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Si yo no tuviera cerca sus ojos cuando tengo miedo. Si yo no supiera que puedo llamarle si estoy confuso, o si sólo quiero escuchar su voz. Ella es imprescindible para mí. Como lo son los tres o cuatro amigos que sabes que siempre, sin pensar dos veces, estarán ahí, simplemente porque desde pequeños jugasteis juntos o descubristeis el mundo juntos. Es la extraña e irracional fidelidad de los amigos o de la familia. Pero también están personas como Leonel, cuya lucha contra el cáncer me es imprescindible para recordarme que su lucha es la manera más digna de vivir, y hasta le quedan fuerzas para denunciar las pésimas condiciones de los hospitales de Managua todavía; y también Rosa, que cuando podría estar tranquilamente retirada, se desvive por llevar una biblioteca a los Laureles Sur y poner escuela donde no había; y también la Blanca, sin cuyas palabras estaríamos muchos desconectados del corazón; y también la Flor que en Colombia ha dejado de recibir salarios del gobierno para seguir ayudando con libertad a los desplazados y sin que nadie le diga a quién debe ayudar o a quién no; y la Marisa, que está en medio de una depresión, con una esperanza en volver a ser la adolescente de mayor energía que he visto en mi vida; su esperanza me es imprescindible; o como la Elbita que ella sola levanta las flores moribundas de su patio y lleva a cuestas muchas vidas; o como el Arnaldo que no ha dejado de estar cerca de las muchachas que están en los bordes de la noche; o como algunos amigos lectores de esta columna, que de vez en cuando comparten el recuerdo de algo, el escalofrío de algo; sus palabras también son imprescindibles; o como tantos otros que se han vuelto tan importantes que ya casi no podría vivir sin ellos, aunque ésta sea una frase muy exagerada.

Hablando de exageraciones, durante muchas noches, antes de dormirme, escuchaba la sintonía del programa del Chele Grigsby, “Sin Fronteras”, y esa frase tan categórica y tremenda que se atribuye a Bertol Brecht, en la que se dice: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”.

Y hoy quería hablar de eso, de las mujeres y hombres imprescindibles que he conocido en los últimos tiempos. Pero hay un problema. El problema no es cuando le decimos a alguien: “¿Sabés qué? Vos sos imprescindible para mí”. El problema es que ese alguien, aunque sea uno mismo se lo acabe creyendo. Y cuando esto ocurre en las instancias del poder de la democracia, se vuelve muy peligroso.

Estos “imprescindibles” llegan al poder gracias a lo que califican como “el juego democrático”, pero ese juego no les gusta, lo consideran un invento burgués, como si las revoluciones no lo hubieran sido, en sus inicios, aunque apoyadas después por un pueblo hastiado. Dicen que es un invento del capitalismo y que se gasta mucha plata en campañas, pero ellos no reparan en gastos de publicidad de sus actividades ni en el culto a su propia persona sin la menor vergüenza en utilizar elementos como los religiosos o granjearse a lo más podrido de las autoridades eclesiales en ello. Los “imprescindibles” de la Iglesia son otro tema aparte. En la política hay quienes piensan que si ellos faltan, o se ausentan del máximo liderazgo, deviene un cataclismo, y no se llevarán a cabo las acciones planeadas. No dejan paso a ideas nuevas, gente joven, nueva gente, y nuevos cambios dentro de los objetivos de justicia.

Estos “imprescindibles” no confían en el propio pueblo que los elige y por eso buscan todas las maneras posibles de perpetuarse en el poder; ni tampoco confían en la gente que les rodea, por eso apartan de sí a los más críticos y sólo mantienen un grupúsculo de incondicionales con los que siempre será mucho más fácil taparse los ojos y los oídos y seguir adelante. En los países donde el mandato de un presidente está limitado a dos legislaturas se hace porque todos sabemos que el poder acaba por corromper, a nivel económico, psicológico o a tantos niveles como inclinaciones o debilidades tiene un hombre o una mujer. De lo contrario, díganme uno solo de los líderes que se hayan instalado en el gobierno de un país o una institución durante décadas y que no haya terminado corrompiéndose en alguno de los aspectos que mencioné. Que no haya terminado traicionándose a sí mismos y a la gente que confió en ellos. Ahora, si en Nicaragua, Bolivia o Venezuela, se sortean las reformas constitucionales para que no se limiten los mandatos, es el pueblo el que decidirá si quiere seguir teniendo el liderazgo de quien esté en ese momento, aunque sea sordo, ciego o mudo. Es la gente, todos nosotros los que al final decidimos si sí o si no. No hay que hacer escándalo.

La democracia, es cierto, es engañosa. Una farsa que el pueblo sólo decida cada cuatro o cinco años sus líderes. Una farsa que, también, se puede mejorar en busca de una auténtica de la participación de la sociedad, independiente de la estructura de los partidos. Sin embargo, el sistema democrático fortalece o se vuelca únicamente en los partidos, no en la mejora de las mecánicas de participación de todos. El pueblo no es el presidente, y el pueblo lo sabe, porque hasta la participación de la sociedad se quiere instrumentalizar desde los partidos.

Para finalizar, un secreto. De las mujeres y hombres realmente imprescindibles para mí de los que les hablé al principio, he aprendido una verdad aún más verdadera que la frase de Bertol Bretch en Sin Fronteras. Que ellos y ellas, al final delegan en otras personas, que saben que sus luchas pasarán a otras manos, porque precisamente no se creen imprescindibles. Porque no lo somos, porque pasamos, porque nos vamos y porque hay que saber despedirse de algunas cosas. Y a nadie le gusta poner el corazón a descubierto para decir adiós
franciscosancho@hotmail.com