•  |
  •  |
  • END

No es que fuese guapa. No era sólo eso. No es que fuese alta o espectacular o te dejase sin aliento nada más verla. Tampoco. Pero tenía esa cosa que no se sabe, que va con ella, en el aire, y que de alguna manera te hacía moverte a su son. Si tuviera que decirlo mejor, te daba como un calambre. Eso. Era un nervio de la vida.

Bajita, pelo liso y corto, color café, como sus ojos. Y ahora que estoy en sus ojos, no eran tan sólo sus ojos, sino la mirada, la pícara mirada alegre de una muchacha de dieciséis años que decenas de chavalos íbamos a esperar a la salida de su colegio. Era un colegio de monjas. No les gustaba nada que estuviésemos allí para verlas salir con el uniforme de faldas que ellas se subían un poquito justo al pisar la primera acera de la calle. Y aunque sus amigas, muchas preciosas, morenas y rubias, más altas que ella, estaba allí, nadie sabe aún por qué, pero ella era la que atraía más las miradas. Los gitanos dicen que hay gente que nace con duende. Mi amiga lo tenía.

No. Yo nunca me atrevía a decirle nada. Como todos, la quise y la odié. Es una manera de decir otra cosa. Qué quieren. Aún no tenía escudos para soportar su mirada. Habría jugado conmigo. Pero se hizo novia, de esos noviazgos fugaces, de un amigo mío, y me miraba con desconfianza. Luego con el tiempo, casi tanto como los años que ella tenía a la salida del colegio, nos hicimos los dos muy amigos. Y bueno, ahora probablemente que ella está durmiendo, y sabe que no estamos lejos, aunque geográficamente lo parezca. Yo me refiero a la vida. Ahora que ella está buscando un camino de vuelta, quisiera decirle estas palabras que tendré que confiarle a la noche para que le lleguen cerca del oído de los sueños.

Narcotizada y sola, en un playa del sur, la encontró la policía. Ellos vieron a una muchacha joven, de baja estatura, delgada y sola, con una suave dulzura en el rostro dormido. Pero yo quisiera volver a las tardes a la salida del colegio, decir que fue la joven con la energía más grande que yo haya visto nunca.

Se casó con un hombre bueno, y triste, y tuvo la mala fortuna de depender de obsesiones prestadas. Pero se aferró a la sonrisa de siempre, a la dulzura, al nervio y sacó adelante sus estudios, el trabajo, una vivienda con mucho esfuerzo. El trabajo que tenía se le complicó bastante y se desvivió por formarse en una especialidad para la que no encontró empleo. Y un poquito de eso y de eso otro, y después algo más, y entonces como un castillo de naipes empezó todo a venírsele abajo, todo lo que ahora tenía.

La última vez que traté de hablar con ella por teléfono, le costaba responder a las preguntas. Ya estaba bajo los efectos de unas píldoras que desconozco. Después, los naipes siguieron cayendo, y entró poco a poco en el pozo de la depresión. Ella duerme ahora en la cama de un hospital, ingresada por un tiempo hasta que se recupere, algo sedada. Aún no me explico cómo ella, la mujer del nervio de la vida, su chispa, se pudo venir a este sueño.

Nos han educado para ser fuertes. Los hombres, por ejemplo, está feo que lloren, o muestren sensibilidad por algo. Tenemos que ser los mejores, los primeros, los más buenos. Y cuando te quiebras, lo que pudimos haber sido se vuelve nuestra peor pesadilla. Cualquier dolencia o secuela de una enfermedad mental se vuelve la enfermedad más olvidada en cualquier parte del mundo. Y no se trata de la enfermedad sola, sino de las que la sufren.

Sin embargo, no estamos tan lejos. Da miedo contemplarse en el espejo frágil de una amiga querida. Nos han educado para ser fuertes, pero no para aceptar que no lo somos. Pero estamos a un paso de nuestra propia sombra y en un momento empezamos a ser dos que no se dan la mano y entonces quedamos lejos. No hay soledad más grande, porque aunque te quieras volver, ya te han dado la espalda. Y un día, abrís los ojos en una cama de hospital. Y alguien te cuenta una historia de una chavala con el rostro más dulce y la energía más grande, la alegría, el nervio, y los muchachos en la puerta de su colegio esperándola, y cuesta creerle cuando te dice que esa chavala eras vos, porque no puede ser que esté hablando de la misma persona. Pero la niña que fuiste, en algún lado está, tendrá que volver, aunque la noche en una playa te haya vuelto tan somnolienta y el mar se lleve la memoria.

Ojalá supiera que no estamos lejos ni yo de ella, ni ella de sí misma. No hay camino de vuelta más difícil que ése. Ojalá que vuelva a ser el nervio de la vida. Ahora que duermes, buena suerte, amiga, compañera.


franciscosancho@hotmail.com

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus