Eddy Zepeda Cruz
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Los trabajadores de la salud y del campo docente se encuentran expuestos día a día a un riesgo laboral invisible, imperceptible y hasta intangible, denominado Síndrome del Burnout. Sin embargo, sus secuelas son severas, una vez se presentan como síndrome (síntomas y signos).

Los errores médicos o sanitarios en general son evidentes tan pronto se presentan y quienes los cometen son juzgados de “ipso facto”. Guillotina inmisericorde. Con razón o sin ella. No sucede lo mismo en el resto de profesiones. No se pretende justificar errores dolosos, culposos o inevitables casuísticamente. Las estadísticas mencionan probabilidades de incidencias en todo proceso, médico o quirúrgico. Todo proyecto, actividad o tarea por simple que sea, incluye los llamados supuestos; es decir, imprevistos.

Se define el Síndrome del Burnout como el progresivo agotamiento físico y mental, una falta de motivación, presencia de una repuesta prolongada de estrés en el organismo ante factores estresores emocionales, físicos e interpersonales que se presentan en el trabajo, que incluye fatiga crónica, disminución del rendimiento y negación o no aceptación de lo que ocurre. Este síndrome (signos y síntomas) es incluido y codificado en la clasificación internacional de las enfermedades, e identificado como problema relacionado con el manejo de dificultades de la vida.

Desde 1980 se identifica como sentimientos debidos a cargas irracionales de trabajo que el mismo paciente o quienes lo rodean se lo imponen.

Según la Asociación Estadounidense de Psicología, se define como un síndrome tridimensional, que incluye agotamiento emocional, despersonalización y baja realización personal, que puede ocurrir en personas que trabajan directamente con pacientes u otra persona que demande emociones o incide en algún tipo de empatía (positiva o negativa).

Las personas más vulnerables a padecerla son aquellas en las que se observa existencia de interacciones humanas de carácter intensa y duradera y no quien se expone a objetos o situaciones que no demanden interacción emocional (por ejemplo, la exposición a computadoras u otro tipo de maquinaria). El burnout se desarrolla, entonces, como repuesta a un estrés constante y sobrecarga laboral/emocional.

Es muy frecuente en personal sanitario y docente, quienes para desarrollar sus labores están en contacto y expuestos a diferentes tipos de exigencias, personalidades, caracteres, etc., a quienes deben dar repuestas para su satisfacción. Los síntomas son de tipo progresivo y constantes, dividiéndose en psicosomáticos (dolores de cabeza, molestias gastrointestinales, insomnio, etc.); conductuales (absentismo laboral, irritabilidad, abstraccionismo, ausentismo laboral, etc.); emocionales (distanciamiento afectivo, ansiedad, depresión, bajo rendimiento, etc.) y defensivos (negación de síntomas, derivación de sentimientos a otros ámbitos como adicciones).

La persona afectada se vuelve anhedónica (no percibe placer o satisfacción por cosas agradables que antes sí se lo provocaban). Pierden la alegría por vivir.

El cuadro es multicausal, presentándose principalmente en personal calificado (técnicos o profesionales) que tienen mucho contacto con otras personas para el desarrollo de sus labores, que tienen horarios excesivos (más de 8 horas diarias), quienes trabajan en condiciones donde no existe organización y flujo laboral armónico, cayendo en rutinas o trabajos mecánicos y cuando la remuneración económica no es adecuada o no responde a las expectativas.

Dos factores de riesgo se han identificado en la aparición del burnout:

1. El estrés como resultado de una responsabilidad que con frecuencia supera las capacidades del individuo para resolverlas, lo que se agrava ante las incertidumbres futuras, problemas económicos y las relaciones familiares con poca tolerancia, actuando entonces como detonantes.

2. La deprivación del sueño y el efecto que causa en los diferentes desempeños, que alteran la capacidad de toma de decisiones, incrementando las probabilidades de errores, con consecuencias a veces fatales. El personal médico que labora más de 35 horas continuas cada tres o cuatro días, durante el período de su formación especializada (5 a 7 años promedio), no incluyendo su período de pregrado (6 a 8 años), que también implica desajustes de su reloj biológico. Debe revisarse con urgencia el plan de formación o curricular de parte de los centros formadores.

Para prevenir el Síndrome de Burnout se pueden desarrollar estrategias de intervención individual, grupal y organizacional, además de preventivas o de tratamiento de parte de equipos multidisciplinarios, partiendo de la higiene y seguridad ocupacional, bajo la premisa que debe adaptarse al individuo al trabajo y no lo contrario. Humanizar la actividad laboral ante todo.

¡Salud para todos!

* Medico