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… “por el Reino de los cielos”

(Mt 19,12)

La comunidad católica miamense en particular y en general la hispanoparlante sería sacudida el pasado miércoles por una noticia graficada en una revista de gran circulación. El conocido Sacerdote Alberto Cutié había sido “sorprendido” en acciones y manipulaciones eróticas con una chica desconocida en una playa de Miami.

En los días que siguieron: su inmediata solicitud de perdón a sus feligreses tal como jocosamente lo había dicho en una entrevista cercana con Jaime Baily, la suspensión de su labor ministerial al frente de su parroquia por las autoridades eclesiásticas, nuevas declaraciones y abundante material biográfico, teológico y de todo corte en los medios de comunicación, fueron conformando el fenómeno Padre Alberto, que ocupa o sustituye “con un toque de locura” verdaderos problemas de nuestras gentes.

Con la popularidad que llegó a fabricar, que incluye genio y figura; con el poder que llegó a tomarse (tocaba cualquier puerta, ministros, empresarios, senadores) lo verdaderamente anormal, pero además, lo milagroso era que no hubiera caído antes en las debilidades que se nos suponen a los humanos y que nos distinguen de la Divinidad de Nuestro Dios. De hecho, esa supuesta fortaleza era en sí misma motivo de arrastre y referente espiritual.

Mientras más tratara él mismo (Alberto) de desmitificar su actuar, como ciertamente lo había venido haciendo en sus vistos y escuchados programas radiales y televisivos y en concedidas entrevistas a moros y cristianos, más su encantado auditorio lo colocaba entre lo humano y lo de Dios.

Era de pensar, hasta fisiológicamente, que en algunas edades y etapas más que en otras, los humores que tienen que ver con la sexualidad y el sexo se “alborotan” fisiológicamente también, las personas públicas, sometidas a escrutinio constante, real o solapado, sufren alteraciones de orden psicológico, que sólo los fuertes de carácter resisten. A Alberto Cutié se le suponían dotes excepcionales, estaba en la categoría de los “anormales” o de lo contrario, Dios lo había dotado de un Espíritu fuerte, lo que sólo se probaría con el pasar de los años y su inquebrantable posición, entre otras cosas y mientras existiera para la Iglesia, célibe y misionero, o de lo contrario en algún momento vendría el desastre, porque las expectativas cada vez serían más grandes y muy difíciles de sobrepasar por las reglas de su entorno: “están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos, y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato” (Código de Derecho Canónico c. 277).

Alberto Cutié en su papel de El Padre Alberto, llegó hasta donde lo llevaron las luces del espectáculo, para vendérnoslo frugal, apetecible, con similares atributos que un galán de Hollywood, pero además, edulcorado con dotes como “pastor de ovejas”. Medio mundo hispanoparlante dentro y fuera de los Estados Unidos compró complacida su imagen. A quienes salvó con su palabra seguirán salvos, a quienes hizo cristianos en la Pila Bautismal seguirán siendo cristianos.

Como Padre Alberto es innegable que dio sus frutos y puede ser que en el futuro los siga dando, pero ya hoy habrá de llevar a su balance el peso, no de la renuncia humilde, sincera y a tiempo de un compromiso especial con Dios; sino el peso de una canallada a sabiendas, el peso de un escándalo innecesario que lastima a toda su feligresía. No le pidió a Jesús, el más Hombre de los Hombres, valor para la renuncia, humildad para la confesión oportuna. Creo que ése es realmente su error y no que piense que el celibato que antes prometió conscientemente a Dios, sea o no sea ahora, apostado como macho, oportuno en nuestros tiempos.

Este lamentable suceso deberá ser fuente de reflexión para nuestros Primados Pastores Católicos y para nuestra Iglesia; los cercanos a la persona de Alberto pudieron ser más previsores y prudentes, sin embargo, dieron luz verde al encanto, a todo lo que parecía –y no dudo que fuera- un fenómeno mediático pero muy sobrio, alegre y de una profunda religiosidad a la vez, de arrastre, que sabía reunir sin mezclar (no se sabe por cuánto tiempo), lo moderno y lo de Dios.

Era “El Padre Alberto” el oportuno rostro fresco de una Iglesia Católica de Miami, nacida y crecida entre tantos resquemores y predisposiciones con un fuerte sesgo político, siempre conservadora y habitualmente dogmática pero con el suficiente tino para ejercer; una encomiable labor apostólica, social y misionera, en medio de la Ciudad Luz y su carnavalesco entorno. Un buen observador diría, a tono con otra crisis, la financiera, que faltó un poco de control de quien debía y podía ejercerlo. Hoy pareciera que sabemos más, que cualquier acto sin un mínimo de control, está destinado a salirse de las manos de los propios actores inclusive y convertir en desastre la obra buena.

De toda agua revuelta, siempre hay quien pretende jalarla a su molino; ahora el fenómeno Alberto pretende convertirse –no se si espontánea o deliberadamente- en un fenómeno contestatario de pocos o muchos, no se sabe aún la magnitud, de apoyo a la desaparición del celibato sacerdotal, que como obligación escrita, es tan antiguo como desde el Concilio de Letrán en 1123, aseverado luego por el Concilio de Trento (1545 - 1563), donde se reafirmó como obligatorio el celibato para el ejercicio del sacerdocio.

Por otro lado, aunque un tanto en el terreno de las suspicacias, cabría preguntarse quién gana con todo este escándalo, ahora que soplan aires de reconciliación y reunificación en la populosa comunidad cubana de Miami. Esto viene a dividirla y a enfrentarla desatando pasiones contenidas, desviándole de un suceso político que le atañe y está por acontecer con el recurso de su indispensable participación ahora entretenida y dispersa.


*Nicaragüense de origen cubano
Médico Ortopedista
emerladet-arroba-yahoo.es