Orlando López-Selva
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Acabamos de cumplir 197 años de vida desde aquel 15 de septiembre de 1821. Acá la cuestión es ver si la integración es  válida u oportuna. ¿Qué más es necesario para lograrla, si otros lo están haciendo bien, a pesar de mayor diversidad?

Mi punto. Se ve la integración centroamericana como una tarea histórica pendiente, como una obligación que debe enmendarse. Y por no haberlo logrado, nos sentimos culpables. Pero ninguno de los pueblos de nuestras  naciones percibe el deseo de la integración o asume el centroamericanismo como una vocación o sentimiento propio.

Tampoco, la unidad puede impulsarse por decreto. Debe ser la consecución de un proceso cultural. Pero, ¿por qué no detenernos para reflexionar y ver alternativas? ¿Nos conviene a todos o es mejor seguir separados? 

En todo intento unionista siempre habrá asimetrías. El modelo de la Unión Europea es válido, aunque haya generado problemas financieros, el brexit, etc. 

Centroamérica lo tenía todo para lograrlo. Igual historia, lengua, composición racial, mismas raíces, y antecedentes coloniales e institucionales. Pero no hemos llegado. 

Y vale la pena ponerse a reflexionar para examinar nuestra postura. Tal vez nos ayudaría. Si Costa Rica ha estado apartada y le ha ido bien… esa también puede ser otra ruta.

¿Por qué no explorar alternativas?

Y con esto no estoy yendo contra la corriente, ni desafiando el sentimiento de integración o diciendo que nada ha servido. No. Solo estoy sugiriendo que hay que examinar en qué estamos fallando, para hacer ajustes. ¿O virar?

Quiero plantear más escenarios, viendo las cosas en perspectiva.

¿Por qué no tomar otro rumbo o seguir solo la unión con los países que lo quieran? 

Guatemala, El Salvador y Honduras han hecho mejor las cosas. Costa Rica y Panamá se entienden entre sí; los dominicanos se pliegan a estos últimos. ¿Y la controversial y problemática Nicaragua?

¿Ha habido problemas de actitud, enfoque o responsabilidad? No hemos avanzado tanto. ¿Debemos esperar otros dos siglos? 

Damos un paso hacia delante y tres hacia atrás. Fuimos casi dos años parte del imperio mexicano de Iturbide; fuimos federación hasta 1838; hemos estado separados como repúblicas por 180 años, pero alimentando intermitentemente mecanismos como Odeca. Y ahora con SICA, parece que, desde los acuerdos de Esquipulas, de los 80, comenzamos con instituciones como el Parlacen, la Corte Centroamericana de Justicia. Pero, ¿funcionan y son oídos por los gobiernos individuales? ¿Qué país cede soberanía?

Veo que se avanza poco y se pregona mucho. Claro, hay pequeños o modestos logros aduaneros, y en asuntos migratorios y de sanidad. ¿Y cuánto falta? ¿Qué es necesario para expeditar las cosas, o por los menos actuar con la seguridad suficiente como para que se note nuestra determinación?

¿Alguien podrá creer en nuestras verdaderas intenciones si seguimos comportándonos de manera individualista, la mayor parte del tiempo, y asumimos solo el ropaje regional cuando conviene?

Decir que cuando las cosas no funcionan implica hacer una pausa o revertir el camino, no puede significar echar al traste lo andado. ¿Ello conllevaría también separación inmediata?

Seguramente, habrá quienes digan: ¿Cómo vamos a echar por la borda lo conseguido de manera conjunta, si ha costado mucho y ha implicado un avance, al menos, en ciertas áreas específicas?

Por otro lado, en política nada es permanente. Y si aplicamos esto a la gran unión americana, ello no implica que Washington será siempre inmune al separatismo. En algún momento les va a llegar. Así igual le sucede a Canadá, con Quebec. ¿Y los suizos? Les va a llegar, aunque adopten medidas neutrales en todo. “La política es imperfecta porque está hecha por hombres, y los hombres son imperfectos”, decía muy sabiamente Richard Nixon.

La cuestión acá cuando se aplica a Centroamérica es que si alguien no quiere estar en esta unión -independientemente de la razones que cada Estado-Nación esgrima- no puede seguírsele obligando a que se siente y discuta con quienes no desea estar o compartir.

América Central es una realidad geográfica. Pero no veo que haya profundos sentimientos pan-centroamericanos en todo esto. ¿Y se han tomado en cuenta estos sentimientos para impulsar la unión de nuestros países?

Es cierto, en los asuntos internacionales el mundo camina como en otra dimensión. Nadie parece tener prisa. 

Reflexionar sobre si algo está funcionando bien o no, implica verificar cómo marchan las cosas. No es subversivo. Es una actitud juiciosa.

¿Los ciudadanos y autoridades centroamericanos estamos dispuestos a vernos al espejo y a oír todo lo que hoy no admitimos como viable o práctico?