Cecilia Martinez Gómez*
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El cerebro no está diseñado para aprender a leer. Contrario a lo que muchos piensan, la escritura es una actividad “inventada recientemente” que surgió aproximadamente en la Edad de Bronce, entre 3,200 y 2,400 AC.

Hablar, caminar erguido, tomar objetos con las manos, son acciones que se imitan y para las que estamos diseñados, no así para leer. Ya que la lectura se ha vuelto una actividad tan básica, en el día de la alfabetización te cuento cómo lee el cerebro y por qué los primeros años son esenciales para aprender.

La lectura y el cerebro

A pesar de que se habla de las sustancias del cerebro como la materia gris, las funciones cerebrales se asemejan mucho a corrientes eléctricas. En términos sencillos, aprender a leer consiste en reconocer las letras y cómo estas se conectan con una pablara escrita para luego unirlas a un sistema codificado por los sonidos hablados y sus significados.

Simplificando aún más, estos son los 3 pasos que ocurren en el cerebro de un lector al ver una palabra:

1.     La lectura se inicia como cualquier otra estimulación visual en la parte occipital del cerebro en el hemisferio izquierdo.

2.     De ahí las corrientes se mueven al área del reconocimiento de la palabra escrita, donde el cerebro guarda el conocimiento de las letras y las decodifica.

3.     Una vez que la imagen se conecta con lo que sabemos de las letras, se produce una “explosión” de actividad que afecta, por lo menos, dos redes en el cerebro: una que tiene que ver con el significado y la otra que tiene que ver con la pronunciación y la articulación de la palabra.

Así, leer no es crear algo completamente nuevo sino conectar datos visuales, como letras combinadas en forma de palabras, con el lenguaje hablado y su significado.

El desarrollo infantil y la lectura

La base de estas conexiones es especialmente activa e intensa durante los primeros años de vida, cuando el cerebro tiene aún todo por aprender. Hemos visto en varios artículos que se debe aprovechar la plasticidad del cerebro en esta época a través de las interacciones de calidad, la estimulación y hasta el aprendizaje de otros idiomas para que las conexiones cerebrales sean explotadas al máximo.

¿Qué tiene que ver todo esto con la alfabetización?

Tiene todo que ver. Un cerebro que no es estimulado con señales positivas, con interacciones de calidad y de forma correcta, no está listo para aprender nuevas actividades. Según las últimas pruebas Aprender en Argentina, el 30% de los alumnos de cuarto grado alcanza un desempeño incipiente o básico en las tres dimensiones evaluadas a la hora de escribir un cuento: discursiva, textual y convenciones lingüísticas.

La metodología o el contexto educativo pueden, sin duda, explicar este resultado. Sin embargo, mientras más listo llegue el cerebro de un niño a la escuela, más posibilidades tendrá de aprender a leer, a sumar y restar, etc., con mayor facilidad. Imagina correr una maratón sin haber entrenado o aprender la raíz cuadrada de un número sin saber sumar o multiplicar antes. De la misma forma, un cerebro que no ha recibido el “entrenamiento” adecuado a través de estimulaciones, no llegará listo para aprender a leer.

Enseñar a leer no es solo tarea de la maestra de primer o segundo grado. Un cerebro se alista para aprender poco a poco desde las primeras interacciones de calidad y las experiencias que se viven en el entorno familiar. Mientras más palabras escuche y reconozca un niño, más probabilidades tendrá de decodificar correctamente su escritura y significado más tarde.

Madres, padres y cuidadores deben reconocer que, así como nutren el cuerpo de un niño con alimentos saludables para que crezcan fuertes y sanos, deben alimentar su cerebro con interacciones positivas y de calidad para que, llegado el momento, estén listos para leer y aprender a la par de otros niños de su edad.

* Este artículo fue publicado en el Blog del BID, en la sección Primeros Pasos.