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El miércoles 22 de agosto (2018), Carlo María Viganó (arzobispo y exnuncio en Washington), uno de los hombres con mayor acceso a la sala de mandos de la Iglesia católica en los últimos años, se presentó en la casa del periodista Marco Tosatti (veterano vaticanista), para hablar acerca de una denuncia contra la jerarquía eclesiástica y el propio Papa, acusándolo de encubrir los abusos del cardenal estadounidense Theodore McCarrick. Pero el escándalo de Pensilvania aceleró el plan.

El exnuncio, un hombre de carácter complicado, recias convicciones y recurrentes obsesiones con la homosexualidad en el clero, trajo consigo un documento y se sentó con Tossatti. “Yo lo edité para que fuera más comprensible. Luego me dijo que quería que saliera en español y en inglés. Me preguntó si conocía colegas y lo puse en marcha. Fijamos un embargo para tres días después”, señala el periodista.

La carta de 11 páginas que el arzobispo, con la ayuda de Tosatti y otros periodistas, publicó en cuatro medios ultraconservadores –incluido el español InfoVaticana- no tiene precedentes.

Nadie en la historia moderna de la Iglesia, al menos desde que el Vaticano perdió en 1870 los Estados Pontificios y las luchas políticas se redujeron a sutilezas diplomáticas, había acusado directamente a un pontífice de un asunto tan grave como el encubrimiento de abusos sexuales, pedido su dimisión, disparando con nombres y apellidos contra la plana mayor de la jerarquía católica.

El documento, involucra a los predecesores de Francisco, incluido a Juan Pablo II, quien nombró a McCarrick cardenal cuando ya pesaban sospechas sobre él. Viganó, subraya la negligencia de la Iglesia ante la plaga de los abusos y el aislamiento en cuestiones como la revolución sexual.

Pero el actual Papa, justamente, fue el único que afrontó el problema de McCarrick reiterándole la birreta púrpura el pasado julio, en el momento en que una denuncia pesaba en su contra.

El timing elegido, la necesaria colaboración y el sesgo ideológico de las acusaciones –con elevadas dosis homofóbicas- apuntan a una urdimbre más abigarrada, que proviene directamente de la carcomida Iglesia de Estados Unidos, logrando, tras cinco años de ataques, organizar a toda la oposición a este papado. Unos 30 obispos (24 en Estados Unidos) en celebraciones públicas han externado ya su adhesión a la denuncia.

Muchísimos más –incluido algún conservador como el alemán Stefan Oster- han tomado la posición contraria. “La carta provoca un daño enorme y obliga a reflexionar sobre un problema (los abusos) mal afrontado durante años. Pero, obviamente, esto no acabará con el Papa. Todo lo contrario. Si había alguna posibilidad de que Francisco siguiese los pasos de Benedicto XVI y renunciase, se acaba de evaporar con este ataque”.

Sin embargo, está puesta en el siguiente papado, que saldría de un impredecible colegio cardenalicio cada vez más a la medida de Francisco (ha nombrado a 59 de los 125 purpurados electores), y en el que una importante parte del clero de Estados Unidos e Italia sueña con volver tener a uno de los suyos.

El timing elegido, la necesaria colaboración y el sesgo ideológico de las acusaciones apuntan a una trama mucho más amplia. Pero Viganó, pese a su frustrada ambición por ser nombrado cardenal y los oscuros episodios de su currículo (mintió para no ser enviado a Estados Unidos como nuncio y estuvo en el origen de VatiLeaks), por años ha estado encumbrado al poder vaticano, gozando de respeto en muchas de sus esferas. De lo contrario, no hubiese sido nuncio en Estados Unidos entre 2011 y 2016, la plaza más importante.

Un alto cargo de la Santa Sede sintetiza así: “Esto no es una democracia, tampoco se eligen representantes en el Parlamento. Al Papa, sin ir más lejos, no se le puede juzgar. Lo dice el derecho canónico”.

Justamente, ese es uno de los cambios de paradigma de este asunto. La cercanía de Francisco, su promiscuidad con los medios y la espontaneidad de sus respuestas acaso hayan contribuido a tal clima.

Andrea Tornielli, experto vaticanista de La Stampa y una de las personas que mejor conoce las entretelas de este Pontificado, apunta: “Es una operación política, mediática, estudiada y hecha explotar para poner al Papa en una situación compleja, en un momento muy delicado”.

La acusatoria carta del arzobispo Viganó pidiendo la dimisión de Francisco trae a la luz una batalla contra el pontífice que durante cinco años se libró a la sombra. ¿Asistimos a una conspiración?...

* Diplomático, jurista y politólogo.