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Doña Angélica Gutiérrez fue una mujer pobre pero trabajadora y digna, como la gran mayoría de las mujeres de Nicaragua. Era costurera, lavandera y planchadora. Alistaba la ropa a los empleados de la mina Santa Pancha, cerca de Malpaisillo, que administraba Federico Schick, ingeniero minero originario de Suiza con apellido austríaco, y con el que doña Angélica contrajo matrimonio, del cual nació en León, René Schick Gutiérrez, el 23 de noviembre de 1909.

A pesar de ser don Federico un ingeniero en minas, las vicisitudes de la vida mantuvieron a su familia en muy precaria situación. El niño René Schick fue lustrador, contribuyendo al sustento de su familia.

Los ciudadanos de calzados brillantes cuyo lustre les daba aquel niño descalzo y de carita sucia, nunca imaginaron que quien estaba lustrando sus zapatos sería uno de los más grandes y ejemplares presidentes que haya tenido Nicaragua.

Entre lustradas y estudios, René Schick Gutiérrez terminó su primaria y entró al Instituto Nacional de Occidente, que dirigía el ingeniero Juan Ramón Sevilla, quien apreció su notable inteligencia y aplicación al estudio.

Estando en su primer período presidencial Anastasio Somoza García, en 1937, el ingeniero Sevilla fue nombrado ministro de Instrucción Pública, y se llevó a Managua al entonces bachiller Schick como oficial mayor del ministerio.

Allí Schick conoció a Carmencita Reñazco, con quien contrajo matrimonio, aprovechando también su traslado a la capital para estudiar Derecho en la Universidad Central de Managua, donde se graduó con las más altas calificaciones.

Una de las mayores virtudes del doctor René Schick Gutiérrez fue haber vencido totalmente la enfermedad del alcoholismo, contra la cual luchó en una etapa de su vida apoyado por la asociación de Alcohólicos Anónimos (AA), donde fueron impactantes sus charlas y testimonios.

Ocupó diversos cargos, entre otros, juez civil en León, magistrado presidente del Tribunal de Apelaciones de Occidente, encargado de negocios de la Embajada de Nicaragua en Estados Unidos, embajador de Nicaragua ante la Organización de Estados Americanos (OEA) y ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU), embajador de Nicaragua en Venezuela y representante de Nicaragua en la X Conferencia Panamericana efectuada en Caracas.

En 1957, el presidente Luis Somoza Debayle lo nombró ministro de Educación Pública y en 1961 ministro de Relaciones Exteriores, cargo al que renunció al ser electo, por la Gran Convención del Partido Liberal, candidato a la presidencia de la República.

Tomó posesión como presidente ante miles de asistentes al estadio nacional el 1 de mayo de 1963, sucediendo a Luis Somoza en el cargo. En su discurso inaugural, dijo: “Mi gobierno se caracterizará por un hondo sentido de la justicia social y por un humanismo liberal orientado a favorecer a las grandes mayorías.” ¡Y lo cumplió!

Además del progreso que impulsó en el país, dejó buenos recuerdos en el corazón del pueblo. Los miércoles, en la casa presidencial, ubicada entonces en la Loma de Tiscapa, le entregaba dinero a los pobres que hacían fila para que él les ayudara a suplir alguna necesidad.

Ayudó a centenares de familias de escasos recursos para que construyeran sus casas. Fue criticado como asistencialista, pero eran gestos que salían del corazón generoso de quien fue un niño limpiabotas y que siendo presidente se aparecía en los mercados a compartir la comida popular con el pueblo trabajador, sin dejar de conducir una economía responsable.

Construyó el Palacio de Justicia (lamentablemente después destruido por el terremoto de 1972 y nunca repuesto) y el edificio del Banco Central (dañado también por el terremoto y casa de gobierno en los años 90). En su administración promovió la creación del Mercado Común Centroamericano, creó liceos agrícolas en varias ciudades, impulsó una reforma agraria, consolidó la economía nacional.

A fines de julio de 1966, al regresar de una gira por Europa, falleció por dos infartos cardíacos a los 56 años. Completó los meses faltantes de su período el vicepresidente doctor Lorenzo Guerrero.

El doctor René Schick Gutiérrez nunca pretendió reelegirse ni enriquecerse a la sombra del poder; fue respetuoso de la libertad de expresión, jamás reprimió a la oposición ni dañó a nadie.

Fue un demócrata respetuoso de los derechos humanos, honesto y progresista. Independientemente de la ideología de cada nicaragüense, siempre será recordado con cariño, como un gran presidente. A pesar de que les han cambiado los nombres a tantos sitios, uno de los barrios populares más grandes de Managua sigue llamándose orgullosamente Reparto Schick.

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