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Dicen que detrás de un gran hombre, siempre existe una gran mujer. Es el caso de doña Violeta y el Héroe Nacional Pedro Joaquín Chamorro.

Es difícil pensar en alguien más adecuado que doña Violeta al frente de la Nicaragua de los 90, que garantizara la gran transición de la guerra a la paz, del régimen revolucionario a un régimen democrático, de una revolución partera de derecho a un estado de derecho, de una economía tendiente a la estatización a una de mercado.

El mapa de conflictividad que ella heredó fue particularmente complejo. Los acuerdos de paz habían sido suscritos, pero el nuevo Estado carecía de condiciones para cumplirlos plenamente, en especial, compromisos relativos a tierra, crédito, mercado, asistencia técnica para los campesinos. Ello llevaría al fenómeno de realzamiento armado de fuerzas antes enfrentadas y ahora concertadas contra el nuevo Estado; las vendetas en el campo y las grandes asonadas en las ciudades, demandando el nuevo presupuesto del 6% para las universidades, la privatización a favor de los trabajadores; presiones y división de la alianza que la llevó al poder; la renegociación  de la inmensa deuda externa, las tensiones con el Ejército.  

El Mahatma Ghandi cuenta que en aquellas grandes decisiones de la lucha por la independencia de la India, siempre consultaba a su madre, porque necesitaba contar con la sabiduría de su progenitora (que no era letrada como él, que sí lo era) porque necesitaba su visión serena, su intuición…

 El pulso con que doña Violeta manejó el país en la posguerra y el sello de paz que imprimió en ese período estuvo determinado, pienso, porque como esposa había vivido la persecución, arresto, torturas y asesinato de su marido por la dictadura somocista. Pero también había sufrido la fractura, la división, los desgarros que la guerra de los 80 provocó en la sociedad nicaragüense hasta el propio seno familiar.

Espontánea, enemiga de protocolos, todos recordamos cuando vino por segunda vez el papa Juan Pablo II, ella le tomó la mano para recorrer la calles de Granada, rompiendo el protocolo centenario de la Iglesia católica. ¡Qué sensación y asombro sentiría San Juan Pablo II que una mujer presidenta, por cierto, siempre bonita en las diferentes etapas de su vida, caminara agarrada de su mano en la Gran Sultana!

En su período de gobierno se sentaron las bases para lo que pudo ser el desarrollo de una cultura de paz, pues despuntaron elementos propios de ello: pacificación del campo; proceso de profesionalización del Ejército y la Policía; ensayos de concertación económica y social; el afianzamiento de grandes categorías filosóficas y políticas como Unidad en la Diversidad de nuestro querido filósofo Alejandro Serrano Caldera;  guiaron la acción de su gobierno.

Miles de ONG  brotaron y surgieron movimientos sociales que revelaban una sociedad civil emergente y viva; los derechos humanos, en particular los políticos y sociales fueron una vivencia clara y cotidiana; no hubo presos políticos y sí decretos de amnistía.

Un vacío histórico difícil de ponderar después de las dos grandes guerras precedentes, fue la inexistencia de comisiones de la verdad y todo el proceso de justicia, reparación y no repetición que conlleva. Tal vez por las características de la guerra, las negociaciones de paz, nuestra vocación de perdón o la propia posibilidad de una nueva confrontación, llevó a que aquella etapa necesaria para la catarsis de la sociedad y su reconciliación no se planteara ni asumiera. La Comisión Nacional de Reconciliación nunca pudo desempeñarse con la estatura histórica que un proceso de reconciliación demanda. 

Doña Violeta alcanzó a suscribir con el profesor Federico Mayor Zaragoza, director general de la Unesco, un Convenio Marco para ejecutar en Nicaragua un gran Programa Nacional de Cultura de Paz y que de haberse desarrollado por los futuros gobiernos, no viviríamos la hecatombe a la cual hemos entrado como nación.

* Director del Instituto Martin 
Luther King Jr. de la Upoli.