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Era segoviano, de Mosonte; pero llegaría a ser una de las mayores glorias intelectuales de Masaya: Manuel Maldonado, uno de los siete fundadores en 1928  de la Academia Nicaragüense de la Lengua. Se calcula que nació en 1864, tercer hijo de sacerdote. Se graduó a los 24 años de médico y cirujano en León, a cuya vida letrada se mantuvo siempre vinculado. Luego ejercería su profesión en la Ciudad de las Flores, donde casó con Carlota Bermúdez Núñez. De 1894 datan sus primeros poemas y en octubre del 96. Representó a Nicaragua como diputado en la Asamblea de la República Mayor de Centroamérica.

“Desde entonces queda esculpido su nombre en el medallón de los oradores”       ––escribió su exégeta Andrés Vega Bolaños. En el 98 se radicaría en Managua, dedicado a la militancia liberal, a negocios bancarios y a los versos. Era el orador oficial de los gobiernos liberales y se destacó durante más de cuarenta años dentro de ellos. Fueron famosos sus discursos en la inauguración del Ferrocarril central (1902) y en el sepelio de José Leonard y Bertholet (1908). Darío le consagró un soneto, cuyo primer cuarteto decía “Manuel: el resplandor de tu palabra / ha iluminado la montaña oscura, / en donde, hace ya tiempo, mi figura / vaga entre el cisne, el sátiro y la cabra”. Pero el último sustantivo (cabra), Maldonado lo consideró un ripio. Rubén tuvo que aclararle, sonriendo: 

“No, Manuel. Ustedes sólo observan las distintas acepciones que el diccionario da a los vocablos: no investigan su genealogía. Soy cisne porque el poeta es de estirpe divina y esta ave sirvió de vehículo a Júpiter en el Mito de Leda…; sátiro porque experimento las emociones, pasiones y sensaciones del ser humano; también soy cabra porque soy pánida, y Pan va saltando tras las ninfas —las ilusiones— por “la montaña oscura”, sonando sus siete canas, con su cuerpo de hombre y sus patas de cabra”.

Maldonado acometió un “Canto a Bolívar” (1926) que, constando de 28 articulados sonetos alejandrinos, continua siendo un vibrante y enjundioso panegírico. He aquí uno de sus sonetos de tono conversacional: “Bolívar lo fue todo. Estadista, guerrero, / apóstol, visionario, filósofo y tribuno, / y a este Moisés autóctono, patriota cual ninguno, / bien podría enmarcarlo un poema de Homero. // Bolívar fue también un delicado esteta / que amó todo lo bello. Saboreó la vida  / lo mismo en la corola de una boca encendida, / que en las ánforas de un crepúsculo violeta. // Como libertador fue hercúleo, casi un mito, / y como pensador, trascendente y fecundo […]”.

El sonetario anterior lo escribió como delegado de la Universidad de León al centenario del Congreso Anfictiónico, celebrado por el gobierno de Panamá, en cuyas memorias fue publicado al igual que en Venezuela y en la Tipografía Alemana de Carlos Heuberger en Managua. Viajó también a otros países centroamericanos, México y los Estados Unidos. Varios de sus discursos de difundieron en compilaciones gubernamentales y folletos.

En general, Maldonado prefería lo exótico, la abstrusa divagación vinculada a su práctica teosófica y la poesía de álbum. En el de la esposa de José Santos Chocano escribió estos ocho versos: “Señora: ya sé que el destino / al ponerla a Usted en el camino / de un regio y errante trovador, / es usted, al mismo tiempo, palma / de oasis, estrella para su alma, / y para el capricho de su amor, / higo, perla y flor”.

Pero algunos de sus textos trascienden a nuestros días. Por ejemplo, un fragmento de epitalamio (“Cantar amores ajenos”), el equilibrado soneto “Y entonces fue”, “Necrópolis solariega” y, entre otros, este epitafio memorable, de 1918: “Padre: tu mármol solitario y frío / de día el Sol lo cubre con su luz; /  por la noche, la sombra de la cruz /  y a cada instante el pensamiento mío”.

Anselmo Fletes Bolaños le dedicó esta décima-retrato “Manuel Maldonado” lo demostró: “¿Banquero? Resultó honrado. / ¿Ocultista? Cualquier día / Da con él la policía. / Es galeno abandonado / Y un modelo de hidalguía. / Poeta de inspiración, / Algo, alguito decadente, / Un orador elocuente / Y un político simplón / Que no conoce a la gente”.

En 1940 El Ateneo de Masaya, considerándolo uno de los hijos dilectos de la ciudad, lo coronó poeta. Y falleció el 20 de noviembre de 1945.