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Cuando leí la noveleta Un mundo maravilloso (Washington, D.C., Casa Sola, 2017) felicité a su autor, Roberto Carlos Pérez, por la reconstrucción a fondo de la trágica existencia de Francisco Ruiz Uriel, el último poeta suicida de Nicaragua. En su concisa prosa narrativa no sobra palabra y se percibe el desgarro clamoroso de toda una generación literaria, centrado en su figura más representativa. Pero su oculto dolor profundo lo llevaría a colgarse de una soga, en su casa de habitación, el 31 de diciembre de 2010.

Para algunos de sus compañeros, este acto fue concebido como una master piece para evitar la condena al inevitable olvido. Otros lo redujeron a la imposibilidad de haber superado el trauma de su infancia en una Aldea S.O.S., donde una madre adoptiva lo castigaba poniendo las manos en el fuego. Erick Aguirre, por su parte, calificó de “suicidio como performance” la liberadora acción final de Francisco. 

Mi amigo Roberto Carlos Pérez la ha interpretado, compartiendo el pesimismo radical del protagonista de su novela: “Francisco se marchó porque no quería vivir en un lugar que se deshace y en el que todo anhelo de construir resulta vano”. Un mundo maravilloso ––lanzada al mercado el 21 de noviembre de 2017–– ha sido leída en España, donde Hernán Sánchez Martínez de Pinillos la reseñó. A continuación la transcribo casi en su totalidad.

“Con el trasfondo de la intrahistoria reciente nicaragüense, Un mundo maravilloso ––la fina novela poemática y confesional de Roberto Carlos Pérez–– es un viaje al fondo del corazón de un desterrado, un hombre irremediablemente extranjero en este triste planeta. El protagonista se llama F. y es un poeta nicaragüense de voz genuina y desgarrada, que recuerda a Miguel Hernández. Con un estilo que llega a palparse, tanto en el sentido vital como en el trágico, la prosa musical de Un mundo maravilloso nace en las grietas casi invisibles donde se encuentra acaso el último límite del sentir humano ante la muerte”.

“En la era de los samuráis en Japón el suicidio ritual, el harakiri, era respetado como una forma de protesta o como una manera de resarcir un fracaso […] Bajo la mirada de Roberto Carlos, en el ensimismamiento trágico de F. no hubo, en cambio, ajuste de cuentas ni resentimiento ni protesta: solo una interrogación sobre la razón última de estar el hombre en el mundo”.

“El final del trayecto es desprendimiento caritativo de sí, desgarrada ofrenda, que en el instante vertiginoso en el que la soga asfixia el corazón del héroe, descubre, tal vez, a Dios… El retorno hacia el origen del misterio no supone sino la posibilidad de recomenzar. Roberto Carlos Pérez logra, por decirlo con palabras de Camus, fijar «el sutil trámite en que el espíritu apostó por la muerte» (El mito de Sísifo). La liberación se apodera de la conciencia, mientras nos adentramos definitivamente en las sombras de un mundo maravilloso...”.

También la novela de Roberto Carlos se ha leído en otros países: Estados Unidos, Nicaragua, Panamá, Argentina, Honduras, México (Elena Poniatowska le remitió a su autor “unas palabras de aliento”), El Salvador, Alemania y Colombia. Desde allí nuestra Gloria Guardia de Alfaro escribió: “Con pulso adolorido, el nicaragüense Roberto Carlos Pérez asume el difícil reto de encarnar la psiquis perturbada de su compatriota, el poeta F. No cabe duda de que Roberto Carlos acertó al elegir el monólogo interior, el soliloquio, para recorrer, sin prisa, los últimos momentos de un escritor cuyo inmenso talento literario le había labrado, en pocos años, una sólida reputación […] Víctima de la orfandad desde el momento mismo de su nacimiento, F. crece entre latigazos y ofensas de una mujer que apenas le da pan y techo para subsistir en un hogar de acogida durante la guerra de los contras. Infame escenario para cualquier ser humano y peor aún para quien tuvo el talento y la sensibilidad de este escritor nicaragüense”.

Y agrega Gloria: “El libro Un mundo maravilloso, pleno de tormento e ironía, debe leerlo todo aquel que haya auspiciado por codicia, participado como aliado y sobrevivido los horrores y desastres de una guerra, no importa el escenario. Las consecuencias de agitar el odio y empuñar un arma son inexcusablemente trágicas. Hoy acerco mi voz a la de quienes, como Roberto Carlos, otra víctima inocente de la guerra, abatidos han gritado: ¡Nunca más!”.