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La Primera Guerra Mundial estalló el 28 de junio de 1914. Y cuando el mundo horrorizado se cubría de sangre y de muerte con tres años de estúpida guerra, en Fátima, un pueblecito enclavado en el corazón de Portugal, ocurría uno de los acontecimientos religiosos más impresionantes en la historia de la Europa cristiana: María, la Madre de Dios, se le aparecía a tres humildes pastorcitos de apenas diez años, la mayor (Lucía), nueve el segundo (Francisco) y siete la menor (Jacinta). Era la primavera de 1917, un domingo 13 de mayo.

La Madre de Dios, en ese escenario convulso y avasallante, se presentó –como lo hizo hace 400 años (1531) al indito Juan Diego, en el Tepeyac, México, o a la humilde niña de 14 años en Lourdes, Francia en 1858, y otras apariciones- con un mensaje salvador que se repite por lo urgente y necesario: oración, conversión, fe, ayuno y paz.

¿Y cuál es el escenario social en el mundo que la Virgen Santísima se encontraría si apareciese en estos tiempos modernos? Un clima moral que declina dramáticamente: casi dos millones de abortos legales se realizan anualmente en los Estados Unidos, y más de cincuenta millones de abortos cada año en el mundo. Mientras unos cuantos se dan el lujo de escoger el mejor colegio para estudiar, casi mil millones de personas en el mundo no han tenido acceso a la lectura y a la escritura. En África, miles de niños y ancianos mueren de hambre y de inanición en las calles de las ciudades y en las zonas rurales, pero en los países desarrollados miles se enferman y mueren de una comida en exceso. Centenares de miles tienen ingresos para vivir con lujo, pero centenares de millones gritan en las calles o sufren en silencio esperando un trabajo.

La mitad de la humanidad padece hambre o está mal alimentada y una quinta parte de la población mundial de 6,100 millones, sobrevive con menos de un dólar al día.

La segunda guerra mundial causó 45 millones de muertos; pero ese número queda corto ante el número de personas que mueren cada año en el mundo a consecuencia del hambre. Y no sólo eso: según la Unicef, más de cinco millones de niños mueren de hambre al año. Ahorita, durante los sesenta minutos que usted tardó en desayunar y llegar a su trabajo, murieron por la misma causa más de 300 niños; y en el minuto que se tomó para comprar el periódico, ya murieron 10 niños, porque no hubo comida para ellos.

Discriminación, desempleo, violación de los derechos, pobreza, marginación y orfandad. Un escenario que nos avergüenza como seres humanos, hijos de Dios.

Este 13 de mayo, como el año pasado y los otros años anteriores, vamos a manifestar nuestra fe y devoción a la Virgen de Fátima. ¡A vivir su mensaje transformador de nuestra vida! Pero, ¿cuántas veces vamos a la Casa de Dios y salimos de ella como si nada ocurriera? ¿Cuántas veces hemos proclamado la Palabra de Dios, pero no hemos sido capaces de vivir sus enseñanzas? Tal vez rezamos todos los días – a veces a cada momento- , pero nuestra oración no llega hasta el Cielo, porque rezamos por hábito o porque la oración se ha convertido en un simple escape de nuestras aflicciones, sin asumir siquiera un verdadero propósito de enmienda.

Vivimos, a veces, en un mundo de palabras vanas: la palabra que engaña, seduce o traiciona. La palabra cargada de egoísmo, envidia y vanidad. La palabra que nos niega como seres creados para la convivencia. La palabra que lanzamos clamando justicia para nosotros, pero que en nuestro interior seguimos siendo injustos con los demás. Con la palabra protestamos contra la opresión de la autoridad, de la sociedad, del grupo, del sistema. Protestamos contra los intereses creados por la ambición, el orgullo y el poder que avasallan nuestra propia dignidad. Pero muchas veces somos incapaces de actuar con la estatura de seres humanos verdaderamente dignos. Señalamos con el dedo acusador las debilidades de nuestro vecino más cercano, pero una simple trampa pone al descubierto nuestras más bajas pasiones.

La Madre de Dios nos invita a la oración y a la conversión. Pero, ¿cuánto hemos cambiado? ¿Somos capaces de sacrificarnos ante las desgracias del prójimo? ¿Continuamos siendo presa de la envidia por los éxitos de los demás? ¿Seguimos alegrándonos de los fracasos de nuestros semejantes? ¿Hemos puesto un límite a nuestras propias ambiciones? ¿Nos angustiamos por no tener los bienes materiales que otros poseen? ¿Queremos poder no para servir sino para acumular y dominar? Abruman estos interrogantes, porque algunos de nosotros no podemos responder ante el tribunal infalible de nuestra conciencia.

La fuerza transformadora de la oración tiene su lugar en el centro del corazón, cuando asumimos con fe y determinación el compromiso del cambio.

Volvamos, pues, los ojos a la Virgen de Fátima, nuestra Madre y Maestra. Enséñanos, Madre Santísima, a reconocer en nuestros hermanos el rostro de la Divina Misericordia. Enséñanos en el silencio de nuestro corazón, a reconocer nuestras debilidades y a emprender con determinación el camino de la corrección y el arrepentimiento. Enséñanos a levantarnos de nuestras constantes caídas, pero enriquecidos con las enseñanzas que dejan los errores. Enséñanos, Madre Santísima, a conocernos a nosotros mismos y a comprender mejor a los demás. Enséñanos a encontrar en el Santo Rosario la oración redentora de nuestros pecados.

En tus apariciones, Madre Santísima, has escogido a los niños y a los humildes. Es decir, a los pequeños. Haznos también a nosotros pequeños para poder contemplar tu grandeza. No para buscarte en lo alto de una colina, sino en las profundidades recónditas de nuestro corazón, donde siempre has estado. Un corazón henchido con la nueva “civilización del amor”, pero sobre todo un corazón armado con la fuerza espiritual capaz de entrar en combate con nosotros mismos. Un corazón sensible a la injusticia, pero sobre todo un corazón inconmovible, capaz de recibir – sin derrumbarse- los embates de nuestros propios egoísmos. Un corazón humano que sepa amar a sus semejantes, deponiendo los intereses personales. Un corazón justo, que respete los derechos de los demás. Un corazón grande, fuerte y generoso que se alce victorioso sobre nuestras debilidades y nos eleve a la más alta cima de la dignidad humana.

rmatuslazo@cablenet.com.ni