intolerancia de ideas y principios ha sido una barrera que desde hace muchos años y agravada en los últimos meses nos ha llevado a los límites de la indecencia, la inmoralidad y la deshumanidad; cientos de hermanos presos, torturados unos  y asesinados otros, vecinos enfrentados, familias divididas, amigos separados. 

La intolerancia ha sido el denominador común de gobiernos autoritarios, enemigos del análisis, del espíritu crítico, del debate de ideas, del consenso. Estos gobiernos no solo causan el conflicto, sino que lo alimentan, lo atizan fomentando  la polarización y así el ciudadano intolerante poco a poco va envenenando su propia alma y la de los demás.    

El intolerante no escucha, no dialoga, frena la convivencia social sobre todo cuando su poder que cree adquirido para siempre lo ve amenazado, hace que todas las personas a su alrededor pierdan su identidad transformándolas en seres sin calor y sin pensamiento, satélites hilados y tejidos a su imagen y semejanza, y a sus adversarios los frena cualquier oportunidad de desarrollo humano e intelectual. 

La historia de los pueblos es el eco de sus dolores, esperanzas y quebrantos. El intolerante duele, nos causa dolor. El grito de parto de un hijo que pudo haber nacido y no nació porque la intolerancia lo reventó en el vientre de su joven madre, golpe a golpe, aturde nuestros oídos. ¿Será posible que puedan destruirnos por el dolor y el miedo? 

Persecución, represión, encarcelamiento, es la tríada mortal, hija de la intolerancia. Los conflictos sociales no se resuelven afilando guillotinas. Los humanos somos seres racionales, dialogantes, la descalificación, el desprecio, la deshumanización de la persona a la cual consideramos contraria no tiene cabida en una sociedad civilizada que ya conoce el rostro cruel de la muerte, la tortura,  la desaparición forzada y el destierro.  

‟“Jedem das seine”, a cada quien lo que se merece, pude leer en el portón infame de la entrada al campo de exterminio nazi de Buchenwald donde miles de judíos no tolerados e incomprendidos fueron llevados a los hornos. Allí se conservan las palabras forjadas con sangre inocente derramada por aquellos que se consideraban únicos dueños de la verdad y de la Alemania nazi.  Son las mismas palabras manipuladas con atrocidad indecible, el mismo horror, las mismas personas, pero en diferente lengua: plomo, plomo, plomo.    

Escuelas con pupitres y profesores ausentes, hospitales con pacientes sin el médico que un día fue, universidades con maestros, pero sin alumnos. Algo está mal. Negarse a ver esta realidad es negar el humanismo de su propio ser.  Dentro de la consciencia de cada uno de nosotros debe sonar la voz de alarma que como aldabazos nos golpee el corazón para que la ponzoñosa hidra de muchas cabezas; la intolerancia, no se yerga destructivamente sobre nuestra sociedad, ya de por sí fisurada y con riesgo de derrumbe. 

Los países necesitan ser gobernados por verdaderos hombres conductores de pueblos, donde el sectarismo, el divisionismo, la separabilidad no tengan cabida, donde todos seamos vistos como goznes de un mismo eslabón, con capacidad cada uno  de gobernar y para dejarse  gobernar. Queremos gobiernos que no nos sindiquen en buenos y malos, en blancos y negros, la hierba mala que nos divide en elegidos y réprobos debe ser extirpada desde la raíz. Nuestra sociedad no puede estar fragmentada, nuestra casa no puede estar dividida. 

Debemos seguir trabajando para crear sociedades más tolerantes, con valores definidos de acuerdo a nuestra fe cristiana, haciendo de la justicia, la caridad y la misericordia los pilares fundamentales que nos sustenten y nos guíen para poder cultivar democracia, libertad y respeto a derechos humanos. Debemos educarnos en la paz y en la tolerancia para obligarnos a buscar espacios de diálogo civilizado entre posiciones diversas, pero en busca de un acuerdo común, quizás así encontremos un arca de Noé que nos salve colectivamente. 

En Buchenwald se desvirtuaron las palabras de Ulpiano, “Suum cuique tribuere”, a cada quien lo que se merece, pero los manipuladores de la palabra deliberadamente ocultaron lo que el jurisconsulto romano definía como justicia y que debe ser parte de nuestra vida; “Honeste vivere y alterum non laedere”, vivir rectamente y no dañar a otros. Así se salvarían muchas vidas. 

* El autor es médico.
dr_amaya2006@hotmail.com