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El filósofo-sociólogo francés Raymond Aron (1905-1983) decía que, entre los enemigos de las sociedades Occidentales estaban “los estados totalitarios ―la URSS y China― para quienes la sola existencia de la sociedad democrática constituye un grave riesgo”. 

Este defensor del pensamiento liberal y los valores de la democracia universal nunca vió la caída de la URSS que luego se convertiría en la Rusia autoritaria del zar Putin; ni el ímpetu vertiginoso de China. Aron, mucho tiempo antes, parece haber acertado acerca de la actitud de estas dos potencias.

Mi punto. La China Continental del emperador rojo Xi Jin-ping, que hasta hace poco suponía solo un crecimiento económico, últimamente, ha estado revelando otra intención: Beijing quiere también imponerse y asentar su modelo.

Por otra parte, Rusia, desde 1945, ha estado compitiendo con Occidente para prevalecer en todos los campos; pero debe también cuidarse del monstruo hacia el Este. China, aunque parezca tener más en común por su ideología, no querrá ser segundo de nadie. Ambos gigantes, no parecen tener interés en asumir la democracia como modelo de civilización.

Cierto, China y Rusia no son Estados totalitarios; son autoritarios. Pero siguen siendo potencias que, habiendo hecho reformas de mercado, no parecen dispuestas a democratizarse. 

Los grandes Estados tienden más fácilmente a convertirse en potencias. 

En el Sur, estoy seguro, Australia y Brasil, en algún momento serán potencias que se enfrenten. 

De igual manera, Rusia apuntará siempre a volver a rodearse de países tapones. Necesita aliados que le sirvan de amortiguadores en el Este europeo y el Sur del Asia para protegerse de la OTAN, y de India y China, respectivamente. 

Y esto ya no es conjetura. Las incursiones militares rusas en Crimea, Osetia del Sur; así como la venta de armas de mediano alcance a Arabia Saudí, Turquía, Siria, y recientemente, a India (cohetes SS-400), son pasos que apuntan a fortalecer varias estrategias preestablecidas.

Esto forzará a Pakistán a buscar también como agenciarse armas equiparables a las del adversario amenazante. Ello agudizará otro foco de conflictos en el sur-este asiático. A su vez, demostrará que Rusia puede ayudarle a muchos países, sin importar ubicación, a resolver sus asuntos de seguridad, ni dejarse advertir por el occidente que, usualmente, todo lo condiciona a cumplir con cláusulas relacionadas a derechos humanos, democracia, buena vecindad, etc.

Rusia estando sofocada por las sanciones financieras de occidente y sabida de que su empresa gas y petróleo Gazprom, viene a menos, por la caída de precios recurre a sus otros negocios. Es que en materia armamentista ofrece mucho. Y por ello, Putin sale a vender su mercadería para restañarse y sustentarse. Ya ha participado en varias elecciones. Y solo él gana, y sus seguidores cuentan los votos. ¿Cómo va a querer el escrutinio democrático, si le es un estorbo? 

Inglaterra ha acusado recientemente a Moscú de: 1) infiltrarse en los sistemas de computación electorales de varios países europeos; y de 2) haberse deshecho de varios enemigos del Kremlin, en Londres.

China ha conducido, por algún tiempo, un par de preguerritas con Washington. La comercial, que Trump ha relanzado con mucho chovinismo; y la premilitar ―escaramuzas en el mar de la China― que pueden llegar a fricciones peligrosas, cada vez que las naves militares norteamericanas se encuentren con los buques de la nueva y creciente marina de guerra que Beijing está exhibiendo. 

No creo que haya pronto una guerra militar entre Estados Unidos y China. Los gigantes primero ponen a pelear a sus aliados. Aunque siempre estaremos por ver si Washington se enfrentaría a esta potencia, alejada de sus costas occidentales.  

En todo caso, Estados Unidos y China ya no solo tienen una guerra verbal. El tono ha subido; pero paralelo a ello las escaramuzas y los incidentes son más frecuentes.

¿Está la paz mundial en peligro por estos escenarios actuales?

Siempre ha habido altos riesgos. Pero, obviamente, si China, con el emperador Xi, que ya hizo, a su medida, reformas constitucionales para acumular más poder, no presagian que  busque desarrollarse siguiendo cánones democráticos. Beijing tiene su propio cuento.

Mientras que a Rusia la puedo ver buscando la democracia en un futuro más cercano, y dejando atrás el neoestalinismo. 

En todo caso, si ambas potencias asiáticas ―estoy dejando fuera a India― siguen siendo amenazadoras globalmente, nuestros  países estarán en grave peligro.

¿Debemos esperar? La historia siempre sorprende. Pero, ojalá, el giro no resulte en mayores conflictos armados. 

Tampoco podemos quedar a merced de potencias incapaces de asumir los buenos y civilizadores valores democráticos.