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El presidente Daniel Ortega viene planteando desde hace unos días un diálogo nacional por la paz y la reconciliación en la base de nuestra sociedad. Lo plantea como alternativa al diálogo nacional, pues considera que este no ha funcionado. El cardenal Brenes, para nuestra sorpresa, se ha referido a ello con una actitud positiva, afirmando que todo diálogo siempre es bueno en tanto conlleve a alcanzar la paz y la reconciliación; quiero compartir sobre esto algunas experiencias históricas.

En la guerra de los ochenta se dieron ciertamente, varios tipos de diálogo en búsqueda de la paz y la reconciliación, no solo al nivel de las cumbres presidenciales, sino que también a niveles nacionales y en la base. Cuando el presidente Ortega estaba negociando la paz en las cumbres de Esquipulas, Tela, Costa del Sol, en el interior del país se desarrollaba un diálogo nacional entre el Gobierno y los 14 partidos políticos de oposición, legales y activos en el país, este diálogo nacional, en buena medida apuntalaba la posición de Nicaragua en el marco del diálogo regional, pues Nicaragua podía mostrar en esas cumbres que existía una oposición política activa en el país, pero que estaba contra el uso del territorio de países vecinos por la resistencia y contra el intervencionismo norteamericano.

También había un proceso múltiple de diálogos que simultáneamente se desarrollaban en las comunidades de zonas en guerra. La experiencia partió en Jalapa, después en Nueva Guinea y posteriormente en la Costa Atlántica. Hubo un cuadro muy importante a nivel partidario que estuvo en las tres experiencias, el Dr. José Mendieta, de Jinotepe, militante íntegro y muy capaz del Frente Sandinista.

Todos sabemos que aquella guerra partió la sociedad entera, la división y polarización se dio también en el propio seno de las familias y las comunidades. El instrumento que protagonizó en Nueva Guinea el proceso de construcción de paz y reconciliación estuvo a cargo de las comisiones de Paz y Reconciliación, integradas por pastores del Eje Ecuménico de Nicaragua, delegados de la palabra de la Iglesia católica, profesores de escuelas, representantes del Cepad, líderes naturales y donde había, se integraban también promotores de derechos humanos.

Ahí, en el marco de esos encuentros, se hablaba de los desgarros de la guerra, del enorme costo y destrucción que ya iba ocasionando; unos estaban en la Contra y otros en el Ejército y es ahí donde se apelaba al desalsamiento, al contacto y conversación entre los miembros de las familias y la necesidad y oportunidad de la reunificación familiar, de las comunidades y el desarme.

En el funcionamiento de las comisiones había una especie de liturgia, se comenzaba con una oración en la cual se pedía la bendición de todas las personas participantes, se comentaba un texto bíblico, generalmente ligado a la paz, el amor de Dios para todos sus hijos, la violencia y la vida como un contenido fundamental del evangelio; también el tema de los derechos humanos, la Constitución Política de Nicaragua y el Proceso Negociador de Paz en Centroamérica; se cantaban cantos de alabanza y para terminar, una oración; abordando posteriormente los procedimientos concretos del desalsamiento. Estas experiencias de diálogos simultáneos fueron muy exitosas.

El presidente Ortega debe reconocer al diálogo nacional como el principal, dada su legitimidad nacional e internacional, así como lo fue Esquipulas, y comprometerse con una propuesta dramáticamente diferente al tratamiento que ha tenido hasta ahora para abordar la superación de la crisis, la cual debe reafirmar el diálogo inclusivo como el instrumento para la transformación democrática del país y alcanzar la paz con justicia, que el mundo y la sociedad reclama.

El diálogo en la base no puede ser ni el único, ni puede ser excluyente, sino un proceso pedagógico de construcción de paz y reconciliación que fortalezca la conciencia y construcción democrática de nuestro pueblo y la unidad de la nación.

* El autor es Director del Instituto Martin Luther King-UPOLI.