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En un discurso que Sandino le dio a sus tropas antes de ir a firmar la paz dijo:  “El yankee se ha ido, pero artero, piensa que pronto volverá bajo la esperanza de que nosotros seguiremos en la lucha.  Y se equivoca.  Pienso que la paz debe hacerse en estos cinco días, y para hacerla he creído que lo mejor es que yo vaya a entenderme directamente con el doctor Sacasa”.   Y él fue a entenderse con el presidente Sacasa, a aceptar las instituciones demócrata-republicanas que comenzaban a restablecerse en el país.

Pero Anastasio Somoza García terminó asesinándolo y destruyendo esas instituciones incipientes con el golpe de Estado que le dio a Sacasa en 1936.  Somoza, con el apoyo de EE. UU.  , estableció una dinastía que duró hasta 1979 cuando el pueblo, con el apoyo de la mayoría de los países de la OEA, pero especialmente de México, Costa Rica, Cuba, Venezuela, Panamá y hasta el Estados Unidos de Jimmy Carter, derrocó a Somoza Debayle. 

Lo que Sandino expresó en ese discurso es que la mejor manera de evitar que otros países se metieran en nuestros asuntos es resolviendo los problemas políticos entre nosotros mismos de manera pacífica, por medio de instituciones democráticas.  Elecciones libres y limpias eran una forma de hacerlo y Sandino no se oponía a la observación internacional, especialmente latinoamericana, para asegurarse de que lo fueran.

En realidad, Sandino no quería que Nicaragua se aislara.  Él habló contra el “nacionalismo excesivo” y dijo “mi idealismo campea en amplio horizonte de internacionalismo”. Para Sandino las ideas no tenían fronteras y estaba de acuerdo con estándares internacionales de comportamiento, pero él creía que las autoridades deberían ser elegidas por el pueblo.

Él también reconoció que “la desenfrenada ambición de los caudillos” es el problema en Nicaragua porque esta no tiene instituciones democráticas para controlarlos y asegurarse de que no se eternicen en el poder, que es lo que crea las condiciones para las rebeliones o guerras civiles, que a su vez es lo que invita a la intervención extranjera.

Esta ha sido una constante a través de nuestra historia.  Después de la independencia, la provincia de Nicaragua se encontró con grandes desigualdades sociales y sin instituciones nacionales, y León y Granada se disputaron la hegemonía del territorio nacional.  De ese conflicto nacen las primeras guerras civiles y los primeros caudillos.  También las primeras pérdidas para el país: como resultado de esa guerra civil Nicaragua perdió la provincia de Nicoya o Guanacaste.  Y la primera intervención de una fuerza foránea:  la Federación Centroamericana tuvo que mandar al hondureño José Justo Milla para mediar en el conflicto entre León y Granada y ahí es donde se logra el acuerdo de que la capital iba a ser Managua.

La inestabilidad de Nicaragua también atrajo a Inglaterra que estaba interesada en controlar la ruta interoceánica.  Aprovechándose del caos, restableció el protectorado de la Mosquitia y se tomó el puerto de San Juan del Norte.  Cuando Nicaragua quiso protestar en 1844 por el bloqueo que Inglaterra le hizo a sus puertos en el Caribe, dice José Dolores Gámez que el gobierno inglés dijo que solo recibiría al embajador de Nicaragua hasta que Centro América tuviera “una autoridad que prometiera ser estable y capaz”. 

La ruta interocéanica también atrajo a Estados Unidos. Uno de los incidentes que más ha impactado la conciencia nacional es la participación de William Walker en la guerra entre liberales y conservadores.  A Walker lo invitó una de las partes del conflicto y lo expulsaron los países centroamericanos.  Costa Rica se involucró en el conflicto a instancias de Inglaterra, y las fuerzas de Costa Rica se establecieron en territorio nicaragüense y no se querían retirar sin arrancarles concesiones a Nicaragua. La llamada Guerra Nacional fue una guerra internacional que involucró a los países centroamericanos, EE. UU. e Inglaterra.  La unidad de la nación y la elección de un nuevo presidente, Tomás Martínez, lograron que Nicaragua no perdiera más territorio.

La República Conservadora también fue víctima del reeleccionismo cuando Roberto Sacasa llegó a la presidencia por segunda vez en una elección controversial y, por lo tanto, ilegítima.  Una fracción de los mismos conservadores se levantó contra él.  En medio de la crisis de los conservadores, las partes invitaron al embajador de EE. UU. para mediar entre ellos y de ahí surgió el Pacto de Sabana Grande.  

Después viene la historia que más o menos conocemos.  Uno de los episodios más importantes fue el de la revolución sandinista cuando la ausencia de instituciones democráticas durante las primeras tres partes de la misma, que contaba con el apoyo de Cuba y la URSS, hizo que se derramara la sangre de hermanos cuando los Resistencia recurrió a EEUU para que la apoyara.  

Después, el establecimiento de instituciones democráta-republicanas a comienzos de los noventa y los conflictos entre los nicaragüenses que hacen del embajador de EEUU de turno un activo participante en la política nicaragüense.  Y finalmente la destrucción de esas instituciones cuando Alemán y Ortega hacen el pacto en 1999. 

Y así hemos llegado al lugar donde comenzamos con esta crisis que tiene sus causas internas, como la corrupción y el nepotismo, los fraudes electorales, la represión contra manifestantes desarmados, y en la que la falta de instituciones democráticas, como elecciones legítimas, que pudieran resolver nuestros conflictos pacíficamente, ha involucrado a la comunidad internacional. 

Ahora la cuestión de la intervención extranjera se va a llevar a cabo con un nuevo elemento: la diáspora nicaragüense, la misma que manda las remesas y que, en parte, sostiene la economía nicaragüense.  Esta diáspora vive en sociedades democráta-republicanas y la mayoría quiere que Nicaragua goce de esas instituciones y, para lograr eso, está exigiendo que los países donde  reside se involucren en la crisis nicaragüense para ver si de una vez por todas Nicaragua puede crear esas instituciones.

*El autor es sociólogo.