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Nunca en la historia un presidente de Estados Unidos ha entrado en la Casa Blanca con una popularidad tan alta como Barack Obama, quien al convertirse en el 44º presidente de los Estados Unidos, el martes 20 de enero, asumió la más pesada herencia jamás recibida por un gobernante en su país, desde que Herbert C. Hoover fue desalojado de la Casa Blanca por Franklin Delano Roosevelt, en 1933.

Su elección ha sido un logro extraordinario y una verdadera emulsión para las minorías raciales de origen africano, asiático, latinoamericano y otras minorías que forman la nación estadounidense. Pero hacen falta reformas audaces que abran las puertas a esas minorías a una real igualdad de oportunidades y que reconozcan a los inmigrantes la función indispensable que juegan en la economía nacional.

Este ha sido un tema constante de su prédica electoral y una de las razones por las que el voto de los hispanos, que le era reacio al principio, se volvió decisivamente a su favor.

De hecho, su propio lenguaje ha despertado grandes expectativas de cambio dentro y fuera de sus fronteras. No debe extrañar, entonces, que Obama estudie con atención los primeros movimientos de Roosevelt, quien se rodeó de asesores brillantes y logró revertir los desastres de la era conservadora.

Los consejeros del nuevo gobierno han sugerido a Obama que, como Roosevelt, se ponga en contacto directo con el pueblo estadounidense para que la enorme expectativa que despertó su campaña no se apague cuando quede claro que su carisma era insuficiente para doblegar la realidad. Sin ese fuego, las cenizas que ha dejado la Administración anterior podrían asfixiarlo.

Al marcharse, George W. Bush dejó como “legado” más de 50 millones de personas sin seguro de salud y una crisis financiera que, según declaró alegremente el vicepresidente Dick Cheney, “nadie vio venir” y cuyas consecuencias afectarán al mundo entero quién sabe por cuánto tiempo.

El primer punto de la agenda de Obama es revitalizar la economía. Pero lo que por ahora más apremia a los norteamericanos es saber cómo fue posible que se evaporaran los puestos de trabajo. Quieren que se les diga, sobre todo, qué hará el nuevo Presidente para que cese el incesante drenaje laboral, el más pronunciado desde la Segunda Guerra Mundial.

La industria manufacturera fue la más afectada, después la siguió la construcción. “Comenzamos este año nuevo en medio de una crisis económica como nunca vimos en nuestra vida”, dijo Obama, en una de sus intervenciones en busca del apoyo popular.

Antes de asumir su administración, Obama comenzó a trabajar con su equipo económico. Sin embargo, lo más novedoso de la propuesta es justamente lo menos visible y constituye la materia misma en la que está tramado su plan.

En primer lugar, está la idea de que el Gobierno tiene un papel para cumplir. Desde Ronald Reagan, para quien el Gobierno era el problema, esa idea había sido borrada del lenguaje estadounidense. Otra meta igualmente importante es la búsqueda de coincidencias con la oposición.

Como habíamos intuido, el “New Deal” de Roosevelt es el modelo que inspira a Obama. En 1933, cuando el país clamaba por la unidad de los dos grandes partidos tras la caída en masa de los bancos, Roosevelt dijo que sólo la división interna llevaría al país a la derrota, una amenaza que desvela a los estadounidenses desde los tiempos de Abraham Lincoln.

Según los especialistas, nada evitará que los desatinos de Wall Street sigan influyendo durante los primeros seis meses del año. Con suerte, Obama logrará crear 4 millones de puestos de trabajo para compensar la pérdida de otros tantos.

Mientras los codiciosos continúen

operando sin control y nadie se haga responsable por sus acciones o se siga recompensando a los que nos llevaron a esta situación, nada va a cambiar y seguiremos en una espiral descendente.

Por otro lado, Obama no cuenta con mucho tiempo para probar que el Estado puede mejorar la vida de los ciudadanos. Estados Unidos llegó sin aliento al 20 de enero, con tantas amarguras acumuladas que las esperanzas ofrecidas pueden caer en tierra infértil y transformarse demasiado rápido en desilusión.

La política internacional de los EUU, especialmente bajo Bush, ha acumulado el mayor rechazo de su historia. Si Obama actúa como lo ha asegurado, contribuirá a mejorar la maltrecha imagen internacional de los EU; deteriorada durante años de agresiones, irrespeto a la soberanía de pueblos, al margen de sus ideologías políticas e, invariablemente, cargadas de una arrogancia muchas veces derivada de sus enormes intereses globales.

Respecto a la crisis económica no hay mucho que a corto plazo el nuevo presidente pueda hacer. Las medidas básicas de ayuda y corrección financiera están en marcha y sólo cabe esperar que la confianza y el entusiasmo que despertó su persona y liderazgo ayuden psicológicamente a acelerar algo la recuperación económica que, de todos modos, será lenta y difícil.

Ahora, terminado el período de gracia que deviene del término de sus primeros 100 días, y que condujo a una “Obamanía”, tanto en los EU, como fuera de sus fronteras, es cuando comenzaran realmente a sentirse los problemas. Como se espera tanto de él, muchas de estas cosas contradictorias, es inevitable que Obama decepcione a mucha gente, al margen de las dudas y/o esperanzas que pudiese despertar su éxito.



* Jurista, Politólogo y Diplomático.