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“La revolución es como un tren en marcha, al que no se monta lo deja”. Está escrito en la tumba de Silvio Mayorga Delgado, en el mausoleo que guarda sus restos en el centro de Nagarote, su pueblo natal. Cuando ve uno este epitafio no puede comprender el significado que realmente tiene. Mayorga, uno de los fundadores del Frente Sandinista de Liberación Nacional en mil novecientos sesenta y uno. Tiene en su haber también la fundación del Partido Social Cristiano, en mil novecientos cincuenta y ocho, las ideas de León XIII y Chardin no lo llenaron y saltó a la revolución.

Fue un hombre que podría haber dejado una profunda huella en la vida política de Nicaragua, pero no tuvo tiempo de escribir ni de expresar todo lo profundo de su pensamiento. A mi entender, él y Carlos Fonseca son las dos figuras cimeras del FSLN.

El tren de la Revolución es una locomotora con un montón de vagones o compartimentos. El último que se pega, es el primero que se despega. Pareciera que esto fue escrito para el año de mil novecientos setenta y nueve y para mil novecientos noventa.

Dos cosas deben entenderse para identificar el fenómeno del 19 de julio de mil novecientos setenta y nueve.

Muchos intentos armados guerrilleros en otros países de América Latina fracasaron en los años sesenta. Nicaragua triunfa por dos razones fundamentales:
1. La ilegitimación de la dictadura somocista vista como una prolongación de un ejército de ocupación y vista como un régimen no sólo represor como había tantos en América Latina, y excluyente, sino también como un fenómeno dinástico.

2. Un régimen ilegítimo creó la legitimación de la lucha armada. Las expresiones políticas públicas, las personerías de partidos no existían, por tanto no habían cauces legales. La identificación con la lucha guerrillera y la respuesta sangrienta del somocismo multiplicaron, hasta hacerlo masivo, el accionar contra la dictadura.

3. La falta de proliferación de un montón de grupos de izquierda y que al surgir en mil novecientos sesenta el Frente Sandinista de Liberación Nacional logra unir a todo aquel que tuviera pensamiento revolucionario, y más aún en los años setenta. Al final de la guerra, logra sumar segmentos de la pequeña burguesía, vástagos y miembros de la oligarquía que por conservadora tenía contradicciones con el régimen somocista y se convierte en los años ochenta en el partido de la vida nacional de Nicaragua.

Si uno ve la historia de América Latina en muy pocos lugares pudo haberse dado este tipo de situaciones que permitió la victoria del 19 de julio de mil novecientos setenta y nueve, sin dejar de anotar la capacidad política, la habilidad que tuvieron los dirigentes en aquella época de saber aprovechar todos estos factores.

Quien pueda creer que esto es un fenómeno coyuntural de los años setenta, también se equivoca. Los escritos de Carlos Fonseca Amador demuestran que lo que planteaba era el partido de la vida nacional que agrupara a las diferentes corrientes, en algo tan lejano como en los años de mil novecientos sesenta y cuatro en su escrito “Desde la cárcel yo acuso a la dictadura”.

“Cuando recuerdo las jornadas que libramos juntos en el movimiento estudiantil, un compañero liberal como Denis Martínez, un compañero socialcristiano como Manolo Morales y un radical como yo, es que cobra vida en mí la posibilidad de formular una ideología revolucionaria nacional”.(1)
Lo que sí insistía Carlos y se insistió siempre en entender, que la locomotora, que el motor o como se le quiera llamar, era el núcleo direccional que estuviera en manos revolucionarias. Eso garantizó este proyecto, el rumbo que tomó y el rumbo que sigue tomando.

Los que con el triunfo de la revolución armada del sandinismo se volvieron “sandinistas”, para abandonarnos inmediatamente después de mil novecientos noventa y de manera sucesiva se fueron desprendiendo otros vagones de ese tren de la Revolución.

Pero el tren siguió avanzando, parando en diferentes estaciones en esta historia que no es de treinta años, sino que es muchísima más larga, porque arranca desde los años sesenta, porque también otros vagones se sumaron a ocupar el espacio de quienes se habían ido.

El tren sigue marchando. El tren arrancó en los años sesenta con un grupo pequeño muy identificado, muy sólido ideológicamente que tenía un compromiso muy claro y muy firme.

La composición ideológica y doctrinaria no cambió en lo fundamental ese núcleo central, pero sí tuvo incorporaciones de diferentes sectores.

En los años setenta hablamos de la incorporación por primera vez que se acepta, la unidad y presencia de cristianos militantes dentro de las filas del sandinismo.

En los años sesenta se sale de ser un pequeño grupo aguerrido muy combativo, y muy pequeño par abrirse a la incorporación de amplios sectores políticos-sociales que a la vez llevaban dentro de él sus ideas.

El Frente Sandinista de Liberación Nacional fue como lo habían soñado Carlos y Silvio. La unión de diferentes sectores con la locomotora. Las ideas revolucionarias y el núcleo revolucionario que lo iba a llevar adelante.

“Hagamos esfuerzos por atraernos a la lucha a las más extensas capas de la población, comenzando por supuesto con los obreros, campesinos y estudiantes, pero llegando también a cierto sector de los rico”. (2)
Sandino, nombre proscrito y olvidado fue saliendo de las tinieblas del miedo, pronunciado e invocado, por la tenaz y heroica lucha de combatientes, la mayoría adolescentes que pusieron sus vidas para legitimarlo. El caso de Sandino no es el único que después de ser legitimado trata de ser usurpado por quienes fueron sus enemigos.

Mérito muy claro es tomar sus ideales y ejemplo como bandera nacional. Fue la interpretación correcta de nuestra historia, la lectura nacional de la revolución.

En la última parte del año de mil novecientos sesenta y nueve ya no sólo había cristianos. Un importante sector de la clase media y los sectores de la oligarquía conservadora se habían pegado como uno de los tantos vagones, en aquellos años se decía la góndola. Era el último de los vagones.

Algunos somocistas por arrepentidos o por “vivianes” no querían que el tren los dejara y se montaron en el último momento.

Todos ellos se desprendieron después de la derrota electoral de mil novecientos noventa y muchos representantes de los sectores medios, igualmente lo hicieron.

Reclamando ser el “sandinismo” verdadero. Desconocer el filo antiimperialista, clasista y revolucionario de Sandino era y es para estos desprendidos de la góndola y otros lanzados de la locomotora, su planteamiento. Divorciar a Sandino de su raíz popular.

El 27 de agosto de mil novecientos sesenta y siete, Silvio Mayorga Amador, herido de consideración y junto a él estaba Francisco Moreno Avilés, “el cumiche guerrillero”, uno de sus pupilos, y Oto Casco Montenegro, venido de las luchas sociales en Chile, fueron capturados y ejecutados. ¿Pensarían ellos en el tren en marcha? La historia siguió y el tren avanzó. Súbanse en él y no se bajen más.


(1) y (2) “Desde la cárcel yo acuso a la dictadura”, del libro Carlos Fonseca, Obra Fundamental.


*Diputado ante el Parlacén.