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“Apasionado discurso de indignación moral y anhelos de justicia” –califica Armando Vargas Araya, “¿Por qué?” –el cuento más directo, memorable e impactante de Rubén Darío– emparentado por la factura y el contenido crítico con “La canción del oro” de cuatro años atrás. Apareció en El Heraldo de Costa Rica el 17 de marzo de 1892 y no es un monólogo –aunque lo parezca– sino un inesperado diálogo, pues al final el interlocutor, lector u oyente le pregunta su nombre al protagonista y este le responde en aclaratoria forma contundente.

Gustavo Alemán Bolaños fue el primero en valorarlo hacia 1923. “Aeda, cantó la catástrofe en una simple prosa; ¿cantó?, no, contó, relató […] dijo todo el poema futuro del mundo pavorizado […] Ve lo que vendrá, y lo dice estentóreamente, en forma de perorata. Anuncia, en fin, un apocalipsis verídico, tangible, palpable, cuyas escenas van a desarrollarse en la sobrehaz de la tierra […] Nada más hace el autor que condensar una vasta epopeya en pocas líneas ágiles”. 

Breve y claro, brutal y trascendente –es decir, inconcebible en sus predecesores modernistas fallecidos prematuramente– se ha considerado uno de los relevantes cuentos sociales del siglo XIX en nuestra América por tratar el mundo del trabajo y la explotación del oprimido. Aspectos presentes en dos cuentos del período chileno: “El fardo” y “Morbo et umbra”. Luis Iñigo Madrigal deslinda “¿Por qué?” del Darío cantor de princesas y reyes, caracterizándolo como “uno de los más fuertes y revolucionarios, de los más vigorosos textos populistas de la época”. Darío contrapone la ostentación y el lujo de los poderosos a las miserias de los desheredados. Habla de los bajos salarios; maldice a la democracia si la democracia es ese estado y no otro. Culpa del alcoholismo proletario a los poseedores de la riqueza, etcétera, para terminar con una pavorosa y sangrienta visión de la revuelta que trastocará ese orden injusto.  

Roberto Aguilar Leal, por su parte, afirma que Darío reitera en “¿Por qué?” la tiranía del oro en las relaciones humanas (‘Nada vale ya sino el oro miserable’) y  la venalidad  de los intelectuales al servicio de los opulentos [‘Los escritores son los violines que tocan los grandes potentados’]. La nota nueva la da el tono profundamente violento con que el protagonista invita a la revancha: ‘Yo quisiera una tempestad de sangre, yo quisiera que sonara ya la hora de la rehabilitación de la justicia social […] Por primera vez en sus cuentos, Darío adopta una actitud futurista en el que anuncia inminentes cambios sociales: El siglo que viene verá la mayor de las revoluciones que han ensangrentado la tierra’, dice al inicio del relato, y más adelante: ‘La Commune, la Internacional, el nihilismo, eso es poco; falta la enorme y verdadera coalición’”.

La invocación inicial es sintomática –“¡Oh, señor! El mundo anda muy mal. La sociedad se desquicia […] ¿El pez grande se come al chico? Sea; pero pronto tendremos el desquite” […]; y abarca la complicidad del clero: “Todas las tiranías se vendrán al suelo: la tiranía política, la tiranía económica, la tiranía religiosa. Porque el cura es también aliado de los verdugos del pueblo. Él canta su tedeum y reza su paternóster, más por el millonario que por el desgraciado. Pero los anuncios del cataclismo están ya a la vista de la humanidad y la humanidad no los ve; lo que verá bien será el espanto y el horror del día de la ira” […] Tras este vaticinio final, el interlocutor le pregunta: “ –¿Pero quién eres tú? ¿Por qué gritas así? / –Yo me llamo Juan Lanas y no tengo un centavo”.

Este personaje de origen popular ya había sido utilizado por Gutiérrez Nájera en la pieza narrativa titulada precisamente “Juan Lanas” (1880): una convencional historia amorosa. Zerolo define a Juan Lanas: “Hombre apocado, que se presta con facilidad a todo cuanto se quiere hacer de él”. Mas Darío en “¿Por qué?” lo transforma en algo muy distinto: una terrible denuncia de la realidad y, al mismo tiempo, profética. Breve y claro, brutal y trascendente fue calificado –no sin atino– de dostoiesyskiano. Y el mismo Alemán Bolaños la había vuelto a difundir, pero con el título “El desquite (cuento profético)”: “Poemado en rojo,  […] es un vaticinio de lo que, andando el tiempo, había de acontecer. En efecto, la revolución bolchevique en Rusia”.