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No recuerdo que el secretario de Estado norteamericano, Michael Pompeo, haya visitado Centroamérica antes. El hecho suscita cuestionamientos y sorprende por el contexto, el tiempo, la agenda, la ruta seguida: Beijing, Riad, Panamá.

Mi punto. El gran muro de Trump no es contra México, es contra China continental. No hay detente con Beijing. Y en ese accionar de manos largas, pequeños peones carmesíes, alfiles amarillos o torres bermejas serán derribados. Washington no hace nada sin objetivos previamente discutidos. De repente, Pompeo viajó de Asia a Centroamérica. Hasta ahora solo se había ocupado de los asuntos grandes de la política exterior norteamericana. ¿La visita a Panamá fue advertencia de un nuevo giro de planes de contención? Creo que sí.

Está clarísimo. Estados Unidos se está hastiando de ver a los chinos continentales meter sus narices en este hemisferio. Y esa injerencia beijinesca activó todos los planes y acciones.

La guerra entre Estados Unidos y China comenzó desde que Nixon y Kissinger visitaron Beijing en 1972. Los primeros encuentros no han sido armados. Comenzaron en el ciberespacio y trascendieron al mundo comercial. El conflicto escalará.

No se quedará en un asunto de espectáculos. Si bien es cierto, Trump es un showman, el Departamento de Estado y el Legislativo estadounidense sí se han tomado las cosas a pecho. Mientras el presidente habla por el Ejecutivo, las dos cámaras legislativas actúan. Todo se hace en consonancia y convergencia plena de pensamiento y acción. No hay improvisaciones ni guiones deshilvanados. Todo está bien urdido.

Los aviesos planes chinos han llegado hasta muchos países africanos. Pero en las Américas ―desde Alaska hasta Patagonia, Washington sí está dispuesto a actuar con firmeza.

Con la visita de Pompeo a Panamá, se publicó, previamente, la agenda de los temas de conversación del secretario con el presidente Juan Carlos Varela, el líder confiable de la región; Alvarado está en problemas; los otros no son bien vistos―y la vicepresidenta-canciller panameña Isabel de Saint Malo. (Ello significa: de esto quiero hablar. Punto). La conversación fue rápida: 30 minutos. (Vine a dejar un mensaje; que quede bien claro. No quiero perder tiempo). Washington sabe a lo que va. En la diplomacia norteamericana no hay tal cosa como: “Protocolo sin substancia o diplomacia rutinaria”. No. (Entiéndase: no es un reclamo, es una advertencia).

Temas: “La colaboración, en proceso, sobre las prioridades regionales, incluyendo la defensa de la democracia en Venezuela y Nicaragua y otros asuntos que incluyen contranarcóticos, contraterrorismo e inmigración ilegal”. (Todas son cuestiones de seguridad). Y sin dudas, la injerencia china, en los temas de inversión, por ahora, ya no son más cosas para preocuparse. Son para alarmarse y acometer ya.

Seguro, las prioridades en Latinoamérica no deben salirse de las manos cuando entran China y Rusia.

Pompeo después partió a México. Es una visita a los puntos extremos de Mesoamérica. En la Avenida Pennsylvania prefieren tratar con los de peso y altura.

Estados Unidos nos sigue viendo como vecinos del traspatio. Para ellos, México, Brasil, Argentina, Colombia y Chile son los grandes socios.

El presidente Varela y la vice Alvarado comprendieron bien el mensaje. Después de Pompeo vendrán técnicos y carpinteros a tornar en acciones, las palabras y planes de la diplomacia estadounidense.

¿Qué inferir a priori de esta visita?

Mucho. Cualquier cosa. Washington sabe que si va a perder terreno global, no puede perder aliados cercanos. El mundo ya está dividido. Se acabó la magia poética, como la del verso de Darío: “Las estrellas son vuestras…”.Ahora el mundo es pos-huntingtoniano. Vivimos en un hemisferio: el oeste, donde Estados Unidos y la Unión Europea deben asentarse bien. Al otro lado, China, India y Rusia han asumido un liderazgo incuestionable.

Pero tienen un traspatio. Ahí, Japón, Israel, Corea del Sur, Taiwán se entienden bien con occidente. (¿Dónde queda Filipinas con el dictadorzuelo Duterte?). Además, hay otros estados pequeños que hacen coro con nuestros valores: democracia, estado de derecho, derechos humanos, libertades individuales, mercado libre, moral cristiana, progreso material. (Bertrand Russel agregaría “pensamiento filosófico”; Malraux se sentiría entre dos aguas).

El problema en estas discusiones es el lenguaje, a veces cambiante. Expresiones como “interés global”, “derechos”, “comercio libre” e “influencia” parecen términos veleidosos. ¿El problema yace en la semántica más que en formas de pensamiento?

La diplomacia de Washington no es fragmentaria. Ellos hacen advertencias a sus amigos, dan órdenes a sus aliados, y amenazan a sus adversarios.

China ha sabido lidiar con murallas por muchos siglos.

¿Qué hay más allá de la visita de Pompeo?