Mario Vallejo
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Sin duda alguna, cada día existen más elementos, actitudes y eventos que nos muestran un total trastoque o descomposición de los valores morales que tradicionalmente han formado y modelado nuestra vida cotidiana, sea material o espiritual. Asimismo existe un reacomodo constante de los conceptos de lo que se considera bueno o malo, de lo que es saludable o perjudicial. Ayer, el huevo y la carne eran proteínas saludables y recomendadas para un buen desarrollo corporal, hoy la carne roja hay que verla de largo y desayunar postura de gallina por la libre te puede llevar a la tumba. Total, lo que hoy es bueno, mañana es malo, pero pueda ser que más adelante sea nuevamente considerado bueno y hasta medicinal o milagroso.

Todo este cambio y recambio del diario vivir de la sociedad de nuestros tiempos, lo estamos llevando tan largo que pretendemos que, una institución de dos mil años de existencia como es la Iglesia Católica, entre en este rejuego moderno.

Como si se tratara de un programa de dieta, una rutina de ejercicios cardiovasculares, una simple moda o una de las tantas leyes parlamentarias que hay que cambiar, alzamos gritos y clamores, escandalizados por lo primitivo del voto del celibato sacerdotal, sugiriendo, pidiendo y casi exigiendo la abolición de tal voto. Nos rasgamos las vestiduras abogando por los pobres curas a quienes se les niega (¿) el derecho a una vida en pareja. Qué ridícula, qué atrasada y oscurantista la Iglesia Católica, dicen por allí.

No debemos oponernos al cambio. El cambio es bueno cuando se va a mejorar. Pero cambiar para estar igual o peor, solo por el hecho de sentir que cambiamos y que estamos a la altura de los nuevos tiempos, es inmensamente absurdo y ridículo. Si la función sacerdotal se resume en servir a Dios y a los hombres, ¿en que podría beneficiarse esta función al permitir que el sacerdote pueda optar al mismo tiempo a otro sacramento como es el matrimonio? ¿Es que los sacerdotes van a serlo en mejor forma, entrega o dedicación por el simple hecho de estar casados? Pero si casados van a darse en mayor medida al servicio de Dios y los hombres, ¿que estamos esperando? Que se elimine el celibato hoy.

Habrá quien piense que es por culpa del voto de castidad que se dan escándalos como el del ex obispo paraguayo Sr. Fernando Lugo o el más reciente y publicitado caso del padre Alberto en Miami y también será este famoso voto causante de todas las acusaciones y denuncias a sacerdotes por abuso de menores. Perdónenme, pero si la Iglesia va a cambiar y eliminar el celibato para que supuestamente todos estos casos no se vuelvan a repetir, lo que estaría haciendo es obviar un mal mayor, al escudar el posible pobre sentido vocacional de algunos de sus sacerdotes, vocaciones acomodadas y frágiles. El matrimonio no es garantía de fidelidad. El simple hecho de que un sacerdote esté casado, no lo inhibe de ser infiel a la Iglesia o a su mujer. ¿Se imaginan ustedes el ejemplo que daría un sacerdote divorciado? Sería el pretexto perfecto para que muchos que nos llamamos cristianos católicos mandáramos al traste nuestros votos matrimoniales. ¿Cómo sería la imagen del párroco del pueblo quien, además de ser un buen sacerdote es un buen marido y su mujer lo abandona por uno de sus parroquianos? Y con esto no quiero ser casuístico, con esto quiero poner en el tapete situaciones que se dan en la vida real: la infidelidad, la violencia intrafamiliar, la convivencia matrimonial cotidiana, entre otras.

Escuché a alguien decir, ¿que cómo puede un sacerdote dar dirección espiritual a un matrimonio si no conoce o vive en matrimonio? Como puede dar consejos de cómo educar a un hijo si él no es padre. Pues yo le contesto que de la misma forma que se lo da a un soltero, como se lo da a un ingeniero, a una doctora, como consuela a un divorciado, guía un joven a un adolescente o a un niño y es a la luz de la palabra de Dios, que es universal y viva, no exclusiva sino para todos. Otros opinan que se debería de permitir la opción de que el cura que quiera ser célibe que lo sea y el que quiera servir a Dios y a su matrimonio que lo haga. Bajo este esquema tendríamos entonces dos clases de curas, casi dos tipos de membresía y una feligresía confundida: ¿con quién mejor confesarse? ¿Con el casado o con el soltero?
Realmente el celibato es un escándalo, pues es sin duda la piedra en el zapato que a muchos no nos permite justificar el rumbo que hemos tomado en nuestras vidas. Los votos de castidad bien llevados de miles de sacerdotes y religiosas nos recuerdan que debemos de luchar a diario con nuestra carne, que podemos ser castos y fieles en nuestra vida matrimonial o de soltero, son un ejemplo de vida cristiana, talvez por eso sea un escándalo para algunos.


Gerente General
EQUIPSA
Nicaragua, Costa Rica, Panamá.