•  |
  •  |
  • END

“Es la Economía, estúpido!”: Esa fue una de las famosas frases usadas durante la campaña presidencial estadounidense en 1992, cuando un candidato de izquierda (Clinton) derrotó a uno de derecha (Bush Sr). Pese a que el espectro ideológico en Nicaragua difiere en forma y fondo, es interesante especular si la misma frase podría ser usada en detrimento de la ambición de continuidad en el poder que el presidente Ortega abiertamente ha expresado. No hay un método efectivo para predecir el porvenir económico de nuestro país. No sería aberración que una legión de econometristas obtuviera conclusiones más atinadas después de una velada etílica, que después de correr cualquier número de regresiones estructurales con todas nuestras estadísticas. La razón es simple, para pronosticar el estado financiero nacional en el 2012, en particular nuestra balanza de pagos y la sostenibilidad del tipo de cambio, hace falta asumir algún comportamiento de las reservas internacionales y flujos de recursos externos, pero en Nicaragua, el famoso supuesto “Ceteris Paribus” (analizar una variable asumiendo firmeza en las demás) vale un peso (pero uno de 1987).

El problema de suponer uno u otro comportamiento sobre estos dos factores, es que tienen un componente político demasiado volátil. Si bien es cierto, una buena parte de los flujos de capital están sujetos a variables exógenas y no cabe duda que la recesión económica mundial tendría un impacto negativo sobre estos influjos más allá de cualquier decisión (presente o pasada) del ejecutivo. En otras palabras, con o sin las consecuencias que las elecciones municipales tuvieron en los donantes, la recesión iba a influir en la balanza de pago por cuatro vías de disminución: remesas, precios de productos de exportación, inversión extranjera directa, y turismo. Las políticas crediticias de la banca privada también serían afectadas, pero dos factores aminoran este efecto: La consolidación del Sistema Financiero Nacional después de las quiebras bancarias del 2001, y la baja exposición al riesgo hipotecario que los bancos nacionales tienen en comparación con otras economías que están financieramente más globalizadas. El alza en las tasas de interés ha tenido más que ver con factores internos que externos.

El efecto de la crisis internacional sería grave de cualquier manera. La reacción del gobierno será clave. Para cuando el Plan Nacional de Desarrollo Humano se estaba redactando, ni la seriedad de la crisis del petróleo del 2008 ni la crisis financiera del 2009, estaban siendo contempladas. El plan ya era pésimo, la crisis internacional sólo incrementa marginalmente la ineptitud del mismo. En sus casi 300 páginas, uno se puede cansar rápidamente de leer intenciones abstractas, diagnósticos altamente selectivos de la situación social actual y antecedentes que nos informan de la precaria situación que el gobierno heredó después de 16 años de gobiernos neoliberales. Si el PND de Bolaños merecía duras críticas después de su publicación, el PNDH de Ortega difícilmente se merece ser llamado un plan del todo. Aunque el gobierno actual carecía de una estrategia propiamente dicha, en su “plan” se contemplaban varios “elementos de continuidad” entre ellos la estabilidad macroeconómica, la política monetaria (aunque no se descarta un ajuste para dar mayor flexibilidad al régimen cambiario) y el clima apropiado para la inversión. En otras palabras, el plan era no cambiar el plan en los puntos medulares para la estabilidad, y eso disminuía la preocupación de los que nos tomamos la molestia de leerlo. Pero hoy ya no es relevante que ese plan fuera inadecuado, ahora lo que importa es adecuarlo.

La solución a la crisis que se avecina es obvia, debería empezar por enmendar el resultado de las elecciones municipales. No es coincidencia que titulado “Plan de Defensa de la Producción, el Crecimiento y el Empleo” implícita y fútilmente trata de explicar una serie de medidas contingentes a la crisis presupuestaria que despertó el fiasco electoral, y de ninguna manera a la corrección global causada por inadecuada regulación financiera. En pocas palabras, el gobierno nos presentó un plan para lidiar con la crisis política creada internamente, disfrazada de respuesta a la recesión global. Pero la realidad es que las elecciones no se van a rectificar, y los flujos de ayuda externa seguirán reducidos si no congelados. Para cuando EU empiece a recuperarse de la crisis, a finales de este año, aquí el efecto de las dos crisis estará en apogeo. Un buen inicio sería planear una estrategia que se pueda hacer operativa, con más páginas dedicadas al análisis que a la apología.

Durante el primer gobierno sandinista, se libró una guerra indirecta con los EU. Se lidió con ataques a la infraestructura productiva, educativa y de salud pública. Se hizo un esfuerzo masivo contra el analfabetismo y la desigualdad de género en medio de una crisis económica generada a raíz del conflicto bélico. Padres y madres de hoy cambiaron libro por fusil, casa por cárcel, comodidad por ideología… dieron su presente por nuestro futuro. Aquel que niegue o descalifique estos esfuerzos y logros en tiempos de guerra, no es menos obtuso que el que justifica el actuar del gobierno actual en tiempos de paz. Pero un gobierno de izquierda, por definición, es uno que está dispuesto a corregir el sistema en pro de reducción de pobreza y desigualdad. Un gobierno de izquierda tendría una propuesta inteligente a los desafíos internos y externos, una respuesta más adecuada a la que brinda el mercado del capitalismo salvaje. Un gobierno de izquierda no hundiría a un país pacífico en desbalances fiscales, desequilibrio monetario y aislamiento global. Un gobierno de izquierda no sucumbiría a la conveniente supresión de la libertad de expresión. Un gobierno para que merezca llamarse de izquierda tiene la responsabilidad de disminuir la pobreza, no aumentarla. Pero sobre todo un gobierno de izquierda no daría en trueque sus principios, para obtener más poder.

Durante el segundo gobierno sandinista, no se libra en nuestra tierra una batalla de la guerra fría, se libra una batalla contra la pobreza y la corrupción. Más aún, el que los efectos de la crisis global se sientan sobre la economía nacional no implica una exoneración de responsabilidades del Ejecutivo, y mucho menos se convierte en una excusa equivalente al conflicto bélico y crisis de deuda externa que se dio en los ochenta. Hay una diferencia enfática y determinante. El yanqui ya no es enemigo de la humanidad y la patria está libre, ya no hay que morir. En estos tiempos en que la guerra esta fría, ningún libro de historia condonará a un Presidente que fracasa tanto en la paz como en la guerra. Mientras en los ochenta la guerra le quitaba recursos al gobierno, ahora el gobierno le quita recursos a la guerra contra la pobreza.

Es enervante ser testigo de cómo una ideología es secuestrada por una estratagema carente de estrategia. Dice una rotonda capitalina que los gobernantes tengan piedad de este pueblo. ¿Pero será que este pueblo puede abstenerse de la misma cortesía? Quizás la paciencia sólo se acaba cuando el hambre aprieta.