Orlando López-Selva
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El presidente del gobierno español, Pedro Sánchez (PSOE) declaró, la semana pasada, en Santiago de Chile, que “en Venezuela no hay democracia porque hay presos políticos”.

¿Qué tiene de significativo esto? 

Sánchez —que ha estado en alianzas con el partido Podemos, liderado por el marxista-leninista Pablo Iglesias— había mantenido una postura silenciosa ante la situación en Venezuela. Estas declaraciones lo desmarcan. Pero, se espera mucho más.

Mi punto. Si Madrid se muestra indiferente ante lo que nos sucede, no podrá reclamar después. Hoy el mundo es de alianzas. Y los íberos tienen mucho que perder. Sánchez, un político socialista, joven, y práctico, había lucido timorato en cuanto al régimen venezolano. Y los latinoamericanos de vocación democrática, de este lado del Atlántico, esperamos más que simples declaraciones. Ahora nuestro continente está entrando a una crisis política y humanitaria debido a las arbitrariedades de quienes olvidan los valores que compartimos. 

La política es ante todo acción. Aunque los socialistas estén en el poder, en Madrid, creo que la madurez de su clase política decente debe prevalecer sobre el dogma ideológico. Se trata de un compromiso demandado por la moralidad y la justicia. No es cuestión de que estén pendientes de nosotros porque les caemos bien. Aquí el asunto requiere hacer lo correcto. 

Los países occidentales tenemos muchos tesoros en juego. La democracia, el pluralismo político, el estado de derecho —entre otros mecanismos— valores son también asuntos torales para la paz global. Entonces, no basta la brevedad. Faltan la convicción ética y las posturas inquebrantables cuando nuestros pueblos son avasallados.

Demás está; los nexos entre los países hispanoparlantes y Madrid son seculares. Comenzaron cuando éramos tribus migrantes al feudalismo. De ello, heredamos no solamente un dialecto prodigioso del latín, la insustituible fe cristiana, la forja de controversiales instituciones; sino también un modo de ser y proceder expresado en rituales y formas que nos llevan, a veces, a constantes circunloquios; y otras a ser apegados idólatras de antecedentes, el origen, la forma, el prestigio y las descomedidas tradiciones.

Pero tanto España como Hispanoamérica siguen la misma ruta, aunque naveguen desde opuestas orillas. En una época de uniones, alianzas y asociaciones, esta América que “aún reza a Jesucristo y aún habla en español”, no solo debe converger desde la historia, sino para el futuro. Son muy grandes los retos y los desafíos de la globalización. La Unión Europea mira a este continente latino con ojos madrileños. Y esa mirada debe ser el cristal de los valores heredados que hicieron posible el desarrollo, la democracia, el pensamiento racional, la fe en las instituciones, la supremacía del derecho y el pluralismo en todos sus órdenes.

No se pide redención. Se trata de mostrar algo más que solo empatía moral y política. No se pueden anegar las naves que llevan a los cervantinos. Hay una ruta marcada de valores, dignidad, justicia, y bien común. Porque si toda la humanidad es igual, acá están los más parecidos a aquellos que llegaron desde Extremadura, Andalucía, Galicia o el país Vasco, a lo largo de varios siglos.

No somos amigos distantes. Somos parientes apartados.    

Por otro lado, si en Madrid ven las cosas con un poco de agudeza y perspectiva, España podría también sufrir por  oleadas de latinoamericanos que regresarían hasta sus costas; al igual que ya lo están haciendo los africanos subsaharianos, arrojados por regímenes opresivos o por implosivas incompatibilidades tribales. 

Si sumamos a eso que la gran oleada de migrantes sirios no va a detenerse, la puerta de Europa no solo está en Grecia, por el este; o en Italia, por el sur. Las fronteras europeas son tantas. ¿Cómo saber que ya no habrá conflictos mañana que produzcan mayores oleadas de migrantes buscando todas las costas europeas? 

La irracionalidad moderna genera —de manera incontrolable— todavía dictaduras, que a su vez, producen terrorismo, hambre y refugiados por millones. 

El conflicto venezolano, según Acnur, ha producido 2.3 millones de refugiados, hoy dispersos en 10 países suramericanos. Esto preocupa no solo desde la perspectiva de  los conflictos políticos (léase, dictaduras); también genera otros problemas de multiplicación exponencial que trascienden las fronteras.

El gobierno del PSOE, en Madrid, debe diferenciar bien. No puede haber insensibilidad ni “respetos” mal entendidos de soberanía cuando otros sufren, son perseguidos o vejados por arrogantes caciques políticos modernos.

Se trata de permanecer al lado del David Político: los que tienen la razón y por derecho propio claman justicia; no del lado del Goliat dictador, que solo atropella, e intimida con brutalidad vergonzosa.