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El presidente Salvador Sánchez Cerén rompió relaciones diplomáticas con Taiwán para aliarse con China continental. Clarísimo. Beijing está ganando estas batallas sin mover un dedo.

Internacionalmente, esa movida se ve desde dos ópticas: ¿Es evidencia de frágiles alianzas o es pragmatismo? 

El Gobierno taiwanés se marcha —sacándose con dolor y desaliento la fresca daga— y revelando que la ruptura se debe por haberse negado a financiarle la campaña electoral al FMLN; y por no dar plata para mejoras del puerto La Unión.

Mi punto. Sánchez Cerén no sorprende. Alejarse de Taiwán y venderle su amistad a los chinos continentales es una acción desleal en sí.

Pero, además, pretende envinagrarle el paladar a Washington; y dejarle el embrollo de revertir o no la vinculación con el régimen de Beijing al siguiente gobierno (que, posiblemente, será democrático). Hay profundas raíces en estas decisiones: viejas amarguras ideológicas, malos juicios, torpezas acumuladas.

Desafortunadamente, Taiwán sigue perdiendo aliados. Y no se trata de inculpar, sino de qué se debe hacer. Los tránsfugas son muchos en tan recientes años. Centroamérica —que era el remanso de Taiwán, donde su diplomacia se paseaba confiada entre aromas tropicales y discurseadas gratitudes—, ahora tendrá que saltar como en un juego de rayuela.

Aun así, cabe preguntarse: ¿Qué está fallando en la diplomacia de Taipéi? Esto, sin dudas, le restará mucha popularidad y  votos al Partido Democrático Progresista (PDP), de la actual presidente taiwanesa Tsai Ing-wen; a pesar de su enorme fortaleza moral y dignidad para no negociar su leal amistad, como lo hacen otros socios veleidosos. ¿O, el realismo del modelo de “capitalismo amarillo” estrecha los márgenes de la duda y obliga a buscar los poderosos baúles de tesoros chinos? 

Guatemala, Honduras y Nicaragua, por ahora, parecen dispuestos a quedarse en el navío. Pero, ¿cuántos van a durar a bordo, si parece que el fuerte oleaje beijinesco amenaza con vientos fortísimos?

El excanciller salvadoreño, Eduardo Cálix, le dijo a una televisora de su país que “un tratado de libre comercio no se logra en un año; ni la cooperación se logra de manera rápida; eso lleva 5 años”.

Obviamente, esto apuntala el hecho de que la medida no fue tomada para beneficiar a la economía salvadoreña. Sostengo que hay más intenciones ideológicas en ello que deseos de empujar a El Salvador a la caza de nuevos mercados. La realidad indica que para la expansión del comercio, los factores geopolíticos no deben quedarse por fuera.

Hasta el momento China continental se ha sentido muy cómoda haciendo negocios en África. Ahí sus inversiones son en energía, petróleo, y agricultura; incluso ya tiene en Djibouti una base militar; y en Asia compra —a menor costo— e invierte en todas las industrias continentales. E igualmente, cuando se mete a las Américas, lo hace con intenciones aviesas: para encrestar a Washington y mostrarle hasta dónde puede llegar.

La semana pasada incluso, el Washington Post publicó un artículo en donde China continental declaraba su interés de no intimidar a nadie (¡Argumento nada digerible!). Y aseguran seguir a pié juntillas la letra de la frase famosa de Deng Chiao-ping:  “Esconde tu fuerza, espera tu momento”. 

Y en este sentido, China continental ha ido ganándole la batalla a Taiwán, esperando que otros necesitados —pequeños y de frágil solvencia financiera y moral— lean la carta de ruptura.

El tema de hacer negocios con el chino mayor es un cuento de “Las Mil y una Noches”, no habrá lámpara maravillosa que produzca milagros. En la fantasía político-literaria, los genios de turbante no hablan mandarín. La asimetría económica-financiera es clara. Y  Obviamente, los tránsfugas se quedan a la entrada de la ciudad prohibida, en espera de los 30 yuanes. 

La economía salvadoreña es la tercera más fuerte de Centroamérica. Pero su PIB es de apenas US$57 billones; el de China continental, es de US$11.3 trillones. Así, el mercado cuscatleco es solo grande, para parámetros regionales. 10 millones de salvadoreños demandando lo que produzcan los lejanos chinos —de habilidades sorprendentes—es muy poco.

Del lado chino, la demanda es inmensamente abrumadora.    

¿El realismo político impulsa a los pequeños Estados a  comerciar con los grandes? 

No soy economista. Pero, ningún país de la Centroamérica fragmentada se compara siquiera con Chile, Colombia, economías de mediano tamaño. Estamos muy lejos. Nuestra infraestructura portuaria es débil; nuestra conectividad es incompetente.

En resumidas cuentas, Sánchez Cerén no pudo hacer un cierre presidencial digno. Siquiera juicioso. Está terminando así para dejar su sello agrio y deslustrado por la ‘vendetta’ ideológica.