Ana María Rojas Y Maíra Sontag
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Si bien los accidentes aéreos concentran la atención de los medios, es mucho más probable que resultemos heridos en un accidente de tránsito. Y, en América Latina, el costo humano es muy alto. Durante 2017, los accidentes automovilísticos mataron a un promedio de 12 personas por cada 100,000 habitantes, cinco veces la tasa de Noruega, más del doble de la tasa de Francia, e incluso más que en Estados Unidos, donde la seguridad vial ha sido una permanente preocupación política.

Es difícil saber cuáles son las causas de todos estos accidentes. Lo que sí está claro es que un gran porcentaje se debe a errores humanos, más que a fallas mecánicas.  Solemos confiar demasiado en nuestras habilidades a la hora de conducir y caminar. Nos distraemos fácilmente con nuestros teléfonos e ignoramos los límites de velocidad.

Es evidente que hay que tomar medidas y probablemente las leyes no son suficiente. En Trinidad y Tobago, quien utilice un dispositivo portátil mientras conduce puede recibir condenas de hasta tres meses en prisión, y la mayoría de los países, si no todos, tienen algún tipo de restricciones sobre el uso de teléfonos móviles al conducir. Existen leyes estrictas contra el exceso de velocidad en toda la región. Aun así, los conductores siguen enviando mensajes de texto mientras conducen con exceso de velocidad, y los peatones cruzan la calle sin mirar.

Al rescate –al menos para algunos problemas– llega la economía conductual, que ha demostrado ser una herramienta eficaz y eficiente para reducir comportamientos incoherentes y autodestructivos en muchos contextos, incluyendo la seguridad vial. 

Se han adoptado diversos enfoques para encontrar soluciones. Richard Thaler, Premio Nobel de Economía, proporciona uno de los ejemplos más famosos acerca del problema del exceso de velocidad. En su libro Nudge, él explica cómo en Chicago pintaron rayas horizontales en la vía, justo antes de las pronunciadas curvas de la vía Lake Shore para crear la sensación de velocidad e incitar así a los conductores a desacelerar.

En Filadelfia, Phoenix y Peoria, la National Highway Traffic Safety Administration de EE. UU. pintó reductores de velocidad en tercera dimensión en las vías para animar a los conductores a levantar el pie del acelerador. En la ciudad de Norfolk, en el Reino Unido, a lo largo del borde de la carretera plantaron 200 árboles a distancias cada vez más cortas, estimulando a los conductores a disminuir la velocidad al irse acercando a la ciudad. Y, en distintas partes del mundo, como parte de intervenciones informadas por el comportamiento destinadas a mejorar la seguridad vial, se han utilizado cámaras de seguridad, información sobre el tráfico y Platewire, una plataforma que publica las placas de quienes infringen las leyes de tránsito y conducen agresivamente.

América Latina ofrece uno de los casos más pintorescos. En 1997, el alcalde de Bogotá, Antanas Mockus, creyendo firmemente en el poder del teatro para cambiar el comportamiento, contrató a 420 mimos que fueron ubicados en las esquinas de las calles para burlarse de los infractores de tránsito. Según Mockus, los colombianos temen más a hacer el ridículo que a ser multados, y se le ocurrió que, quizás, someterlos a la vergüenza pública resultaría ser una política más eficaz que ponerles multas y otros castigos.

Lamentablemente las intervenciones inspiradas por el comportamiento, dirigidas a impedir que los peatones se pongan en riesgo al pasar la calle con el semáforo en rojo o mientras escriben y leen mensajes de texto, han sido menos aplicadas por lo que sus efectos apenas han sido evaluados. Pero algunas de estas se destacan por su creatividad. En 2014, por ejemplo, la empresa alemana Smart instaló un “semáforo bailarín” en una intersección en Lisboa, Portugal, que proyectaba las imágenes animadas de peatones bailando al son de la música en tiempo real en una caseta especialmente diseñada en el mismo semáforo. Las imágenes y la música resultaron tan eficaces contra el aburrimiento de esperar el cambio de luz, que la empresa afirmó que logró reducir el cruce en rojo en un 81%.

Cambiar el comportamiento relativo a los mensajes de texto también merece que la economía conductual le dé el tratamiento que se merece. Pero un estudio reciente de Perelman School of Medicine y Children’s Hospital of Philadelphia sugiere que eso también podría estar cambiando. El estudio realizado en Estados Unidos, donde los adolescentes tienen una mayor probabilidad de morir en accidentes relacionados con el uso de teléfonos móviles que cualquier otro grupo de etáreo, muestra que más del 95% de los niños estarían dispuestos a renunciar a escribir y leer mensajes de texto mientras conducen.  Además, más de la mitad de los adolescentes consideraron que medidas como tener un bloqueo automático en el teléfono al conducir o recibir incentivos financieros serían eficaces para ayudarles a abandonar el hábito. Eso sugirió a los investigadores que las dos estrategias podrían combinarse. La opción “No molestar mientras conduzco” en la configuración de los smartphones podría bloquear automáticamente los mensajes entrantes cuando un automóvil se encuentra en movimiento. Adicionalmente, los adolescentes descargarían aplicaciones de conducción, recientemente en el mercado, que hacen seguimiento al comportamiento de conductores y ofrecen incentivos financieros mediante programas de seguros de automóviles.

El reto —hacer que las vías sean más seguras para todos— es esencial y apremiante. El objetivo, a través de la economía conductual, es lograrlo de la manera más sencilla posible.

Este artículo fue publicado en el Blog del BID, en la sección Ideas que cuentan.