Juliana Ppimentel
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Hace unos pocos años, viajar en un automóvil programado por un “piloto automático” solo significaba que el vehículo, por sistemas hidráulicos, mecánicos o electrónicos, mantendría una velocidad constante hasta que su conductor accionase algún pedal para modificar esa programación. Sin embargo, hoy, no hay innovación que llame tanto la atención- y promete muchos cambios socioeconómicos –como el lanzamiento de vehículos autónomos completamente capaces de llevar sus ocupantes en cualquier ruta por su propia cuenta.

El uso de estas tecnologías tiene como principal objetivo aumentar la seguridad de los pasajeros y sistemas de tránsito y sobre todo, reducir los accidentes de tráfico.

La Convención de Viena sobre la circulación, que instituye normas internacionales, establece que un conductor debe estar en todo momento a cargo de su vehículo. Esta regla ya ha sido modificada a fin de autorizar experimentos con vehículos autónomos (VA) y, el consecuente, ajuste de las respectivas legislaciones nacionales.

Hasta el momento vehículos de transporte colectivo y “taxis robot” ya se prueban en vías públicas, pero deben contar con un operador humano para recuperar el control en caso de necesidad. Aunque algunos países, como Singapur, Inglaterra y Estados Unidos, ya empiezan a ajustar sus regulaciones para realizar pruebas de vehículos autónomos, el debate legal sobre el tema aún plantea una serie de indagaciones que necesitan ser enfrentadas por los reguladores y la sociedad. Por ejemplo, en caso de accidente con un VA, ¿desde dónde radica la responsabilidad?

¿El fabricante –defecto de fabricación, problemas con el software?

¿Fallas del proyecto?

¿Instrucciones de manejo inadecuadas o insuficientes –entrenamiento del usuario incompleto?

¿El conductor?

Estas son solo algunas preguntas que aún permanecen sin respuestas claras en el ámbito jurídico.

Hay innumerables reflexiones relacionadas a los vehículos autónomos. Una de ellas habla sobre el mercado de seguros. Este tendrá que adaptarse a la nueva tecnología. En caso de accidente, el conductor es responsable por el vehículo, aunque en casos especiales se puede trasladar la responsabilidad al fabricante. A bordo de un VA, el conductor es el responsable, pero el asegurador podría responsabilizar a la empresa de fabricación en caso de avería del sistema de navegación autónoma. En este caso, el conductor, al saber de una posible corresponsabilidad por fallas en el sistema autónomo, ¿no pensaría dos veces antes de comprar un VA?

La recolección de datos, privacidad y seguridad son también otros temas que permean esta nueva tecnología. La cantidad de información que puede ser capturada por medio de estos vehículos puede ser muy valiosa para un número de empresas: rutas, ubicación, mensajes de texto, compras on-line y otras acciones tomadas por las personas a bordo de un VA, deben ser protegidos legalmente.

Sea cual sea la conclusión de estos dilemas legales, no cabe duda que estamos ante una situación extraordinaria: la introducción de la inteligencia artificial en la toma de decisiones con consecuencias imprevisibles.

 Por todo ello, la sociedad y las instituciones gubernamentales tienen un complejo y difícil reto a afrontar al tratar del tema de los Vehículos Autónomos.

Este artículo fue publicado en el Blog del BID, en la sección Mejorando Vidas.