Patricia Jara
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¿Has interrumpido o alterado un tratamiento médico, ya sea porque olvidaste tomar los medicamentos requeridos, en las dosis y a las horas estipuladas, o porque consideraste que ya no debías continuarlo? Muchos hemos pasado por esto alguna vez. A veces, las indicaciones médicas son complejas o confusas, nos olvidamos de apegarnos a ellas, nos automedicamos, o subestimamos la importancia de tomar nuestros medicamentos adecuadamente. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la mitad de quienes tienen acceso a medicinas consideradas esenciales las consume incorrectamente.

Estos comportamientos pueden arriesgar la eficacia de un tratamiento. Esto se debe a que la adherencia terapéutica, es decir, el grado en que un paciente adopta las recomendaciones del médico, incluye no solo la ingesta de medicamentos, sino también el régimen alimentario y otras prácticas relacionadas con el estilo de vida para mejorar la salud. Por ello, el éxito de un tratamiento depende en buena medida de esa adherencia, especialmente con enfermedades de larga duración.

El costo de no seguir el tratamiento adecuado

La mitad de las personas diagnosticadas con, al menos, una dolencia crónica suspende sus tratamientos antes de que concluyan y una de cada diez hospitalizaciones de adultos mayores se debe a la no adherencia a la terapia farmacológica. Diversos estudios sostienen que detrás puede haber múltiples causas, como el costo de los medicamentos y las dificultades de acceso a ellos, los fallos en las redes de suministro, la complejidad y duración de las terapias, el temor a los efectos secundarios o las expectativas incumplidas de cura inmediata.

Las dificultades económicas no son un tema menor. De acuerdo a datos disponibles para los países de la OCDE, el gasto farmacéutico representa aproximadamente el 20% del gasto  total en salud. En los hogares de los países desarrollados, el gasto en productos farmacéuticos representa el principal rubro de los gastos de bolsillo, junto con el pago por atención ambulatoria. En el contexto del envejecimiento progresivo de la población y el aumento en las enfermedades crónicas, estos gastos se acrecientan debido a la demanda de medicamentos para tratar patologías como la hipertensión, la diabetes o la depresión.

Un área donde hay que poner especial cuidado en seguir el tratamiento adecuado es en la salud mental. Según la OMS, el número de personas con depresión o ansiedad, las enfermedades mentales más comunes del mundo, aumentó de 416 millones a 615 millones entre 1990 y 2013. Esta cifra podría seguir aumentando debido a las múltiples emergencias humanitarias a nivel global, que generan depresión y ansiedad en una de cada cinco personas.

Debido a la complejidad de los trastornos mentales y a los estigmas que pesan sobre ellos, pueden ser difíciles de diagnosticar y de tratar adecuadamente. De acuerdo al National Institute of Mental Health (Instituto Nacional de Salud Mental), solo la mitad de los pacientes con enfermedades mentales recibe un tratamiento adecuado. La baja adherencia terapéutica en estos desórdenes evidencia la vulnerabilidad de los pacientes. Una encuesta telefónica en Francia encontró que 15% de ellos admitió finalizar su tratamiento antes de lo indicado y 22% redujo la dosis prescrita.

Aunque nuevamente el factor costo juega en contra, los beneficios de invertir en los tratamientos adecuados son significativamente mayores. Por ejemplo, se estima que en Estados Unidos cada dólar invertido en el tratamiento para la depresión y ansiedad rinde 4 dólares americanos en ganancias en salud y capacidad de trabajo. En México, la tasa de retorno en beneficios económicos y de salud por cada peso invertido sería de 3.3 a 5.7.

Analizar de manera rigurosa los modelos de atención al paciente para valorar si son realmente efectivos y considerar las diferentes causas de adhesión y deserción en grupos específicos permitirán mejorar la calidad de las respuestas ofrecidas por los sistemas sanitarios.

* Este artículo fue publicado en el Blog del BID, en la sección ‘Gente Saludable’.