Orlando López-Selva
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El canciller español Josep Borell declaró que el presidente Donald Trump le dijo con referencia a las migraciones masivas de subsaharianos a Europa, que España debería construir un muro.

Sin dudas, el presidente norteamericano no tenía mucho que aconsejar. Y siempre se trasluce que, cuando no tiene que leer los guiones que le ponen, sus producciones son poco originales o interesantes.

Mi punto: Trump, sin dudas, es un hombre de ligera cultura. Solo parece tener olfato para los negocios. Y frases dichas así, de un político de su talla, evidencian que le importa poco decir cualquier cosa o no tiene mucho de qué hablar. Tampoco sabe mucho de geografía.

España no está en el África , salvo con sus dos minúsculos enclaves en Marruecos, como para sugerirle a un país europeo que haga lo que él ha intentado, infructuosamente, frente a México.

¿De qué temas puede hablar este presidente cuando conversa con políticos europeos de enorme bagaje cultural? ¿Nos deben asustar las calificaciones peyorativas que los interlocutores, trasatlánticos, puedan hacerle?

El discurso de un jefe de Estado debe ser la voz más alta de una nación. No puede ser cursi, insustancial, pobre.

El consejo de Trump para el canciller español, denota muchas fisuras interiores. Entre otras, que el presidente norteamericano siente mucho temor. La idea del muro es una obsesión. Es un arma que pretende venderles a los estadounidenses para frenar a los mexicanos que llegarían a sus tierras… ¿a causarles daños? Por tanto, hay que contenerlos, como lo intentaron los chinos frente a los mongoles.

¿Puede esto ser posible si todo lo que dice este presidente, inmediatamente, se vuelve escándalo, suspicacia o cause vertiginoso estupor?

Y esa idea, además de ser una medida agresiva, es también insensible. Los que lleguen no serán hombres armados de fusiles o hachas. Ciertamente, los flujos masivos de migrantes por la frontera sur de Estados Unidos pueden ser un asunto preocupante.

Pero nunca alarmante. No son terroristas los que llegarán; son hombres y mujeres que buscan trabajar duro en esa nación, para luego poder enviarles dinero a sus familiares, en América Latina.

Todo Estado tiene la facultad soberana para regular sus fronteras sin recurrir a muros oprobiosos. Y no creo que a alguien se le ocurriría la idea de poner diques flotantes en los mares para entrampar ahí a los que huyen, en embarcaciones muy precarias.

Por otro lado, la idea de un gran liderazgo basada en acciones duras que sientan precedentes poco humanitarios, son poco sensatas: no resuelven el fondo del asunto.

Quien piense frenar o detener a millones de personas que quieran alcanzar las fronteras de un país de oportunidades (¿Por qué nunca menguan esas cifras?), tendrá un problema grave. No es el caso de los latinos al sur de Estados Unidos.

¿Cesará lo cautivante el sueño americano?

La idea de los migrantes, llegando en oleadas a Norteamérica, se ha dado por decenios. Aunque, el presidente norteamericano imagine, distorsionadamente, a hordas que se apoderan de todo.

Por otro lado, se ha demostrado que el señor Trump tiene temas muy ralos y apocados de conversación. Y él solo se limita a concluir con frases de cajón que también revelan un pobrísimo vocabulario.

Comparativamente, dos antecesores demócratas: Clinton y Obama son personajes de magnífico parlar. El finado nobel colombiano, Gabriel García-Márquez aseguraba que su amistad con Bill Clinton, no solo se debía al interés que el presidente norteamericano mostraba por las novelas de Gabo, sino por la sólida cultura de sus conversaciones.

De Obama se puede decir lo mismo. En sus dos libros: “La audacia de la esperanza” y “Sueños desde mi padre” percibí la agudeza, profundidad y elegancia de su escritura. Y si bien es cierto, ambos expresidentes tienen estilos diferentes: siendo Obama más exquisito con su prosa y la prestancia de su narrativa; y Clinton, más sobrio; pero sin dejar de ser interesante, fluido o menos rico en su vocabulario. Esto es comprobable en su biografía de dimensión tolstoiana: “Mi vida”.

El expresidente (republicano) Richard Nixon era un magnífico escritor, un gran analista de temas internacionales: fecundo, agudo y de mucha solidez cultural.

¿Algún día leeremos algo interesante, bien estructurado o de buena sustentación cultural del presidente Donald Trump?

Siempre me he preguntado: ¿De qué hablan los jefes de Estado cuando no tienen el acostumbrado guion a mano?

Del presidente Trump nunca se oyen comentarios estimulantes cuando conversa con otros interlocutores. Pocos ejemplos bastan para decirnos qué o cuánto circula por su mente.