Eva Margarita Sánchez A.
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La herencia es un acto jurídico a través del cual una persona trasmite sus bienes, derechos y obligaciones a otra persona, una vez que fallece. Si el bien se entrega en vida, se tipifica como preherencia.

Esta práctica está claramente sustentada en el marco jurídico nacional. En términos sociales, la herencia está mediada por los mandatos de género que impregnan las reglas, prácticas y costumbres dictadas por la sociedad, los roles establecidos y trasmitidos de generación a generación y, afecta de manera diferente a mujeres y hombres.

Cuando se hereda la tierra, se ha constatado que las mujeres, y en especial las mujeres jóvenes, son las que tienen mayores desventajas respecto de los hombres; es decir, los hombres reciben herencia con más frecuencia que las mujeres, y las superan en cantidad y calidad; por tanto, la herencia para los hijos es diferente de la de las hijas.

¿Por qué pasa esto? Estas desigualdades se basan en algunos supuestos, tales como: las mujeres no saben trabajar la tierra; al casarse, se van de la casa y pasan al dominio del marido; si heredan tierra, esta pasará a manos del marido, habrá una “pérdida” del patrimonio familiar; en cambio, los varones son los proveedores del hogar, por lo tanto, son ellos quienes deben heredar los bienes de la familia.

Además de la tierra, hay una herencia intangible que inicia con la enseñanza cotidiana de la manera de vivir, la forma de relacionarse en el hogar, la manera en que se comunica entre sí la familia, quién es dueño o dueña de qué, quién decide y sobre qué. Es esa herencia intangible trasmitida de generación en generación la que, disfrazada de tradiciones y valores, encubre relaciones de poder.

Esta herencia intangible que padres y madres entregan a sus hijos e hijas se concreta a través de la educación, las costumbres observadas, lo que bisabuelos, abuelos y abuelas hacían, y continúa realizándose en la asignación de roles de género desde el nacimiento de la descendencia.

Los padres festejan el nacimiento de los varones porque continuarán su linaje, ya tienen quién los va a reponer, trabajarán la tierra y protegerán el patrimonio de la familia, el cual se ha trasladado de generación en generación.

Desde que aprenden a caminar, los llevan a la huerta, a la parcela, les enseñan a trabajar la tierra, a dar órdenes, a ser servidos; aprenden las actividades y tareas que realizarán, el lugar que cada cual ocupa en la familia, el trabajo de protector y proveedor será su función principal; tendrán uso de la fuerza, voz de mando, serán jefes, buscarán una mujer para hacerla suya.

Esos son sus mandatos, tal como hizo el padre, el abuelo, el bisabuelo y todos los ancestros. Las madres celebran los nacimientos de las hijas, tendrán quien las cuide cuando envejezcan, ya tienen su ayudanta; en cuanto aprenden a caminar les enseñan a manejar la escoba, a cuidar y servir a los otros; los trabajos del cuido serán el centro de su vida, la cocina será su espacio, tal como hizo la madre, la abuela, la bisabuela y todas las ancestras. Las hijas son entrenadas para atender al marido, esposo, compañero, pareja.

Luego se van de la casa y pasan a ser “harina de otro costal”, es decir, otro hombre se encargará de ellas; si no se casa o se junta, queda bajo la tutela de la referencia masculina más cercana en su hogar.

Desde la perspectiva de género, esta herencia intangible obedece a las normas patriarcales trasmitidas de generación en generación. La sociedad patriarcal privilegia a los hombres, por eso los padres dejan su heredad a los varones, pues siendo los que mandan, preservarán el patrimonio familiar.

Esa división sexual del trabajo genera inequidades, desde su raíz devela relaciones de poder y conflicto. Las mujeres, sea que tengan poca o mucha edad, pocos o muchos estudios, han recibido la influencia de treinta años de trabajo de las organizaciones de mujeres, han escuchado mensajes diferentes, han tenido contacto con el exterior de las fincas a través de los medios de comunicación, y todo ello ha encendido nuevas luces en las mujeres, sobre todo en las jóvenes, quienes reclaman cambios en los patrones de conducta.

Quieren trabajar, tener acceso a tierras, tomar decisiones, ser independientes y autónomas para decidir su presente y su futuro. Ese contínuum puede cambiarse fomentando relaciones de colaboración, apoyo e intercambio en lugar de opresión, sumisión y conflicto.

Las abuelas ni siquiera imaginaban una situación diferente, las madres lo han escuchado o imaginado, las hijas lo están haciendo/conociendo. El mensaje es que el cambio es posible porque algunas ya están actuando en favor del cambio.

*Investigadora del Instituto de Investigación y Desarrollo Nitlapan-UCA, miembro de la Iniciativa Multipaís Mujer Rural y Tierra de International Land Coalition (ILC).