Ricardo Antonio Cuadra García
  •  |
  •  |
  • END

En días pasados, en un medio local, un columnista muy destacado reveló las infidencias de ciertos políticos en Nicaragua, que en sus negocios de influencias habían cometido el delito de simonía. La palabra Simonía se deriva del personaje de los Hechos de los apóstoles, Simón el mago, quien compitiera sus poderes con Pedro y al ser derrotado, quiso comprarle los poderes que Pedro decía tener del Espíritu Santo. Basándose en estos versículos bíblicos, el catecismo católico define el pecado de simonía en su artículo 2121:
“La simonía (cf Hch 8, 9-24) se define como la compra o venta de cosas espirituales. A Simón el mago, que quiso comprar el poder espiritual del que vio dotado a los apóstoles, Pedro le responde: ‘Vaya tu dinero a la perdición y tú con él, pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero’ (Hch 8, 20). Así se ajustaba a las palabras de Jesús: ‘Gratis lo recibisteis, dadlo gratis’ (Mt. 10, 8; cf Is 55, 1). Es imposible apropiarse de los bienes espirituales y de comportarse respecto a ellos como un poseedor o un dueño, pues tienen su fuente en Dios. Sólo es posible recibirlos gratuitamente de él.”

Pero antes de adentrarnos más en los conceptos de este pecado, es necesario profundizar en la historia de la simonía dentro de la Iglesia Romana. La simonía se practicó mucho en el siglo X, en la etapa “pornocrática” de la historia de la Iglesia Romana. Esta etapa se caracterizaba por el dominio de ciertas mujeres de la nobleza romana en las cosas eclesiásticas. La mujer más influyente de esa época fue Marozia, hija disputada entre el senador romano Teofilacto y el Papa Juan X. Dicha mujer vendía y comerciaba favores eclesiástico, destreza aprendida de su madre, Teodora, y vivió en concubinato con el Papa Sergio III. Se dice que influyó en la elección de por lo menos seis Papas, de los cuales uno era su hijo, Juan XI, producto de su relación con el Papa Sergio III, y otro su nieto, Juan XII, hijo de Juan XI, quien fuera Papa a los dieciséis años. También estuvo involucrada en más de un asesinato Papal. El sistema de dominio de la nobleza feudal fue ratificado por el Papa “pornocrático” Juan XII, pues éste otorgó la prerrogativa de designar Papas al emperador Otón I de Alemania. Esto incentivó más el negocio basado en el pecado de simonía. Muchos historiadores manifiestan que este período de la Iglesia fue más corrupto que la misma era de los Papas Borgia. Pero también en la era de Rodrigo Borgia, Papa Alejandro VI, la simonía estuvo en sus anchas, pues el regalar velos cardenalisios a cambio de prebendas terrenales fue moneda corriente de su Papado. Después de su elección, el Cardenal Juliano Della Rovere, el que luego sería Julio II, acusó a Rodrigo Borgia de simonía por sus trucos para ascender al solio pontificio. Gradualmente la Iglesia Romana tuvo que condenar esta práctica simoníaca en sendos concilios, el de Letrán II de 1139 y el pos-borgias Concilio de Trento (1545-1563).

Pero volviendo al caso de Nicaragua y al jerarca acusado de este pecado, es importante aclarar que la persona involucrada con el favor sacramental del bautismo de su hijo, según el Código Canónico su hijo no es católico todavía, pues el canon 149 en su inciso 3 es bien claro:
“Es inválida en virtud del derecho mismo la provisión de un oficio hecha con simonía”.

Nos extraña que el beneficiario de este pecado o delito no esté conciente de lo desprotegido de su hijo ya que es una persona que además de ser abogado, se maneja muy bien en asuntos de derecho canónico. El otro beneficiario del delito de simonía, un funcionario del estado, no corre riesgo, pues como Nicaragua no tiene concordato con la Santa Sede, no es vinculante al Derecho Canónico además de no ser del clero y en su fuero civil, no se encuentra tipificado el delito de “beneficio por pecado de Simonía”.

Pero sigamos con el indiciado jerarca eclesiástico, a quien había que recordarle que el Canon 848 establece:
“Fuera de las ofrendas determinadas por la autoridad competente, el ministro no debe pedir nada por la administración de los sacramentos, y ha de procurar siempre que los necesitados no queden privados de la ayuda de los sacramentos por razón de su pobreza”.

También habría que recordarle al mencionado jerarca lo que establece el Canon en su artículo 1380:
“Quien celebra o recibe un sacramento con simonía, debe ser castigado con entredicho o suspensión”

Pero asumiendo la defensa del acusado, sin cobrar ningún estipendio al mencionado jerarca, puede apelar en su defensa al Canon 1322, que establece: “No queda sujeto a ninguna pena quien, cuando infringió una ley o precepto: Ignoraba sin culpa que estaba infringiendo una ley o precepto; y a la ignorancia se equipara la inadvertencia y el error”.

En pocas palabras, aquí no vale el principio de derecho civil y penal laico, de que el acusado no puede alegar ignorancia de la Ley, una excepción jurídica que el jerarca puede apelar antes de ir a tomar su sacramento de confesión y su respectiva penitencia. Más aún, puede alegar olvido de estos preceptos canónicos, pues son muchos años los que han pasado desde que entró al seminario.


rcardisa@ibw.com.ni